Antoine Abraham

El miedo disfrazado de virtud

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Hace más de dos mil años, los filósofos griegos ya se preguntaban qué necesitaba el ser humano para vivir bien.

No hablaban de dinero, prestigio ni éxito profesional.

Hablaban de algo que hoy mencionamos con frecuencia, pero que pocas veces nos detenemos a comprender: la virtud.

Para Aristóteles, una virtud es un hábito bueno que adquirimos mediante la práctica y que nos dispone a actuar correctamente. Con el tiempo, aquello que comenzamos haciendo con esfuerzo termina convirtiéndose en parte de nuestra manera de ser.

No nacemos siendo prudentes, justos o valientes. Aprendemos a serlo con nuestras decisiones, nuestros errores y, sobre todo, con aquello que repetimos cada día.

Los filósofos identificaron cuatro virtudes fundamentales, llamadas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Y aunque hoy solemos relacionarlas con la religión, su origen es filosófico. No necesitamos profesar ninguna fe para comprenderlas o practicarlas. Basta con reconocer que todos podemos aprender a ser mejores personas.

Aristóteles explicaba que la virtud busca el justo medio entre dos extremos: el exceso y el defecto. No significa ser buenos a medias, sino aprender a actuar correctamente, en el momento adecuado y por las razones correctas.

Porque cuando perdemos la medida, aquello que creíamos una virtud puede terminar convirtiéndose en un vicio

Pero entre las cuatro hay una que tiene una función especial: orientar a las demás. Porque no basta con querer hacer el bien; también necesitamos saber cuándo, cómo y de qué manera hacerlo

La prudencia.

Los filósofos la consideraban una virtud fundamental porque, de alguna manera, funciona como un termómetro para las otras tres.

Nos ayuda a reconocer cuándo debemos ser firmes y cuándo ceder, cuándo exigir justicia y cuándo considerar las circunstancias, cuándo disfrutar y cuándo detenernos.

Porque hasta nuestras mejores cualidades, cuando pierden la medida, pueden terminar haciéndonos daño.

Y la prudencia tampoco escapa de ese peligro.

En un extremo está la imprudencia: actuar sin pensar, tomar decisiones precipitadas y confundir el valor con la temeridad.

En el otro está la indecisión: pensar demasiado, analizar todas las posibilidades y terminar paralizados por el miedo a equivocarnos.

La primera nos lleva a actuar cuando deberíamos detenernos.

La segunda nos impide actuar cuando deberíamos atrevernos.

Y entre ambas se encuentra la verdadera prudencia.

Pero hay algo que últimamente me hace pensar.

¿Cuántas oportunidades hemos enterrado por miedo, mientras nos felicitábamos por haber sido prudentes?

Desde pequeños nos enseñaron a ser prudentes.

A pensar antes de hablar. A medir las consecuencias. A no tomar decisiones apresuradas.

Y tenían razón.

Pero con los años he comenzado a preguntarme cuántas veces hemos utilizado esa misma prudencia para esconder nuestros miedos.

Porque hay una línea muy delgada entre ser prudente y tener miedo de vivir.

Conozco personas que llevan años esperando el momento adecuado para hacer algo que realmente desean.

Cambiar de trabajo. Empezar un proyecto. Hacer un viaje. Decirle a alguien lo que sienten….. o ese perdón que lleva años esperando.

Siempre hay una razón para esperar.

Cuando tenga más dinero.

Cuando los hijos crezcan.

Cuando me jubile.

Cuando las cosas estén más tranquilas.

Y así, casi sin darnos cuenta, vamos posponiendo la vida.

Lo curioso es que muchas veces nos sentimos orgullosos de ello.

«Yo no tomo decisiones a la ligera», decimos.

Y quizá sea cierto.

Pero también es posible que llevemos tanto tiempo analizando las consecuencias de equivocarnos que nunca nos hayamos detenido a pensar en las consecuencias de no intentarlo.

Porque también hay decisiones que duelen por no haberlas tomado.

Palabras que nunca dijimos.

Abrazos que dejamos para después.

Personas a las que quisimos buscar, pero no buscamos.

Sueños que fueron envejeciendo con nosotros hasta que un día dejamos de hablar de ellos.

Y no porque hubieran dejado de importarnos.

Sino porque siempre encontramos una buena razón para esperar.

Por supuesto, tampoco se trata de lanzarnos a la vida sin pensar. La imprudencia también puede destruir aquello que más queremos.

Pero la verdadera prudencia no consiste en eliminar todos los riesgos. Consiste en saber distinguir cuáles debemos evitar y cuáles vale la pena asumir.

Y eso requiere algo más que inteligencia.

Requiere valentía.

A veces, ser prudente significa guardar silencio para no lastimar.

Otras veces, significa atrevernos a hablar, aunque nos tiemble la voz.

A veces, significa esperar.

Otras, reconocer que seguir esperando también es una decisión.

Y quizá aquí esté una de las cosas más difíciles de aceptar: no siempre aquello que nos mantiene seguros es aquello que nos hace bien.

Hoy, mirando hacia atrás, me pregunto cuántas veces habré llamado prudencia a lo que en realidad era miedo.

Cuántas oportunidades habré dejado pasar convencido de que estaba haciendo lo correcto.

Y cuántas personas habrán hecho lo mismo.

Tal vez madurar no consista solamente en aprender a pensar antes de actuar.

Tal vez también consista en reconocer cuándo ya hemos pensado suficiente y ha llegado el momento de dar el paso.

Porque la vida no nos pide que seamos imprudentes.

Pero tampoco nos promete esperar hasta que estemos completamente seguros.

Y algún día, cuando miremos hacia atrás, quizá no nos duelan tanto las veces que nos equivocamos como aquellas en las que, pudiendo intentarlo, decidimos no hacerlo.

Porque al final, nuestras decisiones no solamente construyen la vida que tenemos. También construyen aquella que nunca llegamos a vivir

Antoine Abraham

P.D. Hay algo que me entristece pensar: que algún día lleguemos al final de nuestra vida y descubramos que fuimos tan cuidadosos para no equivocarnos, que también nos cuidamos de vivir. Y que tantas veces dijimos «todavía no», hasta que la vida, sin preguntarnos, terminó diciéndonos «ya no».

 

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