Antoine Abraham

LA MADRE QUE JESÚS NOS DEJÓ (capítulo: 4)

Hay dolores que no se explican… solo se acompañan.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

La cruz no está completamente sola.
Casi todos los discípulos han huido.
El miedo los dispersó.

El mismo Pedro…
el que había prometido morir con Él…
lo negó tres veces.

Pero el Evangelio nos dice que al pie de la cruz permanecen algunos pocos:
María, la madre de Jesús.
María Magdalena.
Otras mujeres fieles.
Y un discípulo.

El único de los Doce que no huyó…
Juan.

El Evangelio describe la escena así:
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre… y el discípulo a quien él amaba.” (Juan 19,25-26)

Jesús está muriendo.
Tiene dificultad para respirar.

Cada palabra…
le cuesta.

Y aun así…
pronuncia la tercera frase desde la cruz:

“Mujer, ahí tienes a tu hijo.”
Luego dijo al discípulo:
“Ahí tienes a tu madre.” (Juan 19,26-27)

A primera vista…
parece un gesto sencillo.

Un hijo…
asegurándose de que su madre no quede sola.

Pero hay un detalle…
que casi nadie nota.

Jesús no dice “madre”.
Dice “mujer.”

En griego la palabra es gýnai.
No era una falta de respeto.
Era una forma solemne de dirigirse a alguien.

Jesús ya había usado esa misma palabra con María al comienzo de su misión, en las bodas de Caná:
“Mujer, todavía no ha llegado mi hora.” (Juan 2,4)

Y ahora la usa otra vez…
cuando su hora ha llegado.

Como si todo el camino de su misión
quedara encerrado entre esos dos momentos…

y en los dos, estaba su madre

Caná…
y la cruz.

El inicio…
y el final.

Pero hay algo todavía más profundo.

El Evangelio nunca menciona el nombre de Juan.

Solo dice:
“el discípulo a quien Jesús amaba.”

Muchos padres de la Iglesia vieron en ese detalle algo muy significativo.

Ese discípulo…
representa a todos los discípulos.

Es decir…

cuando Jesús dice:
“Ahí tienes a tu madre”

no está hablando solo a Juan.

Está hablando a todos los que lo siguen.

A ti.
A mí.

En el momento de la cruz…
Jesús no solo estaba redimiendo al mundo.

También estaba formando una nueva familia.

La familia de los creyentes.

Y en esa familia…

María no queda solo como la madre de Jesús.

Se convierte también…
en madre de los discípulos.

En madre nuestra.

Por eso el Evangelio termina diciendo algo aparentemente sencillo…
pero profundamente simbólico:

“Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” (Juan 19,27)

Porque en la cruz…

Jesús no solo estaba salvando al mundo.

También estaba dejando a su Iglesia una madre.

Y desde aquel día…

cada discípulo de Cristo
(leíste bien… cada discípulo, no solo Juan)

tiene el mismo encargo que recibió Juan:

recibirla.

Pero no como idea.
No como símbolo.

Como madre.

Porque hay momentos…
donde Dios no te quita el dolor…

pero te da a alguien
para no vivirlo solo.

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”
– Antoine Abraham

P.D.
Este no fue un detalle emocional de último momento.
Fue un acto consciente.
Desde la cruz… Jesús estaba formando una nueva familia.
Y esa familia… sigue existiendo hoy.

Como decía San Agustín:
“María es madre de los miembros de Cristo… porque cooperó con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes.”

Y siglos después, San Juan Pablo II lo reafirmaba con claridad:
“María fue dada como madre a cada uno de los hombres.”

4 comentarios en “LA MADRE QUE JESÚS NOS DEJÓ (capítulo: 4)”

  1. Ana Elvira Ortiz

    Gracias por ser tan gráfico. Puedo vivir ese momento. Dios te siga colmando de ese hermoso don de transmitir La Palabra con sencillez y claridad. 🙏

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias de corazón…
      Si algo logra transmitirse, es pura gracia… yo solo intento no estorbarle.

  2. Eugenia González

    Qué mensaje tan grande y tan profundo.
    Todos somos Iglesia, somos hermanos, tenemos el mismo Padre y la misma Madre celestial.
    Jesús nos dejó una familia que a donde quiera que vayamos nos identificamos con esa cruz que representa a Cristo y con esa flor que representa a María.
    Gracias por esos mensajes que nos hacen salir de la zona de confort y ver más allá.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Eugenia, gracias de verdad por tomarte el tiempo de escribir esto.

      A veces uno comparte estos mensajes sin saber hasta dónde llegan… y leer algo así confirma que no se quedan en palabras, sino que tocan el corazón.

      Lo que dices es clave: no somos individuos aislados, somos familia.
      Y la cruz que nos identifica no es solo un símbolo… es un origen y un destino.
      Ahí se nos revela quiénes somos… y a quién pertenecemos.

      Si estos ecos nos ayudan aunque sea un poco a salir de la comodidad y mirar más alto, entonces todo tiene sentido.

      Gracias por caminar también desde esa profundidad.

      Un abrazo. Antoine

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