CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Hay una verdad que pocas veces queremos aceptar:
no podemos llegar a ser algo nuevo sin dejar de ser, de alguna manera, aquello que éramos.
No porque nuestra identidad desaparezca.
No porque debamos convertirnos en alguien completamente distinto.
Sino porque vivir significa pasar constantemente de lo que podemos ser… a lo que realmente decidimos ser.
Cada ser humano contiene posibilidades.
Podemos aprender o permanecer ignorantes.
Podemos amar o encerrarnos.
Podemos actuar con valentía o dejar que el miedo decida por nosotros.
Podemos cultivar nuestras capacidades o abandonarlas hasta que terminen debilitándose.
Pero ninguna posibilidad se realiza por sí sola.
Para que algo llegue a existir en nosotros, es necesario elegirlo, sostenerlo y convertirlo en acto.
Y aquí aparece una de las leyes más profundas de nuestra existencia:
cada elección realiza una posibilidad… pero también renuncia a muchas otras.
Cuando elegimos un camino, dejamos atrás todos los que ya no podremos recorrer.
Cuando dedicamos nuestra vida a una vocación, renunciamos a otras formas posibles de vivir.
Cuando permanecemos junto a una persona, dejamos de construir una vida con todas las demás.
Cuando defendemos un principio, aceptamos perder ciertas ventajas que solo podríamos conservar traicionándolo.
Elegir no consiste únicamente en obtener algo.
Elegir significa también renunciar.
Por eso la libertad no es la capacidad de mantener abiertas todas las posibilidades.
Eso sería permanecer indefinidamente frente a la puerta sin atravesarla.
La verdadera libertad consiste en descubrir qué merece convertirse en parte de nuestra vida… y aceptar el precio de dejar atrás lo demás.
Queremos transformarnos sin perder comodidad.
Queremos madurar sin abandonar nuestras antiguas seguridades.
Queremos encontrarnos sin desprendernos de las máscaras con las que aprendimos a protegernos.
Queremos una vida diferente conservando exactamente los mismos hábitos, temores y relaciones que construyeron la vida anterior.
Pero eso es imposible.
No porque la vida sea cruel.
Sino porque dos formas contradictorias de existir no pueden realizarse plenamente al mismo tiempo.
No podemos vivir desde la verdad mientras seguimos alimentando la mentira.
No podemos construir una identidad firme mientras dejamos nuestro valor en manos de la aprobación ajena.
No podemos avanzar hacia nuestra plenitud mientras protegemos todo aquello que nos mantiene disminuidos.
En ocasiones, lo más difícil no es abandonar algo malo.
Lo más difícil es reconocer que algo que alguna vez fue bueno ya cumplió su finalidad.
Hay sueños que nos sostuvieron durante una etapa, pero que después comienzan a limitarnos.
Hay lugares que alguna vez fueron refugio, pero con el tiempo se convierten en prisión.
Hay versiones de nosotros mismos que fueron necesarias para sobrevivir, pero que ya no bastan para vivir plenamente.
No todo lo que nos trajo hasta aquí puede acompañarnos hacia donde debemos ir.
Madurar consiste, en parte, en aprender a distinguir entre aquello que pertenece verdaderamente a nuestro ser… y aquello a lo que simplemente nos acostumbramos.
Porque no todo lo que llevamos dentro forma parte de nuestra identidad.
También cargamos miedos aprendidos.
Heridas convertidas en carácter.
Opiniones heredadas que nunca examinamos.
Defensas que seguimos levantando incluso cuando el peligro ya desapareció.
A veces decimos: «Así soy».
Pero quizá no estamos describiendo lo que somos.
Quizá estamos defendiendo aquello en lo que nos convertimos para no sufrir.
Y entonces la pérdida adquiere otro significado.
Perder no siempre es quedar incompleto.
En ocasiones, perder es retirar lo que impedía que apareciera nuestra forma más verdadera.
Porque toda plenitud exige una forma de renuncia.
No podemos conservar todas nuestras posibilidades y, al mismo tiempo, convertirnos en alguien concreto.
No podemos permanecer eternamente en potencia.
Vivir es elegir qué posibilidades merecen transformarse en acto.
Y cada vez que lo hacemos, algo nace…
pero algo también termina.
Nada se gana sin perder algo.
No porque toda pérdida sea buena.
Sino porque llegar a ser implica decidir qué merece permanecer en nosotros… y qué debe quedar atrás para que nuestra vida adquiera finalmente una forma.
Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.
Antoine Abraham
PD. Hace más de dos mil quinientos años, Heráclito escribió una de las frases más profundas de la filosofía: «Nadie se baña dos veces en el mismo río.» porque ni el río permanece igual ni quien vuelve a cruzarlo sigue siendo exactamente el mismo. Tal vez por eso aferrarnos a lo que fuimos termina siendo imposible. La vida no nos pide conservar cada etapa; nos pide convertirnos, poco a poco, en aquello que verdaderamente podemos llegar a ser.
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