Antoine Abraham

150 formas de hablar con Dios

ECOS QUE TRASCIENDEN

Confieso que durante mucho tiempo los Salmos me parecieron una de esas partes de la Biblia que uno conoce… pero no necesariamente sabe qué hacer con ellas.

Son poemas. Oraciones. Lamentos. Alabanzas.

¿Pero para qué sirven realmente?

La Biblia contiene 150 Salmos. Tradicionalmente solemos relacionarlos con el rey David, pero David no escribió los 150. Los títulos del texto hebreo vinculan 73 con David.

En realidad, el libro de los Salmos es algo extraordinario:

es un libro de oraciones para prácticamente todo lo que puede sentir un ser humano.

Hay salmos para cuando uno agradece y para cuando uno tiene miedo. Para cuando celebra y para cuando no entiende. Para cuando siente a Dios cerca… y para cuando se pregunta dónde está.

Y entre los 150 hay uno que probablemente hemos escuchado más que ningún otro:

el Salmo 23.

«El Señor es mi pastor, nada me falta».

Lo hemos escuchado tantas veces que corremos el peligro de dejar de escucharlo.

Pero detengámonos y vamos paso a paso.

No dice simplemente que Dios es pastor.

Dice:

«El Señor es MI pastor».

De pronto deja de ser una afirmación sobre Dios y se convierte en una relación.

Después continúa:

«En verdes praderas me hace reposar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas».

Y aquí hay una imagen que casi nunca vemos.

Las ovejas no descansan fácilmente cuando perciben peligro. Si están asustadas o inquietas permanecen alerta. Para echarse necesitan sentirse suficientemente seguras.

Por eso «me hace reposar» puede leerse de una manera preciosa:

el pastor no solamente encuentra alimento para la oveja; crea alrededor de ella un lugar donde puede bajar la guardia.

Quizá eso también sea confiar en Dios.

No creer que nunca habrá peligros, sino descubrir que, aun cuando existen, hay Alguien cerca de quien puedo descansar.

Y después están las «fuentes tranquilas».

La imagen vuelve a ser perfecta: el pastor conduce al rebaño hacia un lugar donde pueda beber con seguridad.

David conocía bien todo aquello. Antes de ser rey había cuidado rebaños.

Quizá por eso la imagen es tan hermosa:

no promete que tendré todo lo que quiero; expresa la confianza de que estoy en manos de alguien que sabe lo que necesito.

Pero entonces el salmo cambia.

Desaparecen los verdes pastos.

Llegamos al valle:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo».

Y aquí ocurre algo que me parece precioso.

Hasta ese momento el salmista venía hablando de Dios:

Él me hace reposar.
Él me conduce.
Él repara mis fuerzas.

Pero cuando entra en la oscuridad deja de hablar de Él

y comienza a hablar con Él:

«Tú vas conmigo».

Quizá porque hay momentos de nuestra vida en los que ya no necesitamos explicaciones sobre Dios.

Necesitamos su compañía.

Y fíjate en otra palabra:

«Aunque camine».

El salmista no construye su casa en el valle.

Lo atraviesa.

Tampoco dice: «Dios evitará que entre».

Dice algo mucho más profundo:

si tengo que atravesarlo, no lo atravesaré solo.

«Tu vara y tu cayado me sosiegan».

La vara protege; el cayado guía. Y en medio del valle, el salmista descubre que necesita ambas cosas: un Dios que lo cuide y un Dios que le muestre por dónde seguir.

Y entonces aparece una imagen inesperada:

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos».

Ya no estamos en el campo.

Ahora estamos sentados a una mesa.

Y quizá ahí comprendí por qué los Salmos siguen rezándose después de tantos siglos.

Porque no fueron escritos solamente para enseñarnos cosas acerca de Dios.

Fueron escritos para prestarnos palabras cuando nosotros ya no sabemos qué decirle.

Por eso hay 150.

Porque hay días en que necesito darle gracias.

Otros en que necesito pedir ayuda.

Otros en que quiero reclamar.

Otros en que solamente puedo llorar.

Y habrá días en que todo lo que alcance a decir sea:

«Aunque camine por un valle oscuro… tú vas conmigo».

Tal vez los Salmos nunca fueron aburridos.

Quizá simplemente los estábamos leyendo cuando en realidad fueron escritos para ser rezados.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

Antoine Abraham

P.D. Siempre hemos cantado: «Estas son las mañanitas que cantaba el rey David…»

Pero, evidentemente, el rey David nunca cantó “Las Mañanitas”. La canción mexicana es muchísimo más reciente.

La referencia tiene un sentido simbólico: David quedó en la tradición bíblica como rey, músico, poeta y cantor, y su nombre terminó profundamente unido a los Salmos y a la alabanza a Dios.

Por eso, cuando cantamos «las que cantaba el rey David», podríamos entenderlo de esta hermosa manera:

«Esta canción es digna de ser cantada tan hermosamente y con tanta alegría como David cantaba a Dios».

Estamos evocando al hombre que, siglos antes, hizo de la música una manera de hablar con Dios.

 

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