CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Hay una frase que seguramente hemos dicho alguna vez, casi siempre entre risas:
“¿Para qué me invitan si saben cómo soy?”
Nos causa gracia porque normalmente aparece después de hacer exactamente aquello que todos esperaban de nosotros.
Pero detrás de la broma puede esconderse algo mucho más profundo.
Porque también decimos:
“Yo soy así.”
Soy impaciente.
Soy desconfiado.
Tengo mal carácter.
Me cuesta pedir perdón.
No sé expresar lo que siento.
Y sin darnos cuenta hacemos algo extraordinario:
convertimos una manera de comportarnos en una definición de quienes somos.
Pero últimamente me pregunto:
¿Realmente soy así… o llevo tantos años comportándome así que terminé creyendo que eso soy yo?
No llegué al mundo completamente hecho.
Mucho antes de poder decidir quién quería ser, ya estaba aprendiendo cómo se vive.
Aprendí observando.
Aprendí escuchando.
Aprendí imitando.
Así aprendí maneras de amar, discutir, perder, perdonar, demostrar afecto o esconderlo.
Incluso aprendí algunos de mis miedos.
Y muchas de aquellas experiencias fueron dejando huellas.
Con los años, algunas se repitieron tantas veces que dejaron de parecerme aprendidas.
Empezaron a parecerme parte de mí.
Aquí aparece una distinción fundamental desde la ontología:
no todo lo que está en mí pertenece necesariamente a lo que soy.
Hay una naturaleza que me constituye como persona.
Pero también existe una historia que me ha ido moldeando: temperamento, educación, experiencias, costumbres, hábitos y decisiones.
Y confundir ambas cosas puede convertirse en una enorme trampa.
Porque cuando digo:
“Yo soy así”
parece que ya no tengo nada que hacer.
Pero si digo:
“Yo aprendí a reaccionar así”
todo cambia.
Porque aquello que aprendí también puedo educarlo, corregirlo y transformarlo.
Quizá no elegí muchas de las cosas que me formaron.
Pero llega un momento en la vida en que ya no basta con preguntarme:
¿Por qué soy así?
Tengo que hacerme una pregunta mucho más importante:
¿Quiero seguir siendo así?
Mi historia puede explicar por qué reacciono como reacciono.
Pero explicar no significa justificar.
Y llega una edad en la que seguir repitiendo aquello que aprendí también comienza a ser una decisión.
Ahí aparece una de las capacidades más extraordinarias del ser humano:
la libertad.
No puedo borrar mi pasado.
Pero sí puedo decidir qué hago con aquello que el pasado dejó dentro de mí.
Mi historia influye en mí.
Pero no tiene por qué dictar mi sentencia.
Quizá por eso madurar no consiste solamente en descubrir quién soy.
A veces consiste en algo todavía más profundo:
descubrir quién ya no quiero seguir siendo.
Porque hay cosas que recibimos y merecen convertirse en raíces.
Pero hay otras que deberían terminar con nosotros.
No todo lo heredado merece ser transmitido.
Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.
Antoine Abraham
P.D.
Siempre decimos con demasiada facilidad:
“A estas alturas ya no voy a cambiar.”
Porque los años pueden hacer más difícil transformar un hábito.
Lo que no pueden hacer es convertir un defecto en identidad.
Así que la próxima vez que diga:
“Yo soy así”… quizá debería preguntarme:
¿De verdad soy así… o llevo tantos años siendo así que ya me da miedo descubrir quién sería si decidiera cambiar?
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Gracias nuevamente Antoine por la generosidad de compartirte a través de la plum,ma me hiciste recordar la máxima de Platón «la gran conquista del ser humano, es la conquista de sí mismo» además de un concepto fascinante la «libertad». Sigamos dando la batalla 🙂
Muchas gracias, Florangely. Qué hermosa relación haces con esa frase atribuida a Platón. Quizá una de las mayores conquistas de la vida sea precisamente esa: aprender a conocernos, gobernarnos y descubrir que la verdadera libertad no consiste simplemente en hacer lo que queremos, sino en ser capaces de elegir quién queremos llegar a ser. Gracias por leerme y, sobre todo, por enriquecer la reflexión con tu comentario.