Antoine Abraham

Los que regresan a casa

LOS QUE VUELVEN A CASA

En mi casa, desde que mis hijas eran pequeñas, hemos intentado conservar todas las tradiciones de nuestra cultura y de nuestra religión.

No sé si lo hicimos para enseñarles de dónde venimos o porque, en el fondo, siempre he tenido miedo de que algún día se pierdan esas pequeñas cosas que hacen que una familia sea una familia.

Cuando alguien cumple años, lo despertamos cantándole Las Mañanitas, aunque el pobre todavía no haya abierto los ojos, con una velita encendida sobre un Pingüino de chocolate. Ese día, además, el festejado escoge qué vamos a cocinar.

El 24 de diciembre, a medianoche, hacemos una oración y acostamos al Niño Jesús en el pesebre.

Son pequeños rituales que hemos repetido durante años. Algunos solemnes, otros un poco ridículos, pero todos nuestros.

Y hoy toca uno muy especial.

Hoy toca poner el altar de muertos.

Sacamos las calaveritas de azúcar, el pan de muerto, un pedazo de pib, un cigarro de los que fumaba mi papá, el dulce que tanto le gustaba a mi abuelita, la Coca-Cola de mi tía…

Acomodamos las veladoras, los manteles y todos esos pequeños manjares que, por alguna razón, siguen teniendo dueño aunque sus dueños ya no estén.

Y al final llegan las fotografías.

Uf… las fotografías.

No sé si a ustedes les pasa, pero a mí me cuesta mucho acomodarlas.

Hay marcos que pesan más de lo que deberían.

Y no es por la madera ni por el cristal.

Es por las historias que llevan escondidas en las esquinas. Por las voces que alguna vez salieron de esos rostros. Por los olores que regresan de pronto, sin pedir permiso.

Uno toma una fotografía, la limpia con cuidado, busca dónde colocarla y, de repente, descubre que una lágrima solitaria ha caído sobre alguno de tantos manjares.

No es un llanto desesperado.

Ni siquiera es exactamente dolor.

Es nostalgia.

Es el corazón que, por unos instantes, parece latir más despacio para darle tiempo a la memoria.

Hace muchos años vi la película Coco.

Y aunque su manera de representar el mundo de los muertos no coincide del todo con mis creencias religiosas, debo confesar que hay algo de aquella historia que nunca he podido sacarme del corazón.

Me gusta imaginar que esta noche mi abuelita volverá a contarme aquellos cuentos maravillosos que me contaba cuando era niño.

Yo estaré otra vez acostado en aquella cama cubierta por un pabellón (mosquitero) que, para mis ojos infantiles, parecía el techo de un palacio.

Y ella estará ahí, inventando mundos con su voz.

También imagino a mi tío llevándome nuevamente al parque, lanzándome unas cuantas pelotas para que yo intentara batearlas.

Quizá la pelota apenas recorría cinco metros.

Pero él siempre gritaba, convencidísimo:

—¡Eso hubiera sido un home run, estoy seguro!

Y yo le creía.

Cómo no iba a creerle, si para él yo era capaz de cualquier cosa.

Hace poco alguien me preguntó:

—¿Nuestros seres queridos nos cuidan desde el cielo?

Desde la teología católica, creemos que quienes están con Dios pueden interceder por nosotros. Eso no significa que anden caminando invisibles a nuestro lado, evitando que tropecemos o resolviendo nuestros problemas.

Lo sé.

Lo he estudiado.

Lo creo.

Pero hay momentos en los que el corazón no está intentando explicar el cielo. Solamente está extrañando a alguien.

Y cuando acomodo esas fotografías sobre el altar, no puedo evitar imaginar que esta noche todos regresarán un ratito a casa.

Que mi papá encontrará su cigarro.

Que mi tía buscará su Coca-Cola.

Que la abuela sonreirá al encontrar su dulce.

Que mi tío volverá a exagerar mis habilidades como beisbolista.

Y que aquel perrito que acompañó a mis hijas durante diecisiete años también aparecerá, convertido en un pequeño alebrije de colores, moviendo la cola como si nunca se hubiera ido.

Me gusta imaginar que, mientras alguien de esta familia los recuerde, todavía tendrán un lugar en nuestra mesa.

Aunque hay algo que me entristece profundamente.

La distancia que el tiempo va poniendo entre quienes se fueron y quienes seguimos aquí me parece terriblemente injusta.

Porque no se lleva todos los recuerdos de golpe.

Sería demasiado cruel.

Se los va llevando poquito a poquito.

Primero olvidé el perfume de mi abuelita.

Después comencé a perder el tono exacto de la voz de mi papá.

Más tarde, aquel olor a tabaco que siempre anunciaba la llegada de mi tío.

Y eso duele de una manera extraña.

Porque uno puede resignarse a no volver a ver a alguien.

Pero cuesta mucho aceptar que también empezamos a olvidar pequeñas partes de él.

A veces cierro los ojos e intento recuperar esos detalles.

Me esfuerzo.

Busco entre los recuerdos.

