CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Hay deudas que no aparecen en los bancos. Y algunas, por más años que pasen, jamás terminamos de pagar.
Hace tiempo me puse a pensar en todas esas personas que, de alguna manera, han pasado por nuestra vida y nos han entregado algo que nunca les devolvimos.
Un padre que sacrificó sus propios sueños para que nosotros pudiéramos cumplir los nuestros. Una madre que pasó noches enteras sin dormir y que jamás nos presentó una factura. Un maestro que creyó en nosotros cuando ni siquiera nosotros lo hacíamos.
Y también están los otros.
Aquellos a quienes les quitamos algo sin darnos cuenta. La tranquilidad con nuestras palabras. La confianza con nuestras mentiras. La dignidad con nuestras burlas. O simplemente el tiempo que nunca les dedicamos.
Hoy quiero cerrar nuestra reflexión sobre las cuatro virtudes cardinales hablando de la última: la justicia.
Ya recorrimos la prudencia, que nos ayuda a discernir; la fortaleza, que nos permite mantenernos firmes; y la templanza, que nos enseña a gobernar nuestros deseos.
Pero la justicia tiene algo diferente.
Las otras tres nos ayudan a gobernarnos a nosotros mismos. La justicia nos pregunta qué clase de personas somos con los demás.
Mucho antes de que estas virtudes fueran incorporadas al pensamiento religioso, los filósofos griegos ya reflexionaban sobre ellas.
Aristóteles entendía la justicia como una virtud especialmente completa, porque no se limita al bien individual, sino que se ejerce en relación con los otros.
Siglos después, el jurista romano Ulpiano la expresaría mediante una fórmula que todavía conserva su fuerza: la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno su derecho.
Parece sencillo.
Pero ¿cuántas veces hemos sido justos solamente cuando nos convenía?
¿Cuántas veces exigimos comprensión sin ofrecerla? ¿Cuántas veces pedimos respeto mientras negamos ese mismo respeto a alguien más?
Pero la justicia también puede deformarse, como todas las virtudes.
Cuando falta, aparece la injusticia: el abuso, la indiferencia, el egoísmo. Y cuando pretendemos llevarla al extremo, podemos caer en el rigorismo, esa dureza que aplica las reglas sin considerar las circunstancias humanas.
Pero no se trata de un exceso de verdadera justicia, sino de haber perdido la prudencia que debe acompañarla.
Los romanos tenían una expresión extraordinaria: Summum ius, summa iniuria. El derecho llevado a su extremo puede convertirse en la mayor injusticia.
Y esto me hace pensar en algo que sucede con frecuencia en nuestras familias.
A veces tenemos toda la razón.
Tenemos argumentos, pruebas y motivos suficientes para reclamar.
Pero en nuestro empeño por demostrar que tenemos razón, terminamos lastimando a alguien que amamos.
¿De qué sirve ganar una discusión si para conseguirlo hemos perdido a una persona?
No estoy diciendo que debamos renunciar a la verdad ni permitir los abusos. La justicia exige reconocer responsabilidades, reparar daños y defender aquello que corresponde a cada persona.
Pero con los años he comprendido que no todas nuestras deudas se pagan con dinero.
Algunas se pagan reconociendo un error.
Otras, pidiendo perdón.
Y algunas, tristemente, ya no pueden pagarse.
Porque aquella persona que siempre estuvo esperando una llamada ya no puede contestarnos.
Porque aquellos brazos que tantas veces nos sostuvieron ya no están para abrazarnos.
Porque aquel padre, aquella madre, aquel amigo al que tantas veces le dijimos «después hablamos», un día se quedó sin mañanas.
Y entonces descubrimos algo terrible.
Que hay injusticias que no cometimos por maldad, sino porque creímos que todavía teníamos tiempo para repararlas.
Quizá por eso, de las cuatro virtudes cardinales, la justicia sea la que más nos obliga a mirar hacia atrás.
Porque es fácil recordar lo que otros nos hicieron.
Lo difícil es reconocer lo que nosotros les hicimos a los demás.
Y algún día, cuando nuestra propia historia esté llegando a su final, tal vez comprendamos que no fueron nuestras grandes equivocaciones las que más daño causaron, sino aquellos pequeños actos de indiferencia que fuimos acumulando durante toda una vida.
Una palabra que nunca dijimos.
Un perdón que nunca pedimos.
Un agradecimiento que siempre dejamos para después.
Y quizá el dolor más grande no sea descubrir cuánto nos debían los demás, sino comprender, demasiado tarde, cuánto les debíamos nosotros.
Porque hay deudas que la vida nos permite pagar.
Y otras que, cuando finalmente queremos saldarlas, ya no queda nadie para recibirlas.
— Antoine Abraham
Si quieres recordar la virtud anterior, entra acá: https://antoineabraham.com/cuando-el-deseo-se-convierte-en-dueno/
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