Antoine Abraham

EL DÍA QUE ENTENDÍ QUIÉN PAGÓ EL PRECIO

Creía que entendía el valor…
hasta que entendí quién había pagado por él.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay una parábola de Jesús que siempre me enseñaron de una manera…
y durante años la entendí así.

Hasta que un día la volví a leer con calma… (hace poco)
y, como algunas veces, decidí ponerme del otro lado…

Y todo cambió.

Está en Mateo 13,45–46.

Jesús dice:

El Reino de los cielos se parece a un comerciante que busca perlas finas;
y al encontrar una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

Siempre escuché la misma explicación.

Nos dicen:

“Tú eres el comerciante…
Jesús es la perla…
y tienes que dejar todo para poder alcanzarlo.”

Suena muy bonito.
Muy espiritual.

Pero cuando uno lo piensa bien…
hay algo que no termina de cuadrar.

Porque, siendo honestos,
nosotros no tenemos con qué comprar a Dios.

No tenemos con qué pagar algo así.

La salvación no se compra
ni con esfuerzo,
ni con méritos,
ni con buena conducta.

Entonces un día me detuve en el texto…
y lo leí más despacio.

Y ahí noté algo que cambia todo.

Jesús no dice que la perla es el Reino.

Dice que el Reino
se parece al comerciante.

Y eso cambia completamente la escena.

Porque entonces el protagonista no soy yo.

El protagonista es el que busca.

Y si el Reino se parece al que busca…
entonces el buscador es Cristo.

Jesús es el mercader.

El que dejó su gloria.
El que bajó a este mundo roto.
El que vino buscando algo que valía la pena rescatar.

Y entonces surge mi duda…

Si Él es el mercader…
¿quién es la perla?

Y ahí la parábola se vuelve profundamente personal.

La perla… soy yo.

Eres tú.

Somos nosotros.

La Iglesia es,

La humanidad que Él vino a rescatar.

Y hay otro detalle
que vuelve esto todavía más impresionante.

Las perlas no se forman
como otras piedras preciosas.

Un diamante se corta de una roca.
El oro se extrae de la tierra.

Pero la perla nace dentro de un ser vivo.

En la oscuridad del mar.

Cuando algo extraño entra en la ostra…

algo que lastima…
algo que irrita…
algo que duele…

la ostra empieza a cubrir esa herida
capa tras capa…

Y con el tiempo…
de ese dolor nace una perla.

Y cuando Jesús cuenta esta historia,
dice algo muy fuerte:

El comerciante encuentra la perla…
y vende todo lo que tiene para comprarla.

Todo.

No una parte.
No un porcentaje.

Todo.

Y cuando uno lo mira desde la cruz…
la imagen se vuelve todavía más clara.

Cristo dejó su gloria.

Se hizo hombre.

Caminó entre nosotros.

Y terminó entregándolo todo.

Hasta la última gota de sangre.

Como si el cielo hubiera pagado un precio imposible…
por algo que valía demasiado.

Por ti.

Por mí.

¡¡Porque nosotros somos la perla!!

Y entonces uno entiende algo
que a veces olvidamos.

El valor de algo no lo define el objeto en sí.

Lo define lo que alguien está dispuesto a pagar por ello.

Y si el Hijo de Dios entregó su vida…

entonces mi valor no lo determina mi pasado,
ni mis errores,
ni mis caídas,
ni lo que el mundo opina de mí.

Mi valor quedó fijado
el día que el Mercader divino
decidió darlo todo por esa perla.

Y tal vez por eso esta parábola deja una pregunta…
fuerte, pero necesaria:

¿Te estás viendo a ti mismo
como el mundo te ve…
o como te vio Aquel que pagó su vida por ti?

Porque a veces caminamos por la vida
sintiéndonos poca cosa.

Como si no valiera la pena.
Como si fuéramos una historia fallida.

Pero el Evangelio dice otra cosa.

Dice que hubo un Mercader
que vio algo precioso…

y decidió venderlo todo
para no perder esa perla.

Y esa perla…
eras tú.

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”
– Antoine Abraham

P.D.

En el mundo antiguo, las perlas no eran un lujo común…
eran una obsesión.

Autores como Plinio el Viejo las describen
como lo más valioso que existía en el Imperio Romano,
por encima del oro y de muchas piedras preciosas.

A diferencia de otras riquezas,
no se podían fabricar ni multiplicar.

Eran escasas,
difíciles de encontrar…
y extremadamente costosas.

Por eso, cuando Jesús habla de una
“perla de gran valor”…

no está usando una imagen poética cualquiera…

Está hablando de algo por lo que, literalmente,
valía la pena perderlo todo.

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

EL ROSTRO QUE NADIE SE ATREVIÓ A MIRAR

6 comentarios en “EL DÍA QUE ENTENDÍ QUIÉN PAGÓ EL PRECIO”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Qué alegría saber que algo de lo que escribo toca tu vida.
      Seguimos caminando… porque siempre hay más por descubrir.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Gracias de corazón, María. A veces estas reflexiones no llegan por casualidad… llegan cuando el alma ya estaba lista para entenderlas.

  1. Fernando Flores

    Hola Antoine, excelente el cambiar el sentido con el que se mira esta lectura. Creo que eso debe servir para que los que se sienten poca cosa o cuando la autoestima está baja, hagamos conciencia del gran valor que tenemos a los ojos de Dios.
    La otra opción de mirar la lectura también tiene lo suyo pues la opción de seguir a Jesús implica dejar atrás los aspectos de la vida que nos alejan de Él. Y por lo tanto me llama a esforzarme por el Reino pues vale la pena. Gran aprendizaje poder ver una misma lectura con 2 ópticas y cuyo resultado sea buscar y vivir el Reino de Jesús por encima de todo lo mundano pues vale la vida todo ello

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Fernando, gracias por leer así de profundo.

      Me encanta lo que dices… porque justo ahí está el giro: no es solo entender cuánto valemos para Dios, sino qué estamos dispuestos a soltar para vivir desde ese valor.

      Esa doble mirada que mencionas no se contradice… se completa.
      Primero descubro cuánto valgo…
      y desde ahí, entiendo por qué vale la pena dejar lo que me aleja.

      Al final, no es renuncia por pérdida…
      es elección por sentido.

      Gracias por verlo así.

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