CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Vivimos rodeados de números.
Medimos cuánto ganamos, cuánto vendemos, cuánto producimos, cuántos proyectos terminamos, cuántas personas dependen de nosotros.
Y casi sin darnos cuenta aprendemos una ecuación peligrosa:
valgo por lo que hago.
Durante muchos años quizá funcione.
Trabajo. Resuelvo. Produzco. Mantengo una familia. Tomo decisiones. Ayudo. Organizo. Soy necesario.
Y todo eso puede hacernos sentir importantes.
Hasta que aparece una pregunta que preferimos no hacernos:
¿Cuánto valgo cuando ya no puedo hacer nada de eso?
Imaginemos que mañana ya no puedo trabajar.
Después dejo de conducir.
Necesito ayuda para administrar mi dinero.
Más adelante alguien tiene que ayudarme a vestirme, bañarme o comer.
Quizá llegue incluso el día en que no recuerde el nombre de las personas que amo.
Entonces…
¿valgo menos?
La pregunta parece cruel, pero es profundamente ontológica porque obliga a distinguir dos cosas que confundimos con demasiada facilidad:
lo que una persona hace y lo que una persona es.
Una máquina puede perder valor cuando deja de funcionar.
Una inversión cuando deja de producir.
Un objeto cuando deja de ser útil.
Pero aplicar esa misma lógica al ser humano tendría consecuencias enormes.
Porque si mi valor depende de mi inteligencia, alguien menos inteligente valdría menos.
Si depende de mi autonomía, quien necesita ayuda tendría menor valor.
Si depende de mi productividad, un adulto mayor que ya no trabaja valdría menos que quien está en plena actividad.
Y si depende de mis capacidades…
mi dignidad disminuiría cada vez que perdiera una de ellas.
Pero quizá hemos entendido las cosas al revés.
La dignidad humana no es un premio que recibimos por funcionar correctamente.
No aumenta con nuestro currículum.
No aparece cuando comenzamos a producir.
Y tampoco desaparece cuando necesitamos que alguien nos sostenga.
Porque tener capacidades no es lo mismo que ser persona.
Puedo perder fuerza.
Memoria.
Movilidad.
Independencia.
Incluso la capacidad de reconocer a quienes están frente a mí.
Y seguir siendo exactamente alguien, nunca algo.
Ahí está la diferencia.
Tal vez durante los años de mayor productividad llegamos a creer que nuestra independencia demostraba nuestro valor.
Pero la dependencia no elimina nuestra dignidad.
Simplemente nos recuerda algo que quizá habíamos olvidado:
nuestro valor nunca estuvo en nuestra utilidad.
Algún día dejaremos de ser quienes resuelven y nos convertiremos en quienes necesitan ayuda.
Y quizá entonces descubramos una verdad que habría sido bueno comprender mucho antes:
no valgo porque produzco.
Produzco porque puedo.
Pero valgo…
porque soy.
Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.
Antoine Abraham
P.D. Si hoy tuviera que escribir mi currículum, probablemente pondría mis estudios, mis conocimientos, mi experiencia, mis puestos, mis logros y todas aquellas habilidades que he adquirido durante años.
Pero imaginemos mi currículum dentro de treinta años.
Quizá ya no pueda hacer muchas de las cosas que hoy hago.
Tal vez haya olvidado conocimientos que me costaron años aprender.
Puede que mis títulos sigan colgados en una pared… aunque yo ya no recuerde cómo los conseguí.
Entonces mi currículum podría quedar casi vacío.
Y aparece una pregunta que vale la pena hacernos mientras todavía podemos responderla:
Cuando ya no pueda presumir de lo que sé, de lo que hago ni de lo que he conseguido… ¿qué quedará escrito en el currículum de quien soy?
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