Antoine Abraham

Cuando el deseo se convierte en dueño

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

«Hay esclavitudes que no necesitan cadenas, porque aprendimos a llamarlas placeres».

Hace algunos años escuché a alguien decir una frase que entonces me pareció exagerada: «La verdadera libertad no consiste en poder hacer lo que quieras, sino en poder dejar de hacerlo cuando quieras».

Con los años he comenzado a entenderla.

Porque hay cosas que empiezan siendo pequeños gustos y terminan convirtiéndose en necesidades. Un cigarro para relajarnos. Una copa para olvidar. Una compra para sentirnos mejor. Un teléfono que revisamos sin saber siquiera qué estamos buscando.

Y lo curioso es que casi nunca nos damos cuenta del momento en que dejamos de elegir.

En las dos reflexiones anteriores hablamos de la prudencia y la fortaleza, las primeras dos de las cuatro virtudes cardinales que la filosofía clásica reconocía como fundamentales para una vida buena.

Hoy llegamos a la tercera: la templanza.

Una palabra que suena antigua, casi olvidada, y que solemos relacionar con privaciones, sacrificios o prohibiciones.

Pero Aristóteles tenía una visión mucho más interesante.

La templanza no consiste en renunciar al placer, sino en aprender a disfrutarlo sin perder el gobierno de nosotros mismos.

Porque el problema nunca ha sido disfrutar de la vida. El problema comienza cuando aquello que disfrutamos empieza a decidir por nosotros.

Como toda virtud, la templanza busca un equilibrio entre dos extremos.

Por un lado está la intemperancia, el exceso. Cuando nuestros apetitos nos arrastran y ya no sabemos detenernos. No importa si hablamos de comida, bebida, dinero o cualquier otro placer. Siempre encontramos una justificación para un poco más.

Del otro lado está la insensibilidad, el defecto. Esa incapacidad de disfrutar incluso de los placeres naturales y legítimos. Como si vivir correctamente significara renunciar a todo aquello que nos produce alegría.

Y ninguno de los dos extremos nos hace verdaderamente libres.

Pero hay algo de la templanza que me resulta especialmente inquietante.

Nadie puede medirla por nosotros.

Podemos aparentar fortaleza frente a los demás. Podemos demostrar prudencia en nuestras decisiones. Pero la templanza suele ponerse a prueba cuando estamos solos, cuando nadie observa, cuando no tenemos que dar explicaciones.

Es entonces cuando descubrimos quién está realmente al mando.

Y no hablo únicamente de grandes adicciones. A veces nuestras pequeñas esclavitudes son tan discretas que hasta nos parecen normales.

El hombre que no puede sentarse a conversar sin mirar su teléfono.

La mujer que necesita comprar algo nuevo cada vez que se siente triste.

Quien no soporta pasar una tarde sin recibir atención.

O quien lleva tantos años buscando reconocimiento que ya no recuerda cómo disfrutar algo sin tener que mostrárselo a los demás.

Quizá lo más triste sea que algunas de esas costumbres comenzaron siendo cosas hermosas.

Una copa compartida entre amigos. El gusto de estrenar algo. La alegría de recibir un elogio. La emoción de sentirnos importantes para alguien.

Nada de eso era malo.

Lo doloroso es descubrir que algo que antes nos hacía felices ahora nos hace falta para estar bien.

Y aquí aparece una pregunta que pocas veces nos atrevemos a hacernos:

¿Cuántas cosas de mi vida sigo eligiendo libremente y cuántas hago porque ya no sé vivir sin ellas?

La templanza no nos pide convertirnos en personas frías, incapaces de disfrutar. Al contrario, nos invita a recuperar algo que quizá hemos ido perdiendo: la posibilidad de disfrutar sin depender.

Comer algo delicioso sin necesitar repetirlo. Tener dinero sin vivir para acumularlo. Amar profundamente sin querer poseer. Recibir aplausos sin necesitarlos para sentir que valemos.

Tal vez la verdadera madurez llegue cuando podamos mirar aquello que tanto deseamos y decirle, con serenidad: «Me gusta tenerte en mi vida, pero puedo seguir siendo yo sin ti».

Y mientras escribo esto, pienso en cuántas veces confundimos tener más con vivir mejor.

Quizá algún día descubramos que muchas de las cosas que perseguimos durante años nunca fueron indispensables.

Que la felicidad también estaba en aquella mesa sencilla, en una conversación sin teléfonos, en una tarde sin compras, en el silencio de una casa donde no hacía falta demostrarle nada a nadie.

Porque hay algo profundamente triste en llegar al final del camino y descubrir que tuvimos tantas cosas, pero fuimos dueños de tan pocas decisiones.

Y quizá la templanza sea precisamente eso: aprender a soltar algunas cosas a tiempo, para no terminar soltando, sin darnos cuenta, nuestra propia libertad.

Antoine Abraham

Una nota histórica

Cuenta el historiador Diógenes Laercio que Aristipo de Cirene, filósofo griego del siglo IV a. C., fue criticado por disfrutar de los placeres y de una vida rodeada de comodidades.

Aristipo, lejos de avergonzarse, defendía una idea que todavía hoy resulta provocadora: el problema no estaba en disfrutar de los placeres, sino en convertirse en su esclavo.

A él se le atribuye una frase sobre su relación con una famosa cortesana de su época:

«La poseo, pero no soy poseído por ella».

Más allá de la mentalidad de aquellos tiempos, su respuesta encierra una distinción que seguimos necesitando comprender.

No siempre somos más libres por renunciar a lo que disfrutamos. A veces, la verdadera libertad consiste en poder disfrutarlo sin depender de ello.

Y quizá por eso vale la pena preguntarnos:

¿Somos nosotros quienes poseemos nuestros placeres, o hace tiempo que nuestros placeres nos poseen a nosotros?

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