Antoine Abraham

EL GRITO QUE MUCHOS MAL ENTIENDEN (capítulo: 6)

No todo grito nace de la desesperación…

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

En medio de la crucifixión ocurre algo desconcertante.

Después de horas de agonía…
con el cuerpo desgarrado…
con la respiración cada vez más difícil…

Jesús grita con una voz fuerte:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Mateo 27,46; Marcos 15,34)

Hay que recordar algo.

La crucifixión no mataba principalmente por las heridas.
Mataba por asfixia.

El condenado tenía que empujarse con los pies y los brazos desgarrados… para poder respirar.

Cada palabra…
cada sonido…
costaba un esfuerzo brutal.

Hablar en la cruz no era fácil.

Gritar…
era prácticamente imposible.

Y aun así…
Jesús grita.

No susurra.
No murmura.

Grita con voz fuerte.

A primera vista, parece una frase de desesperación.
Muchos incluso han pensado que en ese momento Dios abandonó a Jesús.

Pero hay un detalle que casi nadie nota.

Jesús no habló en griego en ese momento.

El Evangelio conserva sus palabras en arameo
el idioma que hablaba diariamente con el pueblo:

“Eloí, Eloí, lama sabactani.”

Los que estaban cerca… ni siquiera entendieron lo que decía.

Algunos pensaron que estaba llamando al profeta Elías.

Pero lo que Jesús estaba haciendo…
era algo profundamente intencional.

Estaba citando el inicio de un salmo conocido por todos los judíos.

El Salmo 22.

En la tradición judía, cuando alguien citaba la primera línea de un salmo…
estaba evocando todo el salmo completo.

No se decía capítulo y versículo.
Se decía la primera línea…
y todo el contenido venía con ella.

Y ese salmo describe algo impresionante.

Habla de un justo que sufre…
rodeado por enemigos…

cuyas manos y pies son atravesados…

y cuya ropa es repartida entre los soldados.

Siglos antes de la crucifixión…
y antes de Roma…

el salmo dice:

“Se reparten mis vestiduras y sortean mi túnica.”
(Salmo 22,19)

Exactamente lo que los soldados estaban haciendo al pie de la cruz.

Pero el salmo no termina en abandono.

Termina en victoria.

Termina anunciando que Dios no abandonó al justo…
y que todas las naciones reconocerán su salvación.

Así que el grito de Jesús…
no es un grito de derrota.

Es el eco de un salmo entero…
que se estaba cumpliendo en ese momento.

Desde la cruz, Jesús está revelando algo profundamente humano y divino:

El sufrimiento…
no tiene la última palabra.

Cristo asume hasta el fondo la experiencia humana del abandono.

Carga sobre sí todo el peso del pecado del mundo.
El dolor.
La injusticia.
El silencio de Dios…
que tantas veces experimenta el corazón humano.

Y desde ese lugar…

desde el lugar donde tantos hombres han gritado en la historia…

Jesús… reza.

Porque ese grito…
no es solo suyo.

Es el grito de todos los que alguna vez han preguntado:

“¿Dónde está Dios?”

Y la respuesta…
no viene quitando el dolor.

Viene entrando en él…. en lo más profundo del dolor

Por eso este momento no es ruptura con el Padre.

Es el punto más profundo de unión.

Porque incluso ahí…
Jesús no deja de llamar a Dios:

“Dios mío…”

Porque el grito de la cruz…
es el eco de todos los gritos de la humanidad…

y la promesa
de que Dios también estaba allí.

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”

– Antoine Abraham

P.D.
Más de 700 años antes de Cristo…
cuando el profeta Isaías y el Rey David describieran a un hombre traspasado, herido y llevado al matadero…

Pero, sabes?……..la crucifixión aún no existía!!!.

No era un método judío.
No era parte de su cultura.
Ni siquiera era una imagen imaginable.

Y aun así…
la descripción coincide con precisión inquietante.

Como si la historia…
ya hubiera sido escrita antes de suceder.

2 comentarios en “EL GRITO QUE MUCHOS MAL ENTIENDEN (capítulo: 6)”

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