CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
En nuestra última reflexión hablamos de la prudencia, la primera de las cuatro virtudes cardinales, y de cómo algunas veces utilizamos esa palabra tan respetable para esconder nuestros miedos.
Recordemos que, hace más de dos mil años, los filósofos griegos identificaron cuatro virtudes fundamentales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Aunque muchos las relacionan exclusivamente con la religión, su origen es filosófico. El cristianismo las incorporó siglos después a su enseñanza moral.
Comenzamos con la prudencia porque es la que orienta a las demás. Funciona como un termómetro que nos ayuda a reconocer cuándo nuestras cualidades caen en el exceso o en el defecto.
Acá la reflexión de la prudencia: https://antoineabraham.com/el-miedo-disfrazado-de-virtud/
Hoy quiero detenerme en la segunda: la fortaleza.
Desde pequeños nos enseñaron a ser fuertes.
A levantarnos después de una caída, a soportar las dificultades y a no rendirnos.
Y tenían razón.
Pero hay algo que con los años he comenzado a cuestionarme.
¿En qué momento confundimos ser fuertes con tener que soportarlo todo en silencio?
Para Aristóteles, la fortaleza, entendida como valentía, se encuentra entre dos extremos: la cobardía y la temeridad.
La temeridad nos lleva a enfrentar peligros innecesarios, confundiendo el valor con la necesidad de demostrar que nada nos asusta.
Pero la cobardía es más difícil de reconocer.
A veces se esconde detrás de nuestras excusas.
Es evitar durante años una conversación necesaria.
Es guardar silencio ante una injusticia por miedo a las consecuencias.
Es permanecer donde ya no queremos estar porque nos aterra comenzar de nuevo.
Y siempre encontramos argumentos para justificarnos.
«No vale la pena».
«Mejor no mover las cosas».
«Ya estoy demasiado grande para cambiar».
Pero ¿cuántas veces detrás de esas palabras solamente hay miedo?
Porque tener miedo no nos convierte en cobardes. La cobardía aparece cuando permitimos que el miedo decida por nosotros, aun sabiendo que deberíamos actuar.
Sin embargo, existe otra confusión.
Creer que una persona fuerte nunca debe mostrarse vulnerable.
Conozco personas que llevan toda una vida siendo fuertes.
Padres que escondieron sus preocupaciones económicas para que sus hijos durmieran tranquilos.
Madres que lloraron a escondidas para no preocupar a nadie.
Hombres que aprendieron a tragarse la tristeza porque les enseñaron que llorar era cosa de débiles.
Mujeres que cargaron con los problemas de toda una familia hasta convencer a todos de que podían con todo.
Y muchas veces nosotros mismos ayudamos a construir esa imagen.
«Estoy bien».
«No te preocupes».
«Yo me encargo».
Tres frases que pueden esconder años de cansancio.
Así terminamos convirtiéndonos en esas personas a las que todos buscan cuando algo sale mal, pero a las que casi nadie pregunta cómo están.
Nos acostumbramos tanto a sostener a los demás que olvidamos que también necesitamos que alguien nos sostenga.
Y después de tantos años aparentando fortaleza, hasta pedir ayuda nos parece una debilidad.
Pero ¿desde cuándo ser fuerte significa no necesitar a nadie?
No somos menos valientes por llorar una pérdida, reconocer un error o admitir que estamos cansados.
A veces hace falta más valor para decir «necesito ayuda» que para seguir fingiendo que todo está bien.
Y esto me hace pensar especialmente en quienes hemos pasado buena parte de nuestra vida intentando ser el apoyo de otros.
Los hijos crecen, los padres envejecen, las responsabilidades cambian y comenzamos a descubrir nuestras propias fragilidades.
Tal vez porque nadie nos enseñó que también teníamos derecho a cansarnos.
Hoy pienso que la verdadera fortaleza no consiste en demostrar cuánto podemos soportar.
Porque no todas las batallas se ganan resistiendo.
Algunas se ganan aceptando que no podemos solos.
Después de todo, las personas que nos quieren no necesitan que seamos de hierro.
Necesitan que seamos de verdad.
Y quizá lo más triste sea descubrir que llevamos tantos años siendo fuertes para todos, que terminamos sintiéndonos solos incluso rodeados de quienes nos aman.
Antoine Abraham
BREVE HISTORIA: Cuentan que, en la antigua Grecia, un hombre sostenía una pesada columna mientras los demás reparaban el techo de un templo.
Todos admiraban su fuerza.
—¡Qué haríamos sin ti! —le repetían.
Y él sonreía, orgulloso de saberse necesario.
Pasaron las horas. Sus brazos comenzaron a temblar, sus piernas se debilitaron, pero no se atrevía a soltarla.
Un anciano que lo observaba se acercó.
—¿Por qué no pides ayuda?
—Porque todos confían en mí. Si la suelto, ¿quién la sostendrá?
El anciano guardó silencio un momento y respondió:
—Tal vez alguien esté esperando que se lo pidas.
El hombre miró a su alrededor. Había pasado tanto tiempo sosteniendo aquella columna que nunca se había detenido a mirar quiénes estaban junto a él.
Entonces, por primera vez, llamó a los demás.
Y descubrió algo que le entristeció profundamente.
No era que nadie hubiera querido ayudarlo.
Era que, después de tantos años viéndolo tan fuerte, todos habían terminado creyendo que nunca los necesitaría.
Y aquel día, mientras otras manos sostenían la columna, el hombre se sentó a descansar.
No lloró por el cansancio de sus brazos.
Lloró al darse cuenta de cuántos años había pasado creyendo que, para ser querido, tenía que ser siempre el fuerte.
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