CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Hay algo que me ha costado aprender.
Durante mucho tiempo pensé que era normal sentir satisfacción cuando alguien reconocía lo que yo hacía. Y, en realidad, lo es. A todos nos gusta sentirnos valorados.
El problema empezó cuando me di cuenta de que, sin notarlo, algunas de mis decisiones ya no nacían de mis convicciones, sino de la necesidad de recibir aprobación.
No sucede de un día para otro.
Es un cambio silencioso.
Comienzas preguntándote qué pensarán los demás.
Después intentas evitar decepcionar.
….Más tarde buscas agradar.
Y, cuando menos lo imaginas, descubres que una parte de tu vida ya no está dirigida por lo que consideras verdadero, sino por lo que esperas que otros aprueben.
Fue entonces cuando comprendí que la aprobación es una de las formas más sutiles de dependencia.
La filosofía clásica enseña que el ser humano encuentra su plenitud cuando orienta su vida hacia bienes que realmente lo perfeccionan. No hacia aquello que simplemente produce una satisfacción inmediata.
La aprobación puede ser agradable.
Pero no puede convertirse en el criterio para decidir quién soy.
Porque una cosa es escuchar opiniones.
Y otra muy distinta es entregarles el timón de mi propia vida.
Hace poco contemplaba a un director de orquesta y entendí algo que me hizo pensar.
Ningún director puede conducir una gran sinfonía mirando al público.
Si durante todo el concierto estuviera pendiente de quién aplaude, quién critica o quién se distrae, perdería el ritmo en pocos minutos.
Su atención tiene que permanecer donde realmente importa.
En los músicos, en la partitura, en la obra.
Y pensé que quizá así debería vivir también.
Porque mientras mantengo la mirada fija en quienes me observan, dejo de cuidar aquello que verdaderamente estoy llamado a construir.
Vivimos en una época en la que parecer importante, muchas veces parece más urgente que serlo.
Las redes sociales han convertido el reconocimiento en cifras.
Seguidores, «Likes», visualizaciones, Comentarios.
Pero ninguna de esas cosas responde la pregunta que realmente importa:
¿Estoy viviendo de acuerdo con quien soy?
La ontología nos recuerda que el obrar brota del ser.
No vivimos para construir una apariencia.
Vivimos para desarrollar aquello que realmente somos.
Por eso las decisiones más valiosas casi nunca son las más populares.
Educar con paciencia.
Ser honesto cuando nadie lo sabrá.
Pedir perdón.
Guardar silencio cuando sería más fácil responder.
Permanecer fiel a los propios principios aunque nadie los aplauda.
Esas decisiones suelen pasar desapercibidas.
Pero son las que terminan moldeando el carácter.
Hoy sigo agradeciendo cuando alguien reconoce mi trabajo.
Sería falso decir que ya no me importa.
Claro que me alegra.
Pero intento recordarme algo cada vez que aparece esa necesidad de agradar:
si mi paz depende de los aplausos… entonces alguien más está dirigiendo mi vida.
Y esa es una libertad demasiado valiosa como para entregarla.
Porque el reconocimiento auténtico nunca debería ser el objetivo.
Cuando llega, se agradece.
Pero cuando vivimos con propósito, deja de ser la meta y se convierte, simplemente, en una consecuencia.
Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.
-Antoine Abraham
Curiosidad histórica: Muchas catedrales medievales tardaron más de cien años en construirse. Los arquitectos y artesanos que colocaron sus primeras piedras sabían que nunca verían la obra terminada. Trabajaban para un propósito mayor que ellos, no para recibir el aplauso de su generación.
Cuando nuestro trabajo dependen exclusivamente de la aprobación externa, dejamos de actuar desde nuestro propio juicio y comenzamos a vivir según expectativas ajenas.
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