El desorden no empieza afuera… empieza dentro.
SERIE: CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Reflexiones sobre ética y verdad
Muchas decisiones equivocadas comienzan con un sentimiento fuerte.
Pero los sentimientos no son el problema.
El problema aparece cuando toman el control.
Desde hace siglos la filosofía distingue algo muy importante.
Los sentimientos que experimentamos tienen un nombre más preciso.
Se llaman pasiones.
Amor.
Miedo.
Deseo.
Ira.
Alegría.
Tristeza.
Pero las pasiones no aparecen de la nada.
Nacen de algo más profundo que todos tenemos:
los apetitos.
Los apetitos son las inclinaciones naturales que nos mueven hacia lo que percibimos como bueno…
y nos alejan de lo que percibimos como malo.
Por ejemplo:
El deseo de vivir.
El deseo de protegernos.
El deseo de amar.
El deseo de evitar el dolor.
De esos apetitos nacen las pasiones.
Todos los seres humanos las tenemos.
No son malas.
De hecho, forman parte natural de nuestra vida.
El problema aparece cuando olvidamos algo fundamental:
Las pasiones no fueron hechas para gobernar la vida moral.
Fueron hechas para acompañar.
Cuando los apetitos gobiernan a la persona…
aparecen los vicios.
Pero cuando la razón ilumina y ordena esos impulsos hacia el bien…
entonces nacen las virtudes.
Porque la vida moral no consiste en eliminar las pasiones.
Consiste en ordenarlas.
La tradición filosófica clásica lo explicó con mucha claridad.
Pensadores como Santo Tomás de Aquino recordaban que el ser humano tiene un orden interior.
Primero la razón, que busca la verdad.
Después la voluntad, que elige el bien que la razón muestra.
Y finalmente las pasiones, que acompañan esa decisión…
Por eso una frase resume todo este orden:
La voluntad es guiada por la razón.
Cuando ese orden se respeta, las pasiones se vuelven aliadas.
La valentía nace cuando el miedo es guiado por la razón.
La perseverancia nace cuando el deseo es ordenado hacia el bien.
El amor madura cuando deja de ser solo emoción…
y se convierte en decisión.
Pero cuando el orden se invierte…
todo se desordena.
La razón empieza a justificar lo que la emoción ya decidió.
Entonces escuchamos frases como:
“Así soy yo.”
“Es lo que siento.”
“Mi corazón me lo pide.”
Y poco a poco la persona deja de gobernar sus pasiones…
y empieza a ser gobernada por ellas.
La libertad entonces no desaparece de golpe.
Simplemente se debilita.
Porque quien no gobierna sus pasiones…
termina siendo gobernado por ellas.
Porque al final…
toda decisión moral revela quién eres.
La conciencia no crea la verdad… la descubre.
— Antoine Abraham
P.D.
Un hombre montaba a caballo por un camino de montaña.
El caballo era fuerte.
Rápido.
Lleno de energía.
Pero en un momento el animal comenzó a correr sin control.
El jinete intentó tirar de las riendas.
Intentó frenarlo.
Pero ya era tarde.
El caballo corría cada vez más rápido.
Hasta que en una curva del camino el hombre perdió el equilibrio…
y cayó al suelo.
El caballo siguió corriendo sin él.
Más tarde, alguien que había visto todo dijo algo muy simple:
El problema no era la fuerza del caballo.
El problema fue que el jinete perdió el control de las riendas.
Y algo parecido ocurre en la vida moral.
Las pasiones tienen fuerza.
Tienen impulso.
Tienen energía.
Pero si la razón suelta las riendas…
las pasiones no solo desordenan el camino:
derriban al jinete.
Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):



