CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Este fin de semana volví a una de mis grandes pasiones: la historia.
Estuve viendo películas y documentales sobre la Segunda Guerra Mundial. Junto con el Imperio romano, es uno de esos períodos que puedo estudiar durante horas sin cansarme.
Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Hace poco tuve la oportunidad de terminar una maestría en Bioética y quizá por eso ya no estaba mirando solamente soldados, batallas, estrategias y fronteras.
Estaba mirando lo que puede ocurrir cuando la ciencia avanza más rápido que la conciencia.
Durante el régimen nazi, médicos y científicos realizaron terribles experimentos con seres humanos.
Prisioneros sometidos a temperaturas extremas para estudiar la hipotermia. Personas infectadas deliberadamente. Esterilizaciones. Experimentos con gemelos. Procedimientos realizados sin consentimiento y, muchas veces, con consecuencias devastadoras.
¿Y sabes qué es lo que más me estremece?
Quienes hacían aquello no eran hombres ignorantes.
Eran médicos. Científicos. Investigadores. Personas formadas en algunas de las mejores universidades de su tiempo.
Sabían mucho sobre el cuerpo humano.
Pero habían dejado de hacerse una pregunta elemental:
¿Debemos hacer todo aquello que somos capaces de hacer?
Sería tranquilizador pensar que aquello fue solamente producto de la barbarie nazi.
Pero no fue así.
En Estados Unidos, el estudio de Tuskegee siguió durante décadas a hombres afroamericanos con sífilis sin proporcionarles adecuadamente el tratamiento disponible, incluso cuando la penicilina ya se había convertido en el tratamiento estándar.
También existieron otros experimentos con prisioneros, pacientes institucionalizados y poblaciones vulnerables.
El problema, entonces, no era la ciencia.
El problema comenzaba cuando se olvidaba quién estaba frente al científico.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los juicios contra médicos nazis dieron lugar en 1947 al Código de Núremberg, que estableció principios fundamentales para la investigación con seres humanos, comenzando por algo que hoy parece evidente:
el consentimiento voluntario de la persona es esencial.
Aquello no fue todavía el nacimiento formal de la bioética como disciplina, pero sí uno de los grandes pasos que nos obligaron a preguntarnos por los límites éticos del progreso científico.
Décadas después, aquellas preguntas comenzarían a consolidarse bajo un nombre: bioética.
En 1971, Van Rensselaer Potter publicó Bioethics: Bridge to the Future, uno de los grandes hitos de la bioética contemporánea.
Han pasado apenas 55 años.
Y aquí la historia se encontró, inesperadamente, con mi propia vida.
Durante la maestría tuve la oportunidad de escuchar a mi directora, Elena Postigo, quien define la bioética así —y creo que vale la pena leerlo dos veces—:
«El estudio sistemático, racional e interdisciplinar de nuestras acciones sobre la vida y el ambiente, considerando sus implicaciones antropológicas y éticas, para discernir aquello que es bueno para las personas, las futuras generaciones y el ecosistema».
Pero hay otra frase suya que este fin de semana resonó de manera distinta mientras veía aquellos documentales:
«Cuanto mayor poder adquiere la ciencia, más necesaria es una brújula ética».
Quizá esa sea una de las imágenes más hermosas para comprender la bioética.
Una brújula.
No nació para detener la ciencia.
Ni para tenerle miedo al progreso.
Nació para ayudarnos a preguntarnos hacia dónde estamos avanzando.
Porque hoy podemos intervenir genes, mantener funciones vitales mediante máquinas, crear embriones mediante reproducción asistida y desarrollar inteligencias artificiales capaces de intervenir cada vez más en decisiones médicas.
Y mañana podremos hacer cosas que hoy ni siquiera imaginamos.
Por eso la pregunta ya no puede ser solamente:
¿Podemos hacerlo?
También tendremos que preguntarnos:
¿Debemos hacerlo?
Porque detrás de un experimento no hay solamente células.
Detrás de un diagnóstico no hay solamente una enfermedad.
Detrás de una nueva tecnología no hay solamente una posibilidad.
Hay una persona.
“El día que la vida necesite justificarse para existir,
algo esencial en el ser humano ya se ha roto.”…… Antoine Abraham
Y quizá el verdadero progreso no consista únicamente en aumentar aquello que somos capaces de hacer.
Quizá también consista en conservar la humanidad suficiente para saber cuándo no debemos hacerlo.
P.D. Quizá dentro de cien años nuestros nietos miren algunas de las decisiones científicas que hoy consideramos normales y se pregunten:
«¿Cómo pudieron pensar que aquello estaba bien?»
La pregunta que me preocupa es otra:
¿Cuáles serán?
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