Antoine Abraham

El hábito de ser

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Durante mucho tiempo, cuando escuchaba la palabra virtud, mi mente la colocaba automáticamente en algún lugar cercano a la religión.

Ser virtuoso sonaba a ser santo, piadoso o especialmente bueno.

Hasta que, estudiando filosofía, descubrí algo que cambió completamente mi manera de entenderla:

la virtud no nació como un concepto religioso.

Mucho antes del cristianismo, los filósofos griegos ya se preguntaban qué hacía que una persona llegara a ser plenamente humana.

Aristóteles utilizó una palabra preciosa: areté.

Podríamos traducirla como virtud o excelencia.

Pero hay una manera mucho más sencilla de comprenderla.

Un buen cuchillo es aquel que corta bien.

Un buen ojo es aquel que ve bien.

Un buen músico no es simplemente quien conoce las notas, sino quien ha desarrollado la capacidad de tocar bien.

Entonces aparece la pregunta verdaderamente difícil:

¿qué significa ser un buen ser humano?

Y ahí comienza la conversación sobre las virtudes.

Porque una virtud no es simplemente hacer algo bueno una vez.

Todos podemos ser pacientes un día.

Generosos alguna vez.

Valientes en determinada circunstancia.

Justos cuando no nos cuesta demasiado.

La virtud aparece cuando esa manera de actuar comienza a convertirse en una disposición estable de nuestra persona.

No solamente hago algo bueno.

Me voy convirtiendo en alguien capaz de hacerlo habitualmente.

Y esto tiene una consecuencia enorme.

Cada decisión que tomo no solamente produce algo fuera de mí.

También produce algo dentro de mí.

Cuando digo la verdad, no solamente estoy diciendo una verdad.

Estoy construyendo una persona más veraz.

Cuando actúo con justicia, estoy formando en mí la capacidad de ser justo.

Cuando cedo constantemente ante mis impulsos, también estoy entrenando algo.

Porque repetimos actos…

y los actos terminan formando hábitos.

Los hábitos forman nuestro carácter.

Y nuestro carácter acaba influyendo profundamente en la manera en que vivimos.

Por eso la ética de las virtudes no pregunta solamente:

«¿Qué debo hacer?»

Hace una pregunta mucho más profunda:

«¿En quién me estoy convirtiendo con aquello que hago?»

Tal vez por eso hablar de virtud sigue siendo tremendamente actual.

Vivimos obsesionados con mejorar nuestras capacidades.

Tomamos cursos.

Acumulamos conocimientos.

Entrenamos el cuerpo.

Aprendemos idiomas.

Actualizamos nuestro currículum.

Pero pocas veces nos preguntamos si también estamos formando a la persona que utiliza todas esas capacidades

Porque puedo ser más inteligente y no ser más prudente.

Puedo tener más conocimientos y no ser más justo.

Puedo alcanzar más éxito y no haber aprendido a dominarme.

Puedo saber muchísimo…

y seguir sin saber vivir.

Quizá crecer como ser humano no consista únicamente en añadir cosas a nuestra vida.

Tal vez consista en ir formando dentro de nosotros aquellas disposiciones que nos permiten vivir mejor aquello que ya somos.

Y entonces entendí algo.

La virtud no pretende convertirnos en otra cosa.

Pretende ayudarnos a llegar a ser plenamente humanos.

Porque al final… toda decisión moral revela algo  de quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.

Antoine Abraham

P.D. Cada noche podría preguntarme cuántas cosas hice hoy.

Pero quizá exista una pregunta mucho más importante:

después de todo lo que hice hoy… ¿en quién me estoy convirtiendo?

 

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