Antoine Abraham

ESPEJITO, ESPEJITO… DIME QUE YO SOY EL BUENO

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Hay algo profundamente extraño en el ser humano.

Podemos reconocer con enorme claridad los defectos de los demás…

y permanecer sorprendentemente ciegos ante los nuestros.

Nos molesta la arrogancia del otro, pero llamamos a la nuestra “seguridad”.

Nos indigna su mentira, mientras justificamos la nuestra porque “no había otra opción”.

Condenamos su egoísmo, pero al nuestro lo llamamos “poner límites”.

Criticamos su cobardía, mientras explicamos la nuestra como “prudencia”.

Quizá todos llevamos dentro nuestro propio espejo mágico. La diferencia es que el nuestro ha aprendido perfectamente qué decir para no incomodarnos.

Y así vamos construyendo una versión bastante cómoda de nosotros mismos.

El problema no es solamente moral.

Es ontológico.

Porque poco a poco dejamos de preguntarnos quiénes somos realmente y comenzamos a construir una imagen de nosotros mismos que podamos soportar.

Y quizá hoy, uno de los mayores peligros para nosotros es precisamente ese:

confundir lo que soy con la historia que me cuento sobre mí mismo.

El ser humano posee una capacidad extraordinaria para justificar aquello que desea conservar.

Cuando una conducta ajena contradice nuestros valores, la vemos con enorme claridad.

Pero cuando somos nosotros quienes actuamos contra esos mismos valores, aparece inmediatamente una explicación.

“No fue para tanto.”

“Todos lo hacen.”

“Tenía mis razones.”

“Si conocieran lo que he vivido, lo entenderían.”

Y probablemente muchas de esas explicaciones tengan algo de verdad.

Pero también pueden convertirse en escondites.

Porque nuestros defectos rara vez llegan diciendo:

“Ey… soy un vicio y vengo a destruirte”.

Normalmente llegan vestidos con palabras mucho más elegantes.

El orgullo puede llamarse dignidad.

La envidia puede disfrazarse de sentido de justicia.

La cobardía puede presentarse como prudencia.

El egoísmo puede esconderse detrás del autocuidado.

La indiferencia puede llamarse respeto por la vida ajena.

Y después de repetirlo suficientes veces…

terminamos creyéndolo.

Porque el ser humano no solamente puede mentir a los demás.

También puede mentirse acerca de sí mismo.

Y quizá por eso juzgar al otro resulta tan cómodo.

Mientras observo su defecto, no tengo que enfrentar el mío.

Él es el mentiroso.

Ella es la egoísta.

Él es el irresponsable.

Ellos son los que están equivocados.

Y mientras el dedo apunta hacia afuera…

el espejo desaparece.

Muchas veces somos indulgentes con las debilidades que conocemos desde dentro y terriblemente severos con aquellas que contemplamos desde fuera.

Comprendemos perfectamente nuestras circunstancias, nuestras heridas, nuestros motivos y nuestras excepciones.

Del otro, en cambio, solamente vemos su conducta.

Tal vez por eso madurar no consiste únicamente en aprender a distinguir el bien del mal.

Consiste también en tener la valentía de aplicar sobre nosotros mismos la misma medida con la que examinamos a los demás.

Y entonces la pregunta deja de ser:

“¿Qué está haciendo mal el otro?”

y comienza a ser:

“¿Qué he aprendido a justificar en mí?”

Porque no todo lo que hacemos forma parte de nuestra identidad.

No todo lo habitual es esencial.

Y no todo aquello que defendemos diciendo “yo soy así” expresa verdaderamente quiénes somos.

A veces expresa solamente aquello que todavía no hemos querido transformar.

Conocerse comienza precisamente ahí:

cuando dejamos de utilizar los defectos de los demás para sentirnos mejores…

y nos atrevemos a mirar nuestras propias contradicciones sin maquillaje.

Porque solo puede transformarse aquello que primero somos capaces de reconocer.

Y quizá, antes de preguntarnos qué tan oscuro es el otro, deberíamos hacernos una pregunta hacia nuestros adentros:

¿Qué parte de mi oscuridad aprendí a llamar normal para no tener que cambiarla?

Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.

Antoine Abraham

P.D. Hay un detalle curioso en el gesto de señalar a alguien.

Cuando extendemos el dedo índice para acusar al que tenemos enfrente, tres de nuestros dedos quedan apuntando hacia nosotros mismos.

Quizá nuestras manos llevan mucho tiempo intentando enseñarnos algo:

antes de señalar una vez hacia afuera, convendría mirar tres veces hacia dentro.

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