Antoine Abraham

¡Sí! “PERO NO”

ECOS QUE TRASCIENDEN

EL PELIGRO DE APRENDER A DECIRLE SÍ A DIOS

Mateo 21, 28-32, Siempre había leído este Evangelio bastante cómodo desde mi silla.

La historia parecía sencilla.

Un hijo dice que no quiere ir a trabajar a la viña, después se arrepiente, cambia de opinión y finalmente va.

Y yo pensaba: qué bonita historia sobre alguien que supo rectificar.

Hasta ahí, todo bien.

El problema comenzó cuando dejé de mirar al hijo que dijo que no…

y me fijé en el que dijo que sí.

Porque entonces la parábola dejó de parecerme tan linda.

El padre le dice:

—Hijo, ve hoy a trabajar a la viña.

Y él responde exactamente lo que yo esperaría de un buen hijo (¿como yo?):

—Sí, señor. Ya voy.

Pero nunca llega.

Y de pronto descubrí una posibilidad… no le hablaba a los otros, me hablaba a mi:

quizá yo no soy el hijo que dijo que no y después regresó.

Quizá muchas veces soy el otro.

El que conoce la respuesta correcta.

El que sabe qué tiene que decir.

El que ha aprendido perfectamente a responder:

—Sí, Señor.

Y después continúa exactamente con su vida.

Porque puedo aprender a decirle sí a Dios sin haber aprendido a obedecerle.

Puedo conocer las respuestas.

Puedo saber cuándo levantarme, cuándo sentarme, qué contestar y qué rezar.

Puedo llevar años escuchando el Evangelio.

Puedo ir a Misa.

Puedo conocer las Escrituras.

Incluso puedo hablar de Dios con enorme facilidad.

Y, sin embargo, no entrar nunca en la viña.

Porque hay una enorme diferencia entre decir cosas de Dios y permitir que Dios cambie algo en mí.

Puedo hablar mucho de Dios…

sin permitirle a Dios meterse demasiado en mi vida.

Y entonces entiendo por qué Jesús (como es su costumbre) hace algo tan provocador.

Está hablando con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.

Hombres que conocían la Ley.

Que rezaban.

Que conocían las Escrituras.

Que podían hablar correctamente de Dios.

Hombres que, vistos desde fuera, parecían haber dicho que sí.

Y delante de ellos Jesús menciona a dos grupos social y moralmente despreciados:

publicanos y prostitutas.

Y les dice algo brutal:

—Ellos van delante de ustedes.

No porque Jesús diga que lo que hicieron estaba bien.

Sino porque ocurrió en ellos algo que también puede dejar de ocurrir en mí:

se dejaron cambiar.

Habían dicho “no” muchas veces con su vida.

Pero cuando escucharon la llamada, algunos fueron capaces de levantarse y caminar hacia la viña.

Los otros tenían el “sí” perfectamente pronunciado…

pero los pies inmóviles.

Y quizá ese sea uno de los grandes peligros de llevar muchos años creyendo.

Puedo acostumbrarme tanto a las cosas de Dios que termine confundiendo estar cerca de ellas con estar cerca de Él.

Y comenzar a pensar que repetirlas significa necesariamente que estoy caminando.

Pero tal vez alguien a quien yo considero muy lejos de Dios comenzó hoy a regresar.

Y quizá yo, que llevo años diciendo que estoy cerca…

hace mucho tiempo que no doy un paso.

Entonces pienso lo inevitable:

tal vez algunas personas que yo creo que están detrás… realmente van delante de mí.

NOTA HISTÓRICA

Para comprender la fuerza de las palabras de Jesús hay que detenerse en quiénes estaban delante de Él:

sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.

Y precisamente a ellos les dice que publicanos y prostitutas se les están adelantando en el Reino de Dios.

No era una comparación amable.

Los publicanos cargaban con un fuerte desprecio social por su vinculación con el sistema fiscal romano, mientras que las prostitutas representaban públicamente una conducta considerada pecaminosa.

Jesús no está diciendo que aquello estuviera bien.

está destruyendo la seguridad de quienes podían pensar que su posición religiosa garantizaba que estaban más cerca de Dios.

Y dos mil años después, esa frase también puede destruir la mía.

Porque quizá Dios no está llevando la contabilidad de todas las veces que le dije que no.

Ni contando todas las veces que le dije que sí.

Quizá está mirando algo mucho más difícil de fingir:

hacia dónde estoy caminando ahora.

Por eso el hijo más peligroso de esta parábola quizá no sea el rebelde que alguna vez tuvo el valor de decir:

—No quiero.

Quizá sea yo cuando he aprendido perfectamente a responder:

—Sí, Señor.

…pero descubro que puedo seguir viviendo como si nunca hubiera escuchado al Padre.

Así que quizá la pregunta no sea:

“¿Soy creyente?”

Ni siquiera:

“¿Cuántas veces le he dicho que sí a Dios?”

La pregunta es otra:

Si llevo tantos años diciéndole que sí…

¿por qué sigo exactamente en el mismo lugar?

 

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