Antoine Abraham

La ingeniería de las Pasiones

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Reflexiones sobre ética y verdad

En la reflexión anterior hablamos de los apetitos.

Vimos que todo ser posee tendencias que lo orientan hacia determinados bienes.

Y que, en el caso del ser humano, esas tendencias aparecen tanto en el ámbito sensible como en el racional.

Pero aquí surge una pregunta inevitable:

Si todos tenemos deseos…

¿por qué algunas personas terminan dominando su vida mientras otras parecen ser dominadas por ella?

La respuesta no está en la cantidad de deseos que tenemos.

Está en el orden que les damos.

La filosofía clásica distinguía dos grandes tendencias dentro de nuestra dimensión sensible.

La primera es el apetito concupiscible.

Su función es sencilla:

buscar aquello que aparece como agradable y evitar aquello que aparece como desagradable.

Nos acerca al placer.

Al descanso.

A la comodidad.

A lo que percibimos como satisfactorio.

La segunda es el apetito irascible.

Su función es diferente.

No busca el placer inmediato.

Busca la fuerza necesaria para alcanzar bienes difíciles.

Es la fuente de la perseverancia.

Del esfuerzo.

De la valentía.

De la capacidad de resistir.

Por eso podríamos decir que la concupiscible pregunta:

«¿Qué me atrae?»

Mientras la irascible pregunta:

«¿Qué estoy dispuesto a enfrentar para conseguirlo?»

Ambos forman parte de la naturaleza humana.

Ambos son necesarios.

Y ninguno es malo en sí mismo.

El problema aparece cuando alguno intenta ocupar un lugar que no le corresponde.

Cuando el placer se convierte en el criterio absoluto.

Cuando el miedo paraliza toda acción.

Cuando el deseo gobierna sin dirección.

O cuando el impulso reemplaza la reflexión.

Aquí aparece una de las ideas más profundas de la ética clásica:

La vida moral no consiste en eliminar las tendencias.

Consiste en ordenarlas.

Porque una tendencia ordenada se convierte en virtud.

Y una tendencia desordenada puede convertirse en vicio.

Dicho de otro modo:

Las virtudes son hábitos que perfeccionan nuestras tendencias y las orientan hacia nuestro desarrollo humano.

Los vicios son hábitos que las desordenan y terminan alejándonos de aquello que nos perfecciona.

Es importante aclarar que aquí hablamos desde la ontología y la antropología filosófica.

No se trata de una cuestión religiosa ni de un conjunto de creencias particulares.

Se trata de comprender cómo está estructurado el ser humano y cómo funcionan las fuerzas interiores que participan en nuestras decisiones.

Todo depende de cómo esas tendencias sean integradas dentro de la vida de la persona.

Por eso la prudencia ocupaba un lugar central en la filosofía antigua.

No porque eliminara las tendencias.

Sino porque ayudaba a dirigirlas correctamente.

La prudencia es la capacidad de discernir qué hacer, cuándo hacerlo y hasta dónde hacerlo.

Podríamos decir que actúa como el equilibrio de las virtudes.

Porque incluso una cualidad buena puede deformarse cuando cae en el exceso o en el defecto.

La fortaleza, llevada al exceso, puede convertirse en temeridad, por defecto, puede transformarse en cobardía.

La templanza, cuando desaparece, puede dar lugar a excesos como la gula o la lujuria, pero llevada a un extremo contrario también puede degenerar en una insensibilidad incapaz de disfrutar adecuadamente de los bienes humanos.

….Fíjate como potenciar al máximo una virtud la desvirtúa tanto como minimizarla

Porque saber qué hacer, cuándo hacerlo y hasta dónde hacerlo es lo que permite que nuestras capacidades trabajen a favor de nuestro desarrollo y no en nuestra contra.

La filosofía clásica observó algo que seguimos comprobando siglos después:

los extremos suelen deformar aquello que intentan perfeccionar.

Por eso la prudencia busca la justa medida (si, los dos extremos me hacen mal), no para limitar la vida.

Sino para permitir que nuestras capacidades trabajen a favor de nuestro desarrollo y no en nuestra contra.

Al final, el ser humano no alcanza su plenitud cuando deja de sentir.

La alcanza cuando aprende a gobernar aquello que siente.

Porque no todo lo que nos impulsa debe dirigirnos. Y no todo lo que deseamos merece gobernar nuestra vida.

— Antoine Abraham

PD:

Una brújula no elimina las fuerzas del viento. Tampoco detiene las corrientes del mar. Simplemente indica la dirección correcta. La madurez humana funciona de manera parecida. No consiste en dejar de sentir, sino en aprender a orientar lo que sentimos hacia aquello que nos perfecciona.

Muchas personas creen que la libertad consiste en poder hacer todo lo que desean. Sin embargo, la experiencia muestra algo distinto: quien no puede decirle “no” a sus propios impulsos termina dependiendo de ellos. Y la dependencia nunca ha sido una forma de libertad.

 

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