Antoine Abraham

Los tres motores del ser humano

NO TODO LO QUE DESEAS… ES LO QUE NECESITAS

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Reflexiones sobre ética y verdad

Todos sentimos deseos.

Comer.
Descansar.
Comprar.
Ganar.
Ser reconocidos.

Y eso no tiene nada de malo.

De hecho, sería extraño no desear nada.

Porque todo ser posee tendencias que lo dirigen hacia determinados bienes.

La filosofía clásica llamaba a esas tendencias:

apetitos.

Y aquí aparece una de las grandes confusiones de nuestro tiempo.

Pensamos que todo deseo merece ser satisfecho.

Pero una cosa es tener un deseo…

y otra muy distinta es que ese deseo deba gobernar nuestra vida.

La tradición filosófica distinguía tres grandes tipos de apetitos.

El primero es el apetito natural.

Es automático.

No depende de nuestra elección.

El corazón tiende a latir.
La planta busca la luz.
La piedra cae hacia el suelo.

No hay libertad.

No hay deliberación.

Simplemente ocurre.

Es una tendencia inscrita en la naturaleza misma de las cosas.

El segundo es el apetito sensitivo.

Aquí aparecen las emociones y las pasiones.

Y dentro de él encontramos dos formas distintas de reaccionar ante los bienes y los males.

La primera es el apetito concupiscible.

Su función es acercarnos a los bienes fáciles y placenteros.

Una comida agradable.
El descanso.
La comodidad.
El afecto.
El reconocimiento.

Y también alejarnos de aquello que produce dolor o disgusto.

Por eso sus movimientos fundamentales son:

amor y odio,
deseo y aversión,
placer y dolor.

Es el apetito que nos hace decir:

«Me gusta.»
«No me gusta.»

Pero existe otro nivel.

El apetito irascible.

Este aparece cuando el bien no es fácil.

Cuando existe un obstáculo.

Cuando alcanzar algo exige esfuerzo.

Es el apetito que entra en acción cuando perseguimos una meta difícil, enfrentamos un desafío o luchamos contra una adversidad.

Por eso se relaciona con:

esperanza y desesperación,
audacia y temor,
ira frente a aquello que percibimos como una amenaza o una injusticia.

Mientras el concupiscible desea el bien agradable…

el irascible aporta la fuerza para conquistar el bien difícil.

Uno desea.

El otro combate.

Y ambos forman parte de nuestra condición humana.

Pero todavía existe un tercer apetito.

Uno que pertenece exclusivamente al ser humano.

El apetito racional, también llamado voluntad.

Y aquí está la diferencia que cambia toda la vida moral.

Porque la voluntad no reacciona.

La voluntad elige.

No pregunta solamente:

«¿Qué me gusta?»

Pregunta:

«¿Qué es verdaderamente bueno?»

Puede renunciar a un placer inmediato por un bien mayor.

Puede soportar un sacrificio por amor.

Puede actuar por justicia incluso cuando resulta aparentemente contrario.

Puede decir sí.

Y también puede decir no.

Por eso el ser humano no está condenado a obedecer cada emoción que experimenta.

Posee razón y voluntad.

Posee la capacidad de ordenar sus tendencias.

Y precisamente ahí nace la vida moral.

Las pasiones no son malas.

El deseo no es malo.

La ira no es mala.

El miedo no es malo.

Lo decisivo es si están gobernados por la razón o si terminan gobernándonos a nosotros.

Por eso las virtudes existen.

La templanza ordena los deseos del concupiscible.

La fortaleza ordena las fuerzas del irascible.

Y la prudencia enseña cuándo, cómo y hasta dónde actuar.

La vida moral no consiste en eliminar las pasiones.

Consiste en educarlas.

Porque una persona madura no es la que siente menos.

Es la que ha aprendido a poner lo que siente al servicio del bien.

Porque cuando los apetitos gobiernan…

la persona reacciona.

Pero cuando la razón y la voluntad gobiernan…

la persona elige.

Y entre reaccionar y elegir…

se juega gran parte de quién llegamos a ser.

Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.

— Antoine Abraham

PD Histórica

Platón comparaba al ser humano con un carro tirado por dos caballos.

Uno representaba los deseos y placeres.

El otro la fuerza, el coraje y los impulsos combativos.

Pero el carro tenía además un conductor.

La razón.

Cuando el conductor pierde el control, los caballos arrastran el carro en cualquier dirección.

Cuando los gobierna correctamente, el hombre puede llegar a su destino.

Han pasado casi veinticinco siglos…

y la imagen sigue describiendo perfectamente la lucha interior de cada persona.

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

La diferencia entre funcionar y vivir

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