ECOS QUE TRASCIENDEN
Mateo 18,21-35
Siempre que escuchaba este Evangelio me quedaba con la misma frase:
«Setenta veces siete».
Y pensaba que Jesús estaba hablando de cuántas veces debía perdonar.
Pero esta vez algo más me llamó la atención.
El siervo de la parábola acaba de vivir algo extraordinario.
Debía una cantidad imposible de pagar. Se arrodilla, suplica tiempo y el rey hace mucho más de lo que él pidió:
le perdona toda la deuda.
Podría haber salido de aquella habitación llorando.
Podría haber sentido que acababa de recibir una segunda vida.
Podría haber pensado:
“Nunca volveré a mirar igual a alguien que me deba algo”.
Pero no ocurrió.
Apenas salió…
comenzó a cobrar.
Y creo que ahí está una de las partes que más me hacen pensar de este Evangelio.
Porque quizá yo también he hecho eso.
He pedido a Dios paciencia por mis errores, pero he sido impaciente con los errores de otros.
He pedido comprensión para mis caídas, pero he juzgado las caídas ajenas.
He pedido otra oportunidad, mientras decidía que alguien ya había agotado las suyas.
He rezado:
“Perdona nuestras ofensas…”
y después he salido a buscar a quien me debía una.
Entonces entendí algo.
El problema de aquel hombre no era solamente que no supiera perdonar.
Era algo más profundo:
había recibido misericordia, pero no había aprendido misericordia.
El perdón del rey llegó hasta su deuda…
pero no llegó hasta su corazón.
Y eso me hizo preguntarme:
¿Cuántas cosas me ha perdonado Dios que yo ya olvidé?
Porque curiosamente recordamos con enorme precisión lo que otros nos hicieron.
La palabra.
La traición.
La ausencia.
La deuda.
La fecha.
Hasta el tono de voz…. o no?
Pero tenemos una memoria mucho más corta cuando se trata de recordar las veces que nosotros necesitamos comprensión.
Quizá por eso Jesús no está enseñándome solamente a contar hasta setenta veces siete.
Tal vez está enseñándome a dejar de contar.
A romper esa contabilidad secreta donde llevo anotado quién me falló, cuánto me debe y cuántas oportunidades ya le concedí.
Porque quien vive contando las ofensas…
tarde o temprano termina viviendo entre deudores.
Y yo no quiero pasar la vida cobrando pequeñas deudas después de haber recibido tanta misericordia.
Hoy quiero intentar algo distinto.
Cuando alguien vuelva a fallarme, antes de recordar lo que me hizo…
quiero recordar todo lo que a mí me ha sido perdonado.
Tal vez entonces comprenda por qué Jesús nunca quiso enseñarnos matemáticas cuando dijo:
«setenta veces siete».
Quería enseñarnos a soltar la cuenta.
Porque el perdón comienza de verdad cuando dejamos de llevar la contabilidad.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
P.D. Hay un detalle que nuestra traducción occidental puede hacernos perdernos. Jesús dice que el primer siervo debía 10,000 talentos, mientras que su compañero le debía apenas 100 denarios. Un denario correspondía aproximadamente al salario de un día de trabajo; un talento equivalía a unos 6,000 denarios. Es decir, la primera deuda equivaldría a unos 60 millones de días de salario.
Jesús exagera deliberadamente la cifra hasta hacerla prácticamente imposible de pagar.
Y quizá ahí está el detalle más hermoso de la parábola:
el siervo pidió tiempo para pagar una deuda impagable… y el rey no le dio más tiempo. Le perdonó todo.
Después salió…
y fue a cobrar cien días.
Por eso tal vez el problema no era cuánto le debían.
Era lo rápido que había olvidado cuánto le habían perdonado.
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