Antoine Abraham

El día que me quite la capa

ECOS QUE TRASCIENDEN

De niño, como casi todos, soñaba con ser un superhéroe.

A veces era el Llanero Solitario, cabalgando por la casa con una pistola de plástico.

Otras veces era Superman.

Tan convencido estaba de mis poderes que una tarde me subí al techo de mi casa dispuesto a volar.

Mi mamá, que evidentemente no compartía mi confianza en las leyes de la aerodinámica, me obligó a bajar antes de que pudiera comprobar mi teoría.

También fui el Hombre Invisible.

Recuerdo que una vez mi mamá decidió seguirme el juego y fingió que no podía verme.

Al principio fue maravilloso.

Caminaba frente a ella, hacía gestos, saltaba y gritaba.

Nada.

Mi poder funcionaba.

Hasta que pasaron las horas y comencé a preocuparme.

Terminé llorando y suplicándole que volviera a verme.

Creo que aquel día descubrí que ser invisible no era tan divertido como parecía.

Con los años dejé de usar capas.

Guardé las pistolas de plástico.

Y acepté, no sin cierta decepción, que jamás podría volar.

Pero ocurrió algo curioso.

Sin darme cuenta, me convertí en otro tipo de superhéroe.

Uno que no aparecía en los cómics.

Era el hombre capaz de abrir cualquier frasco que mi esposa no podía abrir.

El que sabía dónde estaba la caja de herramientas y que, con un desarmador, unas pinzas y un poco de ingenio, podía arreglar casi cualquier cosa. Desde un juguete roto hasta una bicicleta que ya no funcionaba. Y cuando no sabía cómo hacerlo, improvisaba con tanta seguridad que mis hijas jamás sospechaban que yo tampoco tenía la menor idea de lo que estaba haciendo.

El que cambiaba las llantas ponchadas.

El que recibía una llamada de alguna de sus hijas porque había chocado, se había quedado sin batería o simplemente necesitaba que alguien fuera por ella.

Y allá iba yo.

A veces cansado.

A veces de mal humor.

A veces preguntándome por qué esas cosas siempre sucedían cuando acababa de sentarme.

Pero iba.

Porque había algo extraordinario en escuchar:

—Papá, ¿puedes venir?

Durante muchos años fui el que alcanzaba las cosas que estaban demasiado altas.

El que espantaba los monstruos debajo de la cama….. en mi caso «el payaso roba niñas»

Y durante algún tiempo, probablemente, mis hijas creyeron que su papá podía resolverlo todo.

Yo sabía que no era cierto.

Pero nunca tuve demasiada prisa por desengañarlas.

Ahora que lo pienso, aquellos fueron mis verdaderos años de superhéroe.

No tuve capa.

No salvé al mundo.

Pero durante un tiempo fui el mundo entero para dos niñas.

Con los años fui descubriendo algo que nunca aparecía en las películas de superhéroes.

Que los poderes también se van perdiendo.

Y lo curioso es que no desaparecen de golpe. Simplemente llega un día en que alguien ya no necesita que los utilices.

Las niñas crecen.

Aprenden a conducir, a resolver problemas, a tomar decisiones que antes parecían imposibles sin consultar a papá.

Y un día te cuentan que se les ponchó una llanta, pero que ya la cambiaron.

Que tuvieron un problema, pero que ya lo resolvieron.

Que algo les preocupaba, pero que encontraron la solución.

Y tú sonríes.

Las felicitas.

Les dices que estás orgulloso.

Aunque, muy dentro, una parte de ti hubiera querido recibir aquella llamada.

—Papá, ¿puedes venir?

Qué cosa tan extraña.

Pasamos años enseñándoles a resolver la vida y, cuando finalmente lo consiguen, descubrimos que nos gustaba mucho ser parte de sus problemas.

No por los problemas.

Sino por lo que significaba que pensaran primero en nosotros.

Y entonces comienza otra etapa.

Una en la que ya no siempre eres el primero en enterarte.

En la que algunas decisiones se toman sin preguntarte.

En la que descubres que tus hijas tienen un mundo cada vez más grande y que tú ya no ocupas el mismo lugar en todas sus decisiones.

No porque te quieran menos.

Sino porque han aprendido a caminar sin llevarte siempre de la mano.

Y quizá eso sea lo más difícil de aceptar para un superhéroe.

No perder la fuerza.

Sino descubrir que las personas que más ama ya pueden salvarse sin él.

A veces imagino cómo será dentro de muchos años.

Tal vez mis hijas lleguen a visitarme y me encuentren batallando con alguna cosa que antes resolvía en segundos.

Una tapa demasiado apretada.

Una maleta demasiado pesada.

Algún aparato que no consigo hacer funcionar.

Y quizá una de ellas se acerque, me quite el objeto de las manos y diga sonriendo:

—A ver, papá, yo te ayudo.

Probablemente protestaré.

Diré que todavía puedo.

Que no necesito ayuda.

Porque sospecho que a Superman no le resultará fácil entregar la capa.

Pero en el fondo espero que ese día llegue.

No por hacerme viejo.

Sino por tener la oportunidad de descubrir que aquellas niñas a las que alguna vez corrí a rescatar ahora también saben cuidar de mí.

Y tal vez entonces recuerde al niño que se subió al techo convencido de que podía volar.

Qué equivocado estaba.

Pasé buena parte de mi infancia buscando superpoderes que nunca tuve.

Y buena parte de mi vida adulta utilizando unos que ni siquiera sabía que tenía.

Nunca pude atravesar paredes.

Nunca fui invisible.

Y jamás conseguí volar.

Pero durante muchos años bastaba que sonara el teléfono y alguien dijera:

—Papá, te necesito.

Para que yo me sintiera capaz de cualquier cosa.

Y ahora que lo pienso, hay algo que me conmueve más que todos aquellos recuerdos.

Mis hijas también terminarán descubriendo que su papá no era Superman.

Que tenía miedo.

Que se equivocaba.

Que muchas veces acudía a rescatarlas sin tener la menor idea de cómo iba a resolver el problema.

Y quizá algún día, cuando me vean más viejo, más lento, menos fuerte, hagan conmigo lo mismo que mi mamá hizo con aquel niño.

Ella sabía perfectamente que no era invisible, pero me dejó creerlo durante horas.

Tal vez mis hijas también sepan que mis años de Superman quedaron atrás, pero tengan el cariño suficiente para seguir pidiéndome ayuda con alguna tontería que podrían resolver perfectamente solas.

Y yo, por supuesto, fingiré no darme cuenta.

Porque hay mentiras pequeñas que no buscan engañar a nadie. Solamente buscan hacer feliz a alguien.

Tal vez de eso se trata una buena parte del amor: De permitir que alguien siga sintiéndose un héroe, incluso cuando ya conocemos todas sus debilidades.

Al final, el niño que quería ser Superman nunca consiguió volar.

Pero tuvo una mamá que le permitió creerlo y dos hijas que, durante muchos años, le hicieron sentir que realmente podía.

Antoine

 

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