Antoine Abraham

Cuando todavía no éramos Cristianos

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hubo un tiempo en que los cristianos no se llamaban cristianos.

Y, por supuesto, tampoco se llamaban católicos.

Después de la muerte y resurrección de Jesús, hacia el año 30 d.C., sus primeros seguidores eran, en su inmensa mayoría, judíos.

Jesús era judío, Pedro era judío, Juan y Santiago eran judíos.

Pablo era judío.

Y aquellos primeros discípulos no pensaban necesariamente que estaban fundando una religión completamente distinta.

Seguían acudiendo al Templo.

Hechos cuenta que permanecían unidos y frecuentaban el Templo; Pedro y Juan incluso suben a él a la hora de la oración (Hch 2,46; 3,1).

Dentro de aquel mundo aparecen varias maneras de identificarlos.

Una de las más hermosas es:

“los del Camino”.

En griego, Hechos utiliza: hē hodós

Literalmente: “el Camino”.

Antes de tener basílicas, catedrales o dos mil años de historia detrás…

el cristianismo era simplemente un Camino.

Hay otro nombre fascinante, que aparecerá antes de los años 50’s d.C.

Cuando Pablo es acusado ante el gobernador Félix, hacia finales de los años 50, Tértulo lo presenta como cabecilla de:

“la secta de los nazarenos” (Hch 24,5).

El texto griego dice: tōn Nazōraíōn hairéseōs

Es decir: “la secta o grupo de los nazarenos”.

Nazōraîos está relacionado con Nazaret: eran identificados como los seguidores de Jesús el Nazareno.

Hasta este punto eran discípulos, hermanos, creyentes, seguidores del Camino.

Hasta que el movimiento comenzó a salir definitivamente de su ambiente original.

En los años 40’s el mensaje y la evangelización llegó a Antioquía.

Una enorme ciudad del Imperio romano donde judíos y gentiles (no judíos) comenzaron a formar parte de una misma comunidad.

Y Hechos 11,26 conserva una frase extraordinaria:

“En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos fueron llamados cristianos.”

El término griego es: Christianούς

De Christós, “Cristo”, que significa “Ungido”.

Y aquí hay otro eco fascinante.

Christós traduce la idea hebrea de: Māšíaḥ

Mesías. El Ungido.

Así que el nombre que hoy llevamos millones de personas nació de una palabra griega que remitía a una antiquísima palabra hebrea.

Māšíaḥ → Christós → Christianós.

Mesías → Cristo → Cristiano.

Habíamos recibido otro nombre.

Pero faltaba resolver un problema enorme.

Si un gentil quería seguir a Jesús…

¿tenía primero que hacerse judío?

En los años 50’s d.C. la discusión llegó a Jerusalén.

Hechos 15 cuenta cómo los apóstoles y presbíteros debatieron si los gentiles debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés.

La respuesta marcaría profundamente la historia del cristianismo:

no se exigió a los gentiles convertirse primero al judaísmo para incorporarse a la comunidad.

Aquello no creó de un día para otro una religión nueva.

Pero abrió una puerta gigantesca.

La fe en Jesús podía atravesar las fronteras étnicas de Israel.

Después de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C., tanto el judaísmo como las comunidades de seguidores de Jesús atravesaron profundas transformaciones.

Durante las últimas décadas del siglo I, la separación entre ambas identidades fue haciéndose progresivamente más visible.

No ocurrió un martes determinado.

No existe una fecha en la que podamos escribir:

“Aquí terminó el judaísmo de los seguidores de Jesús y aquí comenzó el cristianismo.”

Fue un proceso.

Lento.

Complejo.

Distinto según cada ciudad y comunidad.

Y entonces llegamos a otra palabra.

Católica.

Hacia comienzos del siglo II, aproximadamente entre los años 107-110 d.C., Ignacio, obispo de Antioquía, camino hacia Roma donde moriría mártir, escribió a los cristianos de Esmirna:

“Donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica.”

En griego: hē katholikḕ ekklēsía

La palabra katholikós está relacionada con la idea de aquello que es universal, general, según la totalidad.

Y ekklēsía: significa asamblea o comunidad reunida.

Aquí encontramos uno de los testimonios conservados más antiguos en los que aparece la expresión:

“Iglesia católica”.

Y entonces nuestra historia puede contemplarse a través de sus nombres.

Hacia el año 30, éramos los discípulos, los hermanos, los del Camino:

Durante las primeras décadas también fuimos identificados como nazarenos:

Hacia los años 40, en Antioquía, apareció un nombre nuevo: Cristianos.

Y hacia comienzos del siglo II encontramos ya: La Iglesia católica.

Pero quizá lo más hermoso es lo que cuenta cada nombre.

Nazarenos decía de dónde venía aquel hombre.

Cristianos decía quién creíamos que era aquel hombre.

Y católica terminó expresando que aquella fe ya no quedaba encerrada en un pueblo, una lengua o una frontera.

Había comenzado con unos cuantos judíos siguiendo a un maestro por los caminos polvorientos de Galilea.

Y apenas unas décadas después…

el Camino estaba aprendiendo a recorrer el mundo.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

Antoine Abraham

 

P.D. HISTÓRICA: Hay una pequeña ironía detrás de nuestro nombre.

Los primeros discípulos no aparecen llamándose a sí mismos “cristianos”. Hechos dice que fue en Antioquía, hacia los años 40 d.C., donde por primera vez “fueron llamados cristianos” (Hch 11,26).

El nombre incluso llegó al mundo romano. Después del incendio de Roma del año 64 d.C., Tácito relata que la población los llamaba en latín Christiani y explica que el nombre procedía de Christus.

Pero aquí ocurre algo extraordinario.

Dentro del propio Nuevo Testamento encontramos que aquel nombre terminó siendo asumido por los mismos seguidores de Jesús. En 1 Pedro 4,16 leemos:

“Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por llevar este nombre.”

Primero otros los llamaron cristianos.

Después ellos mismos estuvieron dispuestos a sufrir llevando ese nombre.

Lo que comenzó como una manera de identificarlos desde fuera terminó convirtiéndose en una identidad que estaban dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias.

 

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