“¿POR QUÉ QUIERES DEJAR DE SER?”
(Capítulo 2)
SERIE: CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Reflexiones sobre ética y verdad
Si esto fuera solo una idea extraña…
no crecería.
Si fuera solamente una ocurrencia aislada…
no se repetiría.
Pero está pasando.
Cada vez más.
Ya no basta con preguntar qué dicen los therians.
La verdadera pregunta es:
¿por qué eso le hace sentido a alguien?
¿Por qué una persona llegaría a sentirse más cómoda identificándose con algo no humano…
que con su propia humanidad?
Y aquí es donde la conversación deja de ser superficial.
Porque nadie intenta abandonar lo que es
si antes no siente que ser eso…
le pesa.
El problema no empieza en:
“quiero ser otra cosa.”
Empieza mucho antes.
Empieza en:
“No quiero ser esto.”
Porque ser humano hoy cansa.
Implica límites.
Contradicciones.
Heridas.
Responsabilidad.
Implica tener un cuerpo que no siempre obedece.
Emociones que no siempre entiendes.
Deseos que se contradicen.
Vacíos que no desaparecen rápido.
Implica descubrir que no todo gira alrededor de ti.
Y en una cultura que repite constantemente:
“mereces sentirte bien todo el tiempo”
“sé lo que quieras ser”
“no reprimas nada de lo que sientes”…
la realidad humana termina percibiéndose como un obstáculo.
Entonces aparece una salida seductora:
si la realidad no coincide conmigo…
redefino la realidad.
No integro lo que soy.
Lo reemplazo.
Y ahí ocurre algo peligrosísimo:
la identidad deja de ser descubrimiento…
y se convierte en refugio emocional.
Pero un refugio no es necesariamente una verdad.
Ontológicamente, esto toca algo muy profundo:
el ser humano no suele huir de la verdad porque no pueda entenderla.
Muchas veces huye porque la verdad exige demasiado.
Aceptar quién eres
implica trabajo interior.
Implica ordenar lo que sientes.
Reconocer heridas.
Aprender límites.
Madurar impulsos.
Asumir responsabilidades que no elegiste.
Y eso duele.
Mucho más que construir una identidad alternativa donde nada tenga que corregirse.
Por eso esto no es solamente una tendencia de internet.
Es el síntoma de una generación profundamente lastimada y desorientada.
Una generación con exceso de expresión…
pero poca formación interior.
Con muchas opciones…
pero pocas referencias.
Con mucha validación emocional…
pero muy poca educación del carácter.
Y cuando una persona ya no sabe quién es…
cualquier identidad que le dé sensación de pertenencia
parece suficiente.
Aunque no corresponda a la realidad.
Aunque no pueda sostenerse.
Aunque termine fragmentando más a la persona.
Porque lo inmediato seduce.
Y esta clase de identidades ofrecen algo muy inmediato:
sentido sin proceso,
pertenencia sin exigencia,
identidad sin verdad.
Pero casi todo lo inmediato
termina siendo frágil.
Porque lo profundo tarda.
La verdad tarda.
La madurez tarda.
La integración humana tarda.
Y quizá por eso cada vez cuesta más permanecer en procesos reales.
Porque entenderse exige paciencia.
Inventarse…
no.
Al final, la gran pregunta no es:
“¿alguien puede sentirse otra cosa?”
La verdadera pregunta es:
¿eso te acerca a lo que eres…
o te aleja todavía más?
Porque puedes escapar de muchas cosas.
Pero no de tu propio ser.
Y todo intento de hacerlo…
termina pasando factura.
“La conciencia no crea la verdad… la descubre.”
— Antoine Abraham
P.D.
Viktor Frankl, psiquiatra sobreviviente de los campos de concentración nazis, decía algo profundamente inquietante:
“Cuando una persona ya no encuentra sentido,
empieza a buscar sustitutos.”
Y quizá eso explica mucho de nuestro tiempo.
Porque el ser humano puede soportar dolor,
límites
e incluso sufrimiento…
pero le cuesta enormemente soportar el vacío.
Por eso, cuando una generación crece sin raíces claras,
sin dirección,
sin formación interior
y sin una idea firme de lo que significa ser humano…
la identidad termina convirtiéndose en un intento desesperado de llenar algo más profundo.
No siempre se busca “otra identidad” porque se odie la realidad.
A veces se busca…
porque ya no se sabe cómo habitarla.
Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):



