Antoine Abraham

EL PRECIO NO FUE LA TRAICIÓN, FUE NO REGRESAR

No todo el que cae… se pierde.
Pero no todo el que se arrepiente… vuelve.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Una de las preguntas más inquietantes del Evangelio es esta:

Si la traición de Judas ya estaba dentro del plan de Dios…
¿por qué no fue perdonado?

La respuesta no está en la traición…
está en el corazón.

Dios, en su infinita sabiduría, puede sacar bien incluso del mal.
La Pasión de Cristo estaba anunciada… sí.
Pero eso no significa que Judas estuviera obligado a traicionar.

Aquí entra una verdad central de la fe:

Dios nunca cancela la libertad del hombre.

Judas eligió.
Eligió entregar a Jesús.

Pero después eligió algo todavía más profundo…
y más peligroso:

decidió no creer en la misericordia.

Porque el problema no fue solo su pecado…
fue su desesperación.

Y la desesperación es más silenciosa…
pero más devastadora.

Mientras Pedro Apóstol también negó a Jesús,
lloró… se rompió… y volvió.

Judas Iscariote, en cambio, se cerró.

No confió.
No esperó.
No regresó.

Y ahí está el abismo.

Porque Dios siempre está dispuesto a perdonar.
Siempre.

No hay pecado más grande que su misericordia.

Pero el perdón tiene una condición que no puede forzarse:

necesita una puerta abierta.

Y esa puerta… es el arrepentimiento.

Judas no fue rechazado por Dios.
Fue él quien decidió quedarse fuera.

Y esto no es solo historia.

Es un espejo.

Porque nosotros también fallamos.
También negamos.
También traicionamos… a veces en silencio, a veces sin darnos cuenta.

Pero el verdadero peligro no es caer.

El verdadero peligro… es convencernos de que ya no hay regreso.

Hoy, la historia de Judas no es solo una advertencia…
es una llamada.

A confiar incluso cuando no lo sentimos.
A arrepentirnos incluso cuando pesa.
A volver… incluso cuando creemos que es demasiado tarde.

Porque mientras haya vida…
Dios no ha cerrado la puerta.

Nosotros sí podemos hacerlo.

Señor, líbranos no solo del pecado…
sino de la mentira de creer que estamos perdidos.
Danos un corazón humilde… que siempre sepa volver.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

-Antoine Abraham

P.D.

En el Evangelio de Mateo (27,3–5) se nos dice que Judas Iscariote “se arrepintió”… pero el término griego utilizado (metamelētheís) no es el mismo que se usa para la conversión profunda (metanoia).

No es un detalle menor.

Indica remordimiento… dolor por lo que hizo.
Pero no implica un cambio interior que lo lleve a volver.

Y hay otro dato que pesa… y mucho.

Las famosas 30 monedas de plata no eran una cifra cualquiera.

En el Antiguo Testamento, en Éxodo 21,32, ese era el precio que se pagaba por la vida de un esclavo.

Eso significa que, al entregar a Jesús por esa cantidad, no solo lo traicionó…

lo tasó.

Le puso precio.
Y lo hizo al valor más bajo que la ley reconocía para una persona.

Por eso el Evangelio no solo narra una traición…
revela una degradación.

El Hijo de Dios… reducido al precio de un esclavo.

Y aun así…

ni siquiera ese acto fue más grande que la misericordia que pudo haber recibido.

Porque el problema nunca fue cuánto valió su traición…
sino que nunca creyó que podía ser redimido.

“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

LA FE QUE NO SE CONFORMA

10 comentarios en “EL PRECIO NO FUE LA TRAICIÓN, FUE NO REGRESAR”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      A veces creemos que la clave está en no fallar…
      pero el Evangelio nos muestra algo distinto:
      La diferencia no está en caer o no caer…
      está en si decides volver.
      Porque todos, en algún momento, nos parecemos más a Judas de lo que quisiéramos aceptar…
      pero también tenemos siempre abierta la posibilidad de hacer lo que él no hizo:
      regresar.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Tu pregunta nos introduce en uno de los misterios más delicados de la fe:
      la concurrencia entre la providencia divina y la libertad humana.

      La Pasión de Cristo no puede entenderse como el resultado necesario de la acción de un hombre, sino como el cumplimiento del designio eterno de Dios, querido “antes de la creación del mundo” ( 1 Pe 1,19–20).

      Los Padres de la Iglesia insistían en esto:
      no fue la traición la que produjo la redención, sino el amor obediente del Hijo.
      Judas no es causa de la salvación…
      es ocasión en la que se manifiesta el drama de la libertad.

      Dios, en su providencia, no quiere el mal moral —porque sería contrario a su naturaleza—,
      pero lo permite en cuanto acto libre de la criatura, y en su sabiduría infinita lo ordena hacia un bien mayor.

      Como diría san Agustín:
      Dios no permitiría el mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar de él un bien más grande.
      Así, si Judas no hubiera traicionado, el misterio pascual no habría quedado frustrado,
      sino que se habría realizado por otro camino, porque no depende de la infidelidad del hombre, sino de la fidelidad de Dios.

      Sin embargo, la figura de Judas permanece como advertencia:
      no basta con haber estado cerca de Cristo…
      es necesario permanecer en Él.
      Porque el verdadero abismo no es haber caído,
      sino haber desesperado de la misericordia.

      Pedro lloró… y fue restaurado.
      Judas se cerró… y se perdió.
      Y en esa diferencia —tan profundamente humana—
      se juega también nuestra propia historia.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      muchas veces queremos que Dios actúe…
      según nuestra lógica.

      Pero Dios no se acomoda a nuestras formas,
      nos invita a entrar en las suyas.

      Lo que no entendemos
      no es que Dios no esté…
      es que está obrando más profundo de lo que vemos.

      Ahí empieza la fe madura. Gracia Pau

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias, Ana María.
      Esa comparación entre Pedro y Judas es un golpe directo…
      porque, si somos honestos, todos nos parecemos un poco a los dos.

  1. Me encantó esta reflexión.
    Dios no se cansa de perdonarnos, somos nosotros mismos quienes nos cansamos de pedir perdón.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Justo eso…
      Dios nunca se retira.

      La distancia no la crea Él,
      la construimos nosotros cuando dejamos de volver.

      Y aun así…
      siempre hay un camino de regreso abierto.

Responder a Ana Maria Diez Lozano Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio