Antoine Abraham

La fe que tocó a Cristo

ECOS QUE TRASCIENDEN

Los Evangelios narran una escena que, a primera vista, parece sencilla…

Pero revela algo profundamente poderoso.

Una mujer llevaba doce años enferma.

Doce años de sufrimiento.

Doce años de médicos.

Doce años de gastar todo lo que tenía…

sin mejorar.

El Evangelio lo dice así:

«Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años…»
(Marcos 5,25)

Pero su dolor no era solo físico.

Según la Ley de Israel, una mujer con flujo de sangre era considerada impura.

No podía tocar a nadie.

No podía entrar libremente en la vida social o religiosa.

Doce años enferma…

pero también doce años aislada y repudiada.

Doce años viviendo fuera de la normalidad del pueblo de Dios.

Y entonces escucha hablar de Jesús.

No grita.

No se pone delante.

No hace un espectáculo.

Se acerca por detrás.

Y en su corazón piensa algo que el Evangelio deja escrito para siempre:

«Si tan solo toco el borde de su manto, seré sanada.»
(Mateo 9,21)

Aquí aparece un detalle que muchas veces pasa desapercibido.

El Evangelio no dice simplemente que tocó la ropa de Jesús.

Dice que tocó el borde del manto.

En hebreo, esa palabra es KANAF.

El kanaf era el borde del manto donde los judíos llevaban los flecos del pacto, llamados tzitzit, obedeciendo la Ley dada por Dios.

La Escritura lo ordenaba así:

«Pondrán flecos en los bordes de sus mantos… para recordar y cumplir todos los mandamientos del Señor.»
(Números 15,38-39)

Esos flecos eran un recordatorio visible de la alianza con Dios.

Es decir…

aquella mujer no tocó cualquier parte de la ropa.

Tocó el lugar del pacto.

No tocó solo tela…

tocó el signo de la autoridad de Dios.

Y en ese momento ocurre algo extraordinario.

Jesús se detiene.

Y dice una frase sorprendente:

«Alguien me ha tocado… porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.»
(Marcos 5,30)

Los discípulos no entienden.

La multitud lo empuja por todas partes.

Pero Jesús insiste:

«Alguien me tocó.»

Porque no fue un roce más entre la multitud.

Muchos lo tocaban…

pero solo una persona lo tocó con fe.

Y cuando la mujer se presenta temblando, Jesús le dice algo que cambia toda la escena:

«Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.»
(Marcos 5,34)

Jesús no solo la sana.

La llama «Hija».

Es la única vez en el Evangelio donde Jesús se dirige a una mujer de esa forma.

No solo restaura su cuerpo.

Restaura su identidad.

Después de doce años de impureza…

Jesús la devuelve al corazón del pueblo de Dios.

Y aquí está el eco profundo de esta historia.

La multitud tocaba a Jesús por emoción.

Los discípulos lo tocaban por cercanía.

Pero aquella mujer lo tocó por revelación.

Sabía que en Él estaba la autoridad de Dios.

Por eso el milagro no ocurrió por el contacto físico.

Ocurrió por la fe que entendía lo que estaba tocando.

Porque hay una gran diferencia entre rozar a Cristo…

y tocarlo con fe.

Muchos pueden estar cerca.

Muchos pueden oír.

Muchos pueden seguir.

Pero solo quien cree de verdad toca el corazón de Dios.

Por eso la pregunta que esta historia nos deja no es:

¿Estamos cerca de Cristo?

La verdadera pregunta es:

¿Estamos tocando su autoridad?

¿Estamos bajo su KANAF?

¿Entendemos realmente a quién nos estamos acercando?

Porque cuando la fe toca a Cristo de verdad…

no solo sana heridas.

Devuelve la identidad.

Devuelve la paz.

Devuelve la vida.

Lo que la multitud no logró con muchas manos…

una sola mano llena de fe sí lo consiguió.

«Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.»
— Antoine Abraham

P.D.

Hay un detalle en esta historia que casi nadie menciona…

La historia de la hemorroísa no aparece sola.

Está entrelazada con otra escena:

la resurrección de la hija de Jairo.

Y los evangelistas no acomodaron esto por casualidad.

El relato empieza con Jairo corriendo desesperado porque su hija está muriendo.

Jesús acepta ir a su casa.

La multitud los rodea.

Todo parece urgente.

Pero en medio del camino ocurre algo inesperado.

Una mujer enferma desde hace años se abre paso entre la gente.

Toca el manto de Jesús…

y queda sanada.

Jesús se detiene.

Habla con ella.

La escucha.

La llama «hija».

Y mientras eso sucede…

el tiempo sigue corriendo.

Cuando finalmente llegan a la casa de Jairo, la noticia ya es otra:

la niña ha muerto.

Es decir…

la historia de la mujer interrumpe el camino hacia la niña.

Pero hay un detalle que los evangelistas colocan con precisión extraordinaria:

La mujer llevaba doce años enferma.

La niña tenía doce años de edad.

No parece casualidad.

En la Biblia, el número 12 representa al pueblo de Dios:

las doce tribus de Israel,

los doce patriarcas,

los doce apóstoles.

Por eso muchos ven aquí algo más profundo.

Dos imágenes del mismo pueblo.

Una mujer que lleva años desangrándose lentamente.

Una niña que ya parece perdida.

Un Israel que está enfermo…

y otro que parece estar muriendo.

Y Jesús hace exactamente dos cosas:

Sana lo que todavía respira.

Y resucita lo que todos ya daban por muerto.

Porque cuando Jesús llega…

ni la enfermedad tiene la última palabra.

Ni la muerte.

“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

El Dios que no se fué

2 comentarios en “La fe que tocó a Cristo”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Gracias, Luis. Qué bueno que te haya gustado. La fe sigue obrando hoy como entonces: cuando nos acercamos a Cristo con confianza, nunca regresamos igual.

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