Antoine Abraham

Los dos mandamientos que Jesús no inventó

ECOS QUE TRASCIENDEN:

En el evangelio de Mateo 22, 34-40, Hay algo curioso en la respuesta de Jesús al fariseo: ninguno de los dos mandamientos que menciona era nuevo. Ambos llevaban siglos escritos.

Cuando Jesús responde al fariseo, cita dos textos diferentes del Antiguo Testamento:

  • Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas».
  • Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El primero formaba parte del Shemá Israel, que en hebreo significa «Escucha, Israel», una de las oraciones fundamentales del judaísmo

El segundo aparecía en las leyes de santidad del Levítico.

Lo sorprendente es que Jesús toma dos mandamientos situados en libros diferentes y los coloca juntos como fundamento de toda la Ley.

Jesús no vino a enseñarles a amar a un Dios diferente. Vino a mostrarles que no podían amar al Dios que conocían mientras despreciaban al ser humano que tenían enfrente.

Y aunque otros maestros judíos también habían destacado la importancia del amor, Jesús coloca estos dos mandamientos juntos como fundamento de toda la Ley

El verbo hebreo que aparece en Deuteronomio es ahav, «amar».

En nuestra cultura solemos asociar el amor con sentimientos: cariño, emoción, afecto, entusiasmo.

Pero en el contexto bíblico, amar a Dios también implica fidelidad, compromiso y obediencia.

Por eso, en Deuteronomio, el amor a Dios aparece estrechamente relacionado con guardar sus mandamientos.

¿Y si amar a Dios tuviera menos que ver con lo que decimos sentir por Él y más con lo que hacemos por los demás?

Amar a Dios no es solamente sentir algo hermoso por Él.

Es vivir de una manera coherente con ese amor.

Porque de poco sirve decir que amamos profundamente si nuestras acciones cuentan una historia diferente.

En Levítico 19,18 aparece la palabra hebrea re’a, que puede significar compañero, semejante o prójimo.

En su contexto inmediato, el mandamiento se refiere a las relaciones dentro de la comunidad israelita.

Pero unos versículos después, en Levítico 19,34, se ordena amar al extranjero residente como a uno mismo.

Y el detalle extraordinario: el texto utiliza nuevamente el mismo verbo hebreo, ahav. El mismo que se emplea para hablar del amor a Dios y al prójimo

La misma palabra para amar a Dios, al compañero y al extranjero.

Esto es importante porque demuestra que la preocupación por el extranjero ya estaba presente en la propia Torá.

La pregunta interesante no es solamente a quién debemos amar, sino por qué necesitamos clasificar a las personas antes de decidir si merecen nuestro amor.

Y para rematar, Jesús no dice simplemente «ama a tu prójimo».

Dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Eso plantea una pregunta filosófica que pasamos por alto:

¿Podemos amar bien a los demás si hemos aprendido a despreciarnos?

El texto presupone que normalmente buscamos nuestro propio bien y nos invita a procurar el bien ajeno con una preocupación comparable.

Amar al prójimo como a uno mismo también nos invita a preguntarnos qué entendemos por amarnos a nosotros mismos.

No significa justificar nuestros errores ni colocarnos por encima de nadie.

Significa reconocer que nuestra propia dignidad también merece cuidado.

Hay personas que se pasan la vida intentando amar a todos, mientras tratan con una crueldad extraordinaria a la única persona de la que nunca podrán separarse: ellas mismas.

Hay otro detalle en la respuesta de Jesús: no dice que el segundo mandamiento sea idéntico al primero, sino semejante.

La palabra griega utilizada es homoía, que significa semejante o similar.

No dice que sean idénticos.

Tampoco que el amor al prójimo sustituya al amor a Dios.

Pero establece una relación inseparable entre ambos.

Podemos pasar toda una vida hablando del amor a Dios, aprendiendo oraciones, asistiendo a celebraciones y procurando cumplir cada precepto religioso.

Pero ese amor también tiene que hacerse presente en nuestra casa.

En la paciencia con nuestros padres, la comprensión con nuestros hijos, el perdón con nuestros hermanos y el respeto hacia quienes piensan diferente.

Porque es relativamente sencillo decir que amamos a un Dios invisible.

Lo difícil comienza cuando tenemos que demostrarlo frente a alguien que podemos ver, escuchar y tocar.

Y esto encuentra una expresión especialmente fuerte en 1 Juan 4,20:

«Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve».

Tal vez hemos pasado demasiado tiempo intentando demostrarle a Dios cuánto lo amamos, cuando Él lleva siglos diciéndonos dónde podemos demostrarlo

– Antoine Abraham

NOTA HISTÓRICA:

Según una tradición rabínica recogida en el Talmud (Makkot 23b), la Torá contiene 613 mandamientos: 248 positivos y 365 prohibiciones.

Esta enumeración es una sistematización rabínica tradicional, no una lista numerada que aparezca literalmente en la Biblia.

Los maestros judíos debatían cuáles mandamientos tenían mayor peso.

Por eso, cuando el doctor de la Ley pregunta cuál es el más grande, no está haciendo una pregunta trivial.

Le está pidiendo a Jesús que identifique el principio central de toda la Ley.

Y Jesús responde que de dos mandamientos dependen la Ley y los Profetas.

Podemos conocer cientos de normas religiosas y, sin embargo, haber olvidado para qué existían.

Porque de poco sirve conocer cientos de mandamientos si olvidamos el amor que debe orientar su cumplimiento.

 

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