Antoine Abraham

No siempre se va de tu vida… a veces solo no lo reconoces

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Sabes, hay escenas del Evangelio que me persiguen.

No porque sean escandalosas.
No porque tengan un milagro visible.
Sino porque se parecen demasiado a nosotros.

Y Emaús…
es una de ellas.

Porque esos dos discípulos no iban huyendo de un enemigo.
Iban huyendo de una decepción.

Jesús ya había resucitado…
pero ellos seguían caminando como si todo hubiera terminado.

Y eso uff……me pega fuerte.

Porque a veces uno también sigue andando…
hablando de Dios,
recordando lo que vivió con Él,
repitiendo lo que sabe,
incluso explicando lo que pasó…

pero por dentro ya va con tristeza.

Como Cleofás.

Como el otro discípulo.

Como tantos de nosotros.

Ellos no decían que Jesús nunca existió.
No negaban su poder.
No borraban su historia.

El problema era otro.

Lo estaban mirando todo
desde el dolor,
desde la expectativa rota,
desde lo que ellos pensaban que debía pasar.

“Nosotros esperábamos que.…”

Qué frase tan dura.

No dijeron: “ya no creemos”.
Dijeron: “nosotros esperábamos”.

Y a veces ahí se rompe algo dentro.

No cuando Dios desaparece…
sino cuando no actúa como yo esperaba.

Entonces camino,
sí…

pero ya no con fe encendida,
sino con el corazón cansado.

Y, sin embargo,
Jesús se les acerca.

Camina con ellos.

Los escucha.

Les pregunta.

Les abre las Escrituras.

Y ellos no lo reconocen todavía.

¿Eso impresiona no? como que no lo reconocen?.

Porque Cristo puede ya venir a mi lado…
y aun así yo seguir sin verlo.

Puede ir dentro de mi camino,
dentro de mi crisis,
dentro de mi confusión…

y yo pensar que sigo solo.

Hasta que algo empieza a abrirse.

No primero en los ojos.
Primero en el corazón.

Porque antes de ser reconocido,
Jesús fue escuchado.

Antes de ser visto,
fue recibido en la Palabra.

Y luego, al partir el pan…

todo se abre.

Los ojos.
La memoria.
El sentido.
La esperanza.

Entonces entienden que nunca estuvieron solos.

Solo estaban ciegos.

Y creo que ahí está una de las verdades más fuertes de este Evangelio:

hay temporadas en las que uno no pierde a Cristo…
solo deja de reconocerlo.

Porque el dolor nubla.
La tristeza deforma.
La decepción cansa.

Pero Él sigue acercándose.

Sigue explicando.
Sigue partiendo el pan.
Sigue encendiendo por dentro lo que parecía apagado.

Emaús me recuerda algo que necesito escuchar muchas veces:

que Jesús no siempre irrumpe con estruendo.

A veces aparece como compañero de camino.
Como voz que vuelve a ordenar el caos.
Como presencia que no se impone…
pero se queda, si lo invitan.

“Quédate con nosotros…”

Tal vez esa sea una de las oraciones más humanas y más necesarias.

Porque cuando empieza a oscurecer por dentro,
lo único que de verdad salva
es que Él se quede.

Y cuando se queda…
hasta el camino de regreso cambia.

Los que iban derrotados,
vuelven corriendo.

Los que iban cerrando la historia,
regresan para anunciarla.

Los que iban con el corazón triste,
terminan con el corazón ardiendo.

Porque cuando uno reconoce a Cristo de verdad… ya no puede seguir caminando igual.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

-Antoine Abraham

P.D.1:  El pueblo de Emaús estaba, según san Lucas, a unos sesenta estadios de Jerusalén, es decir, unos 11 kilómetros.
No era una distancia enorme… pero sí suficiente para simbolizar algo profundo: se estaban alejando del lugar donde Dios había vencido a la muerte… sin saber todavía que la Resurrección ya había comenzado a cambiarlo todo.

P.D. 2: Justo cuando lo reconocen… desaparece.

No porque se haya ido,
sino porque ya no necesitan verlo con los ojos.

Lo que antes era presencia visible…
ahora se vuelve certeza interior.

P.D.3: Iban saliendo de Jerusalén…
y cuando lo reconocen, regresan.

No es solo un cambio de ruta.
Es un cambio de dirección interior.

Alejarse de Dios siempre se siente lógico…
hasta que uno lo vuelve a encontrar.

P.D.4: San Lucas menciona a uno de los discípulos: Cleofás.

La tradición lo identifica como uno de los primeros testigos cercanos de la comunidad.

Curiosamente, el otro discípulo no tiene nombre…

como si el Evangelio dejara ese lugar abierto
para que cualquiera de nosotros camine ahí…….. cualquiera

“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”

Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):

EL PRECIO NO FUE LA TRAICIÓN, FUE NO REGRESAR

8 comentarios en “No siempre se va de tu vida… a veces solo no lo reconoces”

  1. Esta escena la vemos tantas veces durante nuestra vida…
    No creo que alguien que profundice este evangelio a conciencia no se sienta identificado con el.
    Todos los detalles que mencionas le dan tanta importancia!

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Porque no es solo una escena…
      es un espejo.

      Todos hemos estado ahí,
      mirando sin reconocer.

      Y cuando por fin lo vemos…
      todo cambia.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      A veces lo increíble no es que esté…
      sino que siempre estuvo ahí
      y apenas lo empezamos a ver.

      Gracias por leerlo así

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Totalmente, Celina…
      volver a Él no es solo regresar… es permanecer.

      Y eso cuesta,
      porque implica elegirlo todos los días, incluso cuando no se siente.

      Pero ahí es donde la fe deja de ser idea…
      y se vuelve camino.

  2. Socorro Aguilar

    Muy profundo mensaje en donde reconocemos que caminar sin rumbo es perder el sentido de quién es nuestro guía a la patria celestial… No estamos solos, Él estará hasta el fin de los siglos

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Gracias, Socorro…
      hay algo muy cierto en lo que dices.

      A veces no es que estemos perdidos…
      es que dejamos de mirar a quien siempre ha ido caminando con nosotros.

      Y cuando eso se vuelve a reconocer,
      todo vuelve a tomar sentido.

Responder a Marisela leal Murguia Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio