Antoine Abraham

No soy mi peor error

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Todos tenemos algo que quisiéramos haber hecho diferente o, cuando menos, a mí me sucede constantemente

Una palabra que salió de nuestra boca y ya no pudimos recoger…. Mi boca tiene la habilidad de funcionar más rápido que mi cerebro

Una decisión tomada demasiado rápido.

Una persona a la que lastimamos.

Una oportunidad que dejamos escapar.

Una llamada que no hicimos.

Un perdón que tardamos demasiado en pedir.

O simplemente aquella ocasión en que, al mirar hacia atrás, pensamos:

«No puedo creer que yo haya hecho eso».

Porque todos fallamos.

Y quizá una de las partes más difíciles de equivocarme no sea reconocer que hice algo mal, con la edad solemos reconocerlo cada vez más, aunque muchas veces ya sea tarde.

Es descubrir que increíblemente fui yo quien lo hizo.

Porque entonces el error deja de estar afuera y comienza a perseguirme por dentro.

¿Cómo pude hacer eso?

¿Cómo pude decir aquello?

¿Cómo pude lastimar a alguien que quería?

Y poco a poco puedo cometer un segundo error todavía más profundo:

confundir lo que hice con lo que soy.

Ya no digo:

“Me equivoqué”.

Comienzo a pensar:

“simplemente con esto no puedo, es más fuerte que yo”

Y no es lo mismo.

Mis actos importan.

Tienen consecuencias.

Algunos pueden reparar­se con una disculpa.

Otros necesitarán años.

Y habrá incluso errores cuyas consecuencias quizá me acompañen toda la vida.

Reconocer la dignidad de una persona no significa borrar su responsabilidad.

Significa comprender algo mucho más profundo:

ningún acto consigue explicar por completo a una persona….. exacto, ninguno

Porque mientras estoy vivo sigo siendo alguien capaz de mirar hacia atrás, reconocer, arrepentirme, reparar, aprender y elegir nuevamente.

Y eso es profundamente humano.

Una piedra cae y nunca se pregunta por qué cayó.

Nosotros podemos detenernos en mitad del camino y decir:

“No quiero seguir siendo así”.

Por eso no somos simplemente seres que reaccionan al mundo.

Somos seres capaces de preguntarnos quiénes estamos siendo… y quiénes queremos llegar a ser.

Pero hay algo todavía más difícil que reconocer esa posibilidad en los demás:

reconocerla en mí.

Porque a veces perdono errores ajenos que continúo castigando dentro de mí durante años.

Vuelvo mentalmente a aquella conversación.

A aquella decisión.

A aquella persona.

A aquel momento.

Como si pudiera regresar y cambiarlo.

Pero hay páginas que no pueden arrancarse de mi historia, porque dejarían un espacio en blanco justo donde también hubo algo necesario para este largo camino de autoconocimiento.

Pero una página no es un libro.

Quizá eso sea lo que necesito recordar cuando mire mis propios errores… y también cuando mire los de alguien más.

Yo no quisiera que toda mi vida fuera juzgada únicamente por el peor día que he tenido.

Probablemente nadie lo quisiera.

Porque detrás de cada persona que alguna vez falló hay algo que una etiqueta jamás consigue mostrar:

todo aquello que todavía puede llegar a ser.

Porque al final… toda decisión moral revela algo  de quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.

Antoine Abraham

 

P.D. Antes de condenar a alguien por el peor error de su vida, piensa por un momento en el peor error de la tuya.

Ahora imagina que todos lo supieran.

Que nadie te permitiera olvidarlo.

Que cada vez que alguien pronunciara tu nombre, recordara aquello que hiciste.

Que desde ese día nadie volviera a preguntarse quién eres hoy, porque ya hubiera decidido quién eres para siempre.

Si nuestro peor acto definiera definitivamente quiénes somos, entonces no existirían el arrepentimiento, el perdón, la reparación ni la posibilidad de cambiar.

Estaríamos condenados a ser, durante el resto de nuestra vida, la peor versión que alguna vez fuimos.

Y antes de hacerle eso a alguien más, quizá deberíamos hacernos una última pregunta:

¿Quién de nosotros podría soportar ser juzgado únicamente por el peor día de su vida?

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