ECOS QUE TRASCIENDEN
Sabes, nos engañaron con el Diablo.
Durante siglos nos lo pintaron rojo, con cuernos, cola, tridente y un preocupante problema de calefacción.
Así cualquiera.
Si un martes por la mañana aparece en mi casa un señor rojo, con cuernos y oliendo a azufre, probablemente hasta yo sospecharía que sus intenciones no son del todo buenas.
El problema es que últimamente pienso que el Diablo debe ser bastante más listo que eso.
Si quisiera entrar en mi vida, probablemente ni siquiera tocaría la puerta.
Ya tendría la contraseña del WiFi.
Lo encontraría por la mañana, cuando tomo el teléfono “solo para ver la hora” y, misteriosamente, veinte minutos después ya sé qué desayunó una persona que no conozco, dónde está de vacaciones otra y por qué alguien está indignadísimo con alguien más.
Mientras tanto, la persona sentada frente a mí podría estar intentando contarme algo.
Pero tranquilos.
No pasa nada.
El Diablo tampoco tendría que convencerme de odiar a nadie.
Eso sería demasiado trabajo.
Le bastaría con sugerirme que yo tengo razón.
Siempre.
Que pedir perdón es una magnífica idea…
para el otro.
Que guardar rencor no es guardar rencor.
Es tener memoria.
Que hablar mal de alguien tampoco es hablar mal si primero digo:
—Yo no quiero criticar, pero…
Esa frase, por cierto, debe abrir muchísimas puertas en el infierno.
Tampoco necesitaría volverme egoísta.
Bastaría con enseñarme a decir:
“Estoy poniendo límites”.
Una expresión extraordinariamente útil que algunas veces significa exactamente eso…
y otras significa:
“No quiero que nadie me moleste”.
Podría enseñarme también que visitar a alguien que está solo es importantísimo.
Que llamar a mis padres es importantísimo.
Que escuchar a quien necesita hablar es importantísimo.
Que ayudar es importantísimo.
Todo importantísimo.
Para mañana.
Porque hoy tengo muchísimo que hacer.
Y mañana, curiosamente, también.
Quizá esa sea su especialidad.
No pedirnos cosas enormes.
Solo pequeñas concesiones perfectamente razonables.
Cinco minutos menos para escuchar.
Un poquito más de orgullo.
Una llamada que no hacemos.
Un perdón que posponemos.
Un comentario que “no debería decirte, pero…”
Una mentira pequeña porque explicar la verdad sería complicadísimo.
Mirar hacia otro lado porque “yo no me quiero meter”.
Nada grave.
Nada escandaloso.
Nada que nos quite el sueño.
Ese es precisamente el problema.
Porque siempre imaginé que el mal llegaría haciendo ruido.
Y quizá llega diciendo:
“No exageres”.
No exageres, todos lo hacen.
No exageres, nadie se va a enterar.
No exageres, tampoco fue para tanto.
No exageres, tú también tienes derecho.
No exageres…
mañana lo arreglas.
Y así, sin cuernos, sin fuego y sin una sola aparición sobrenatural, podemos ir convirtiéndonos lentamente en alguien que nunca pensamos ser.
Lo curioso es que seguiremos considerándonos buenas personas.
Porque no robamos bancos.
No asesinamos a nadie.
No incendiamos conventos.
Simplemente dejamos de llamar.
De escuchar.
De agradecer.
De perdonar.
De detenernos.
De mirar al que tenemos enfrente.
De amar un poquito.
Luego otro poquito.
Y otro.
Hasta que entendí algo.
Si el Diablo apareciera realmente con cuernos, cola y olor a azufre, no tendría demasiado éxito.
Saldríamos corriendo.
No.
Si es tan inteligente como dicen, probablemente prefiere algo mucho más sencillo.
Que sigamos exactamente donde estamos.
Cómodos.
Ocupados.
Convencidos de tener razón.
Y diciendo de vez en cuando:
“No pasa nada”.
Porque quizá el Diablo no necesita convertirnos en malas personas.
Le basta con convencernos de que mañana podemos ser mejores.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
P.D. BÍBLICA: Curiosamente, la Biblia hebrea no comenzó hablando de “Satanás” exactamente como hoy utilizamos ese nombre. En el libro de Job aparece ha-satan: literalmente, “el adversario” o “el acusador”.
En Job 1–2 no aparece con cuernos, cola ni olor a azufre. Aparece cuestionando las intenciones de Job: ¿será realmente bueno… o solamente lo es porque le conviene?
Con el tiempo, la tradición bíblica irá desarrollando con mayor claridad la figura de Satanás como enemigo de Dios y tentador.
Quizá por eso nuestra caricatura del Diablo puede distraernos de algo mucho más interesante:
en la Biblia, antes de tener cuernos… tuvo argumentos.
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