ECOS QUE TRASCIENDEN
Hay versículos de la Biblia que uno ha leído muchas veces… y parecen solo palabras.
Palabras bonitas, profundas… pero lejanas.
Hasta que un día la vida te pone frente a algo que te obliga a entenderlas de verdad.
A mí me pasó con una pregunta.
Una pregunta sencilla.
Una pregunta de niña.
Un día estaba caminando con mi hija.
Nada extraordinario.
Un día cualquiera.
De esas caminatas tranquilas donde uno habla de cualquier cosa… sin imaginar que una conversación terminará quedándose para siempre en el corazón.
De repente me miró y me preguntó:
—Papá… cuando yo esté viejita, ¿tú vas a estar para caminar conmigo?
Y en ese momento sentí algo difícil de explicar.
Porque ella lo dijo con una seguridad absoluta.
Para ella era lógico.
Para ella yo siempre iba a estar allí.
Siempre.
Pero yo sabía algo que ella todavía no entendía.
La vida no funciona así.
Los padres no nos quedamos para siempre.
El tiempo pasa.
Los hijos crecen.
Los padres envejecen.
Duele porque todos sabemos cómo funciona esta historia. La muerte roba abrazos. La muerte deja sillas vacías en la mesa.
La muerte guarda voces que ya no vuelves a escuchar. Todos lo hemos vivido de alguna forma.
En esa llamada que nadie quiere recibir. En ese silencio raro que queda en la casa cuando alguien ya no está. Por eso el ser humano le tiene tanto miedo.
Porque la muerte separa.
Y llega un momento en que uno comprende que probablemente no estará presente para todos los capítulos de la vida de sus hijos.
Mientras ella esperaba mi respuesta, sentí un nudo en la garganta.
Porque pensé en todo lo que quizá no podré ver.
Las canas.
Los años.
Los caminos que todavía le faltan por recorrer.
Y entonces entendí algo que nunca había pensado con suficiente profundidad.
La misión de un padre no es quedarse para siempre.
La misión de un padre es dejar algo de sí mismo que permanezca cuando él ya no esté.
Dejar principios.
Dejar recuerdos.
Dejar amor.
Dejar fe.
Dejar ejemplos que sigan caminando junto a los hijos cuando las piernas del padre ya no puedan hacerlo.
Quizá por eso Jesús nos enseñó a llamar a Dios de una manera tan especial.
No nos enseñó a decir solamente Señor.
Ni Rey.
Ni Creador.
Nos enseñó a decir:
Padre nuestro.
Porque todos los padres humanos tenemos límites.
Llega un momento en que ya no podemos acompañar.
Ya no podemos proteger.
Ya no podemos responder todas las preguntas.
Ya no podemos evitar todos los dolores.
Pero Dios sí.
Y eso cambia por completo la manera de mirar la paternidad.
Porque los padres de la tierra no estamos llamados a ocupar el lugar de Dios.
Estamos llamados a conducir a nuestros hijos hacia Él.
A mostrarles que existe un amor más grande que el nuestro.
Un amor que no envejece.
Un amor que no se cansa.
Un amor que no desaparece con el paso de los años.
Aquel día entendí que mi hija algún día caminará sin mí.
Pero también entendí algo mucho más importante.
Que nunca caminará sola.
Porque cuando yo ya no pueda sostener su mano…
habrá otra mano sosteniéndola.
La del Padre que sí puede permanecer para siempre.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
– Antoine Abraham
“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”
Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):




Gracias
gracias a ti Lourdes por caminar conmigo en estas reflexiones y sus ecos en lo más profundo