Y hay días en los que ya no consigo encontrarlos.

Entonces me pregunto cuántas cosas más terminará llevándose el tiempo.

Cuántas voces.

Cuántos aromas.

Cuántos rostros que hoy todavía puedo reconstruir con los ojos cerrados.

Pero esta noche, mientras termino de acomodar el altar, miro alrededor de mi casa.

Veo a mis hijas.

Veo las tradiciones que hemos repetido desde que eran pequeñas.

Y de pronto comprendo algo que me devuelve la sonrisa.

Tal vez algún día ellas también olviden el sonido exacto de mi voz.

Tal vez no recuerden cómo olía mi perfume o qué palabras utilizaba cuando las despertaba.

Pero quizá, cuando tengan sus propias familias, una mañana de cumpleaños entren a una habitación cantando Las Mañanitas, con una velita encendida sobre un Pingüino de chocolate.

Y sus hijos les preguntarán:

—Mamá, ¿por qué hacemos esto?

Y ellas contestarán:

—Porque así lo hacía mi papá.

Entonces, aunque nadie pueda recordar ya mi voz, algo de mí seguirá cantando en aquella habitación.

Quizá eso mismo ocurrió con mi abuelita, con mi papá, con mi tío y con tantos otros.

Tal vez no hemos perdido tanto como creemos.

Porque aunque el tiempo consiga llevarse sus perfumes, sus voces y hasta algunos de sus recuerdos, todavía no ha podido llevarse lo que hicieron de nosotros.

Esta noche terminaré de poner las fotografías.

Encenderé las veladoras.

Y antes de apagar la luz, miraré una vez más aquella mesa llena de ausencias.

Seguramente se me escapará otra lágrima.

Pero esta vez también voy a sonreír.

Porque mañana, cuando mis hijas me pregunten por alguna de esas fotografías, volveré a contarles una historia.

Y durante unos minutos, mi abuelita volverá a narrar sus cuentos, mi tío volverá a gritar aquel home run y mi papá volverá a estar presente en nuestra conversación.

Al final, quizá los que amamos no necesitan regresar del cielo para volver a casa.

A veces basta con que alguien pronuncie su nombre, cuente su historia y les haga un lugar en la mesa.

Y mientras yo pueda hacerlo, en esta casa nunca faltará un lugar para ellos.

Hasta que llegue ese día, ojalá todavía muy lejano, en que sean las manos de alguna de mis hijas las que saquen las fotografías de la caja donde guardamos nuestros recuerdos.

Imagino a una de ellas encontrando la fotografía de mi esposa junto a la mía.

Quizá se quede mirándola unos segundos.

Quizá acaricie el cristal con los dedos, como si todavía pudiera sentir nuestros rostros.

Y entonces llegará el momento de colocar aquellos dos marcos sobre el altar familiar.

Ojalá nunca tuvieran que descubrir cuánto puede pesar una fotografía de las personas que más amaron.

Pero sé que algún día lo descubrirán.

Tal vez una de ellas recuerde cómo su mamá la abrazaba cuando era pequeña.

La otra quizá sonría al acordarse de alguna de mis historias inventadas.

Y puede que, mientras acomodan nuestras fotografías, alguna diga:

—¿Te acuerdas de cómo papá nos despertaba el día de nuestro cumpleaños?

Y entonces se rían.

Y después, sin querer, se queden calladas.

Porque hay silencios que llegan cuando uno descubre que daría cualquier cosa por regresar, aunque fuera cinco minutos, a una mañana cualquiera de su infancia.

Me duele imaginar que algún día mis hijas tendrán que aprender a extrañarnos, como yo sigo aprendiendo a extrañar a los míos.

Que buscarán nuestras voces entre sus recuerdos.

Que alguna vez querrán preguntarnos algo y recordarán que ya no pueden llamarnos.

Y que, quizá, mientras acomodan nuestras fotografías, una lágrima solitaria caiga sobre alguno de los manjares.

Exactamente como me sucede a mí esta noche.

Solo espero que, cuando llegue ese momento, recuerden algo más que nuestra ausencia.

Que recuerden cuánto las quisimos.

Que sepan que cada tradición, cada cumpleaños, cada Navidad y cada pequeña costumbre de nuestra casa fue también una manera de decirles cuánto nos importaban.

Y si Dios me permite contemplarlas desde el cielo, me gustaría verlas juntas, preparando aquel altar, contando nuestras historias y riéndose de las cosas que hacíamos.

También me dará mucha curiosidad saber qué manjar habrán decidido ponerme.

Aunque, conociéndome, eso sí que lo van a tener difícil… porque a mí me gustan demasiadas cosas.

Pero quizá una de ellas recuerde mis cinco galletas de cada mañana.

Y las coloque junto a nuestra fotografía.

Entonces me gustaría imaginar que mi esposa me toma de la mano, sonríe y me dice:

—Gordo, todavía se acuerdan.

Y yo, mirando a nuestras hijas, le contestaría:

—Sí… y qué hermoso es saber que, después de tantos años, todavía tenemos una casa a la que volver.

Antoine Abraham

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