ECOS QUE TRASCIENDEN
Sabes… yo nací en una casa donde se hablaba de fe.
No como teoría… sino como algo que estaba ahí, respirándose.
Fui inculcado en la religión católica desde pequeño…
y eso me llevó por caminos de apostolado, primero con jóvenes… y después con universitarios.
Pero la fe… al menos en mí… nunca fue una línea recta.
Había momentos en los que me sentía profundamente cerca…
y otros en los que Dios parecía quedar lejos…
o quizá era yo el que se alejaba.
Y en alguna curva del camino… me salí.
Sin hacer ruido.
Sin grandes decisiones.
Simplemente… tomé otra ruta.
Recuerdo cómo, aun así, podía ver ese otro camino en paralelo al mío.
A veces lo sentía cerca…
a veces distante.
Había subidas… había bajadas…
pero sobre todo… había algo que yo ya no tenía.
Sentido.
Muchas veces los caminos se cruzaban…
y en esos cruces algo dentro de mí se movía.
Pero me decía que ya no estaba a la altura.
Que no tenía el nivel.
Que mi fe… no alcanzaba.
Veía a antiguos amigos seguir caminando por ese sendero…
el que yo llamaba “el difícil”.
Y el otro… el mío…
no es que me alejara del todo…
pero tampoco me acercaba.
Era más plano.
Más cómodo.
Más silencioso…
pero por dentro… más vacío.
Hasta que un día… en uno de tantos cruces… algo cambió.
No fue una decisión brillante.
No fue un momento heroico.
Fue más bien un impulso…
una inquietud…
casi un susurro.
«A ver qué pasa…»
A ver si podía sostener el ritmo.
A ver si alguien me reconocía.
A ver si todavía había lugar para mí.
Y volví.
Y en ese volver… empecé a escribir.
A jalar a los que venían atrás…
a sostenerme de los que iban adelante…
Escribir desde la herida…
pero también desde la esperanza.
Desde haber estado en los dos caminos.
Hay un pasaje del Evangelio que durante muchos años leí como una historia más.
Pero un día descubrí que, en el fondo, también hablaba de mí.
Dos discípulos caminaban hacia Emaús. Habían perdido la esperanza. Mientras iban conversando, un desconocido comenzó a caminar con ellos. Hablaron durante horas… y, sin embargo, no se dieron cuenta de que era Jesús. Solo más tarde comprendieron que nunca habían estado solos (cf. Lc 24, 13-35).
Creo que muchas veces mi historia también ha sido así.
Pero hay algo que entendí después.
Entre los que iban adelante… y los que venían atrás…
siempre había alguien.
Alguien que no terminaba de reconocer.
No hablaba como los demás.
No caminaba igual.
No encajaba.
Pero cuando yo me detenía…
Él se detenía conmigo.
Cuando bajaba el ritmo…
se acercaba.
Y no me dejaba quedarme.
A veces hasta me molestaba…
porque no me dejaba acomodarme.
Pero otras veces…
era el único descanso verdadero en medio de las curvas más solas.
Hasta que un día… caí.
En una de tantas.
Y esta vez…
no pude levantarme.
Y entonces… llegó.
No hizo ruido.
No explicó nada.
Solo se acercó…
y me tendió la mano.
«Vuélvete a parar…
solo dame la mano…
tú puedes.»
Y en ese momento…
sin entenderlo del todo…
algo dentro de mí volvió a creer.
Hoy sigo en el camino.
A veces firme…
a veces dudando…
a veces arrastrando los pasos.
Pero ahora sé algo que antes no sabía.
No camino solo.
Ese «extraño del camino»…
no es tan extraño.
A veces va adelante…
marcando el paso.
A veces va detrás…
sosteniendo cuando ya no puedo.
Hoy te escribo desde una piedra… bajo un árbol…
mirando lo que sigue:
una subida difícil.
Pedregosa.
Y allá, a lo lejos…
sigue estando el otro camino.
El fácil.
El plano.
El que no exige…
pero tampoco transforma.
Y aun así…
me voy a volver a levantar.
Voy a seguir caminando.
Un día a la vez.
Porque ahora sé…
que no depende solo de mí.
Depende también…
de Aquel que no deja de caminar conmigo.
Aunque a veces…
todavía no sepa reconocerlo del todo.
Dedicado al «extraño del camino».
Porque lo que ocurrió hace siglos… sigue teniendo eco en la eternidad.
— Antoine Abraham
“No sé quién…
pero alguien necesita leer esto hoy.
Si lo pensaste… reenvíaselo.”
Esto es parte de algo más grande…
(y esta fue la primera pieza):




Bella descripción del Compañero del camino…
Gracias! por compartir lo que tantos vivimos desde la fe inculcada en el hogar y la realidad de la vida que sin ese Compañero se torna sin sentido.
Muchas gracias, Ana María. Me alegra saber que esta reflexión resonó contigo. Al final, todos caminamos por momentos de luz y de oscuridad, y descubrir que Cristo nunca deja de acompañarnos cambia por completo el sentido del camino.