Antoine Abraham

LA FE QUE NO SE CONFORMA

Hay silencios que no niegan a Dios… lo buscan.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

A veces creemos que la fe es repetir lo que otros ya dijeron…
hasta que la vida nos obliga a preguntarnos si eso que creemos… realmente es nuestro.

Sabes, no sé en qué momento dejé de ver este pasaje del Evangelio de Juan como una historia… y empecé a verlo como un espejo.

Está en el Evangelio de Juan 20,24–29.

Tomás no estaba cuando Jesús se apareció por primera vez.
Y cuando los demás le dicen: “hemos visto al Señor”…
él responde algo que, si soy honesto, muchos hemos pensado alguna vez:

“No puedo creer solo con palabras.”

Durante mucho tiempo lo llamamos “el incrédulo”.
Pero cada vez que vuelvo a este pasaje… lo veo distinto.

Tomás no está rechazando.
Está siendo honesto.

No quiere fingir una fe que no tiene.
No quiere repetir lo que otros dicen.
Quiere encontrarse con la verdad… de frente.

Y eso, en nuestros días, rompe con la forma “correcta” de vivir la fe.

Porque pareciera que la fe más “correcta” es la que no cuestiona.
La que asiente rápido.
La que no hace ruido.

Pero la fe que pregunta…
la que lucha…
la que no se conforma…
esa muchas veces se mira con sospecha.

Sin embargo, el texto no presenta a Tomás como rebelde.
Lo presenta como alguien que no quiere vivir de una fe prestada.

Y eso cambia todo.

Porque entonces su duda no es un rechazo…
es una búsqueda.

Y lo que más me impacta… es lo que hace Jesús cuando vuelve a aparecer.

No lo corrige.
No lo exhibe.
No lo avergüenza.

Va directo a lo que Tomás había dicho.

“Pon tu dedo aquí…”

Es como si le dijera:
“Escuché exactamente lo que necesitabas.”

Y eso… me describe más de lo que quisiera admitir. ¿no?

Porque significa que incluso en su ausencia visible…
Jesús ya estaba escuchando.

Entonces la duda de Tomás no lo alejó…
lo acercó.

Pero hay algo más enriquecedor todavía.

Tomás no solo necesitaba ver.
Necesitaba sanar.

Porque él había visto morir a Jesús.
Había visto cómo todo en lo que había puesto su esperanza… se derrumbaba.

Y cuando uno ha pasado por algo así…
la dificultad no es solo creer.

Es atreverse a volver a creer… sin miedo a volver a perder.

Por eso su duda no es fría.
Es una duda herida.

Y eso cambia completamente la forma de entenderlo.

Hoy somos muchos los “Tomás”.

Personas que no pueden decir “yo creo” tan fácilmente.
No porque no quieran…
sino porque necesitan algo real.

Personas que han pasado por pérdidas, decepciones, silencios…
y que ya no les basta una frase bien dicha.

Y muchas veces, en lugar de acompañarlas…
las etiquetamos.

Pero Jesús no etiquetó a Tomás.

Se acercó.
Escuchó.
Respondió.

Porque la duda honesta…
no es enemiga de la fe.

Es el camino hacia una fe que realmente es tuya.

Y lo más impresionante es el final.

El mismo que dudó…
termina diciendo una de las afirmaciones más profundas del Evangelio:

“Señor mío… y Dios mío.”

El que luchó…
termina creyendo con más verdad.

Porque cuando alguien llega a la fe después de haberla peleado…
ya no cree por costumbre.
Ni por presión.
Ni por tradición.

Cree porque lo encontró.

Por eso hoy la pregunta no es si dudas.

La pregunta es más incómoda… y más honesta:

¿Tus dudas te están alejando…
o te están empujando a buscar una fe que realmente sea tuya?

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”

– Antoine Abraham

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

EL DÍA QUE ENTENDÍ QUIÉN PAGÓ EL PRECIO

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