ECOS QUE TRASCIENDEN
Hay frases del Evangelio que cambian cuando dejamos de leerlas únicamente desde nuestra traducción occidental y nos asomamos por un momento al idioma en que fueron escritas.
Una de ellas ocurre en una de las escenas más conmovedoras de la Resurrección Juan 20, 11-18.
María Magdalena está llorando junto al sepulcro vacío.
Ha perdido a Jesús una vez.
Y ahora parece haberlo perdido incluso muerto.
Entonces escucha una sola palabra:
«¡María!»…. (María Magdalena es la primera persona a quien se presenta Jesús resucitado)
Ella reconoce aquella voz y responde:
«¡Rabbuní!» —¡Maestro!
Y entonces Jesús pronuncia una frase que durante siglos hemos leído:
«No me toques, porque todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17).
Leída así, la escena resulta extraña.
¿Por qué Jesús impediría que María lo tocara?
Poco después invitará a Tomás a acercar su dedo a sus heridas (Jn 20,27), y Mateo cuenta que otras mujeres se acercaron al Resucitado y abrazaron sus pies (Mt 28,9).
Quizá la clave esté en mirar más de cerca las palabras de Juan.
Mē mou haptou
El verbo griego háptomai puede significar tocar, pero también agarrar, sujetar, aferrarse o retener.
Además, la construcción utilizada permite entender las palabras de Jesús no simplemente como:
«No me toques».
Sino como:
«No me retengas».
«Deja de aferrarte a mí».
Y entonces cambia nuestra manera de contemplar la escena.
Juan no nos dice exactamente qué hizo María con sus manos. No podemos asegurar que estuviera abrazada a sus pies.
Pero emocionalmente podemos comprender lo que está sucediendo.
María había seguido a Jesús. Había sido liberada por Él. Había permanecido cerca de la cruz. Había visto morir a aquel que había transformado completamente su existencia.
Y ahora lo tenía nuevamente delante.
Es profundamente humano imaginar lo que habría querido:
que aquello no volviera a terminar… tu no?
Pero Jesús le está enseñando algo extraordinario.
La Resurrección no significa regresar a la mañana anterior a la cruz.
María no acaba de recuperar simplemente al Maestro que caminaba con ellos por Galilea.
Ha comenzado algo nuevo.
Por eso Jesús continúa:
«Todavía no he subido al Padre. Pero ve donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes».
Hay un orden en toda la frase:
No me retengas.
Yo voy al Padre.
Y tú ve a mis hermanos.
María quiere quedarse.
Jesús la envía.
Y quizá ahí está la verdadera belleza del pasaje.
NO TODO LO QUE AMAMOS PUEDE SER RETENIDO
También nosotros podemos intentar aferrarnos a determinadas maneras en las que alguna vez encontramos a Dios.
A aquella etapa en la que rezar era sencillo.
A aquel retiro que nos cambió.
A aquella persona que nos acercó a Él.
A aquella forma de sentir su presencia.
Y cuando las cosas cambian pensamos:
«Estoy perdiendo a Dios».
Quizá algunas veces ocurre exactamente lo contrario.
Quizá Dios no se está alejando.
Quizá nos está enseñando a encontrarlo de otra manera.
Quizás nos está diciendo: deja de aferrarte a mi…. “Ve y cumple”
María buscaba el cuerpo que había conocido.
Pero delante de ella estaba el Resucitado.
Quería conservar el encuentro.
Jesús convirtió el encuentro en misión.
Quería retenerlo.
Jesús le dijo:
«Ve».
Y aquella mujer que había llegado al sepulcro llorando porque pensaba que había perdido a su Señor terminó saliendo de allí para pronunciar una de las primeras proclamaciones de la Pascua:
«HE VISTO AL SEÑOR».
Tal vez madurar en la fe también consiste en aprender esto:
Hay momentos en los que amar a Dios significa abrazarlo.
Y hay otros en los que amar a Dios significa dejar de intentar retener la forma en que lo conocimos ayer… para descubrir cómo quiere encontrarnos mañana.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
Juan cuenta un detalle curioso: cuando María Magdalena ve a Jesús resucitado, no lo reconoce y piensa que es el jardinero (Jn 20,15).
Y no es un detalle menor, por que todo ocurre en un jardín.
El mismo Evangelio había señalado que cerca del lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto o jardín, y dentro de él un sepulcro nuevo (Jn 19,41).
Desde los primeros siglos, algunos cristianos vieron aquí un hermoso simbolismo: la historia humana había comenzado en un jardín y, de alguna manera, comenzaba de nuevo en otro.
En el Génesis, Adán aparece en el jardín; en la mañana de Pascua, María encuentra al Resucitado en un jardín y lo confunde precisamente con el jardinero.
María no estaba completamente equivocada.
Aquel hombre no era el jardinero que ella imaginaba…
era Aquel que venía a comenzar una nueva creación.
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