Antoine Abraham

El dolor que Dios no quitó

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay oraciones que terminan de una manera que no esperábamos.

Pablo conoció una de ellas.

El hombre que recorrió ciudades anunciando a Cristo, fundó comunidades, soportó cárceles, persecuciones, naufragios y terminó escribiendo algunas de las páginas más importantes del cristianismo, tenía algo que no podía resolver.

Él lo llamó:

«un aguijón en la carne».

No sabemos exactamente qué era.

Durante siglos se ha discutido si se trataba de una enfermedad, una limitación física, una tentación, una persecución constante o algún padecimiento que desconocemos.

Y quizá sea mejor así.

Porque al no saber qué era el aguijón de Pablo, cada uno puede reconocer el suyo.

Pablo quería librarse de él.

Y dice algo perfectamente humano:

«Tres veces rogué al Señor que se alejase de mí»
(2 Co 12,8).

Tres veces.

Pablo no pidió aprender a vivir con aquello.

Pidió que desapareciera el dolor.

Seguramente pensaba lo mismo que nosotros pensamos tantas veces:

Si esto desapareciera, estaría mejor.

Si superara esta limitación, podría hacer más.

Si Dios me quitara esto, podría servirle mejor.

Pero Dios no se lo quitó.

La respuesta fue otra:

«Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad»
(2 Co 12,9).

Y entonces es cuando encontramos una intervención, solo como las que Él sabe hacer…..

Porque quizá Pablo pensaba que aquel aguijón era un obstáculo para su misión…

cuando posiblemente también era algo que impedía que olvidara quién sostenía realmente esa misión.

Hay cosas que nos hacen fuertes.

Pero también hay cosas que, precisamente porque no podemos vencerlas, nos recuerdan que no somos invencibles.

Todos tenemos algún aguijón.

Una limitación.

Una inseguridad.

Una herida.

Algo de nuestro carácter.

Una historia que no podemos cambiar.

Una puerta que nunca terminó de abrirse.

Algo que hemos pedido más de una vez:

«Señor, quítame esto».

Y a veces desaparece.

Pero otras veces no.

Quizá porque hay ocasiones en las que Dios transforma nuestra vida quitando aquello que nos duele…

y otras en las que la transforma enseñándonos quiénes podemos llegar a ser aún cargándolo.

Pablo siguió caminando con su aguijón.

Siguió predicando.

Siguió viajando.

Siguió escribiendo.

Siguió siendo Pablo.

Y resulta curioso:

aquello que probablemente él habría borrado inmediatamente de su historia terminó regalándonos una de las frases más poderosas de toda su vida:

«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Tal vez algunas de nuestras mejores páginas también estén siendo escritas alrededor de aquello que todavía no hemos conseguido cambiar.

Porque hay dolores que Dios cura.

Hay obstáculos que Dios retira.

Pero también existen aguijones que permanecen.

Y quizá la pregunta no siempre sea:

«¿Por qué Dios no me quita esto?»

A veces la pregunta podría ser:

«¿Qué está haciendo Dios conmigo mientras esto sigue aquí?»

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

Antoine Abraham

 

P.D.: Antes de convertirse en uno de los hombres más importantes del cristianismo, Pablo era precisamente uno de los hombres más temidos por los cristianos.

Entonces todavía era conocido como Saulo.

No había caminado con Jesús por Galilea. No había formado parte de los Doce. Cuando Esteban fue apedreado, Saulo estaba allí aprobando su muerte (Hch 7,58; 8,1).

Después entraba en las casas, arrestaba a hombres y mujeres y los llevaba a prisión. Hechos dice que Saulo «asolaba la Iglesia» (Hch 8,3).

Y cuando salió hacia Damasco llevaba autorización para detener seguidores de Jesús y conducirlos encadenados a Jerusalén.

Jesús ya había muerto y sus discípulos anunciaban que había resucitado. Habían pasado apenas unos pocos años desde la crucifixión —quizá entre cinco y seis, según la cronología que se adopte— cuando ocurrió lo impensable.

Camino de Damasco, Saulo afirmó encontrarse con aquel mismo Jesús al que estaba persiguiendo.

El hombre que viajaba hacia Damasco para llevar cristianos encadenados…

terminaría pasando buena parte de su vida encadenado por ser cristiano.

A veces Dios no necesita buscar a alguien lejos del enemigo.

A veces convierte al enemigo en apóstol.

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