ECOS QUE TRASCIENDEN
Hay días en los que uno solo quiere desaparecer un rato.
Apagar el teléfono.
Cerrar la puerta.
Guardar silencio.
Eso fue exactamente lo que hizo Jesús cuando recibió una de las noticias más dolorosas de su vida.
El Evangelio de san Mateo (14, 13-21) comienza con un detalle que fácilmente pasa desapercibido: acababan de asesinar a Juan el Bautista.
No era simplemente un profeta.
Era su primo.
Quien lo había bautizado en el Jordán.
Quien había preparado el camino para su misión.
Por eso Jesús subió a una barca buscando un lugar apartado. Necesitaba estar a solas con el Padre. Necesitaba llorar.
Pero la multitud lo siguió.
Y entonces ocurre algo extraordinario.
El Evangelio no dice que Jesús sintió lástima.
Dice que «se compadeció de ellos».
El verbo que utiliza san Mateo es el griego (splagchnízomai), una palabra que significa literalmente «conmoverse en las entrañas». Para los judíos, las entrañas eran el lugar donde nacían los afectos más profundos. No describe una emoción pasajera, sino un amor que duele por dentro, un corazón incapaz de permanecer indiferente ante el sufrimiento del otro.
Al caer la tarde, los discípulos hicieron un cálculo perfectamente lógico.
—Despide a la gente.
Aquí no hay comida.
No alcanza.
Pero Jesús respondió con una frase que sigue resonando dos mil años después:
«Denles ustedes de comer.»
No era solo una orden para repartir pan.
Era una misión.
Como diciendo:
«No esperen siempre que Dios haga lo que también puede hacer a través de ustedes.»
Jesús pudo haber hecho aparecer el pan directamente en las manos de la multitud.
Pero no lo hizo.
Tomó el pan.
Lo partió.
Lo entregó a los discípulos.
Y fueron ellos quienes lo distribuyeron.
Así suele actuar Dios.
Podría hacerlo todo sin nosotros.
Pero prefiere convertirnos en colaboradores de sus milagros.
Ellos solo tenían cinco panes y dos pescados.
Muy poco para tanta necesidad.
Y, sin embargo, recalcaste que Jesús nunca preguntó cuánto les faltaba?.
Solo tomó aquello que sí tenían.
Quizá ese sea uno de los milagros que más necesitamos recordar.
Vivimos convencidos de que no tenemos suficiente.
No tengo suficiente tiempo.
No tengo suficiente dinero.
No tengo suficiente paciencia.
No tengo suficiente fe.
Y Dios sigue pidiéndonos, no lo que nos falta, sino aquello que todavía conservamos entre las manos.
Porque el milagro nunca comenzó cuando apareció más pan.
Comenzó cuando alguien estuvo dispuesto a entregar el poco pan que tenía… o más bien, entregar “todo” lo que tenía.
Después ocurrió algo que también suele pasar desapercibido.
Sobraron doce canastos.
No once.
No diez.
Doce.
Para cualquier judío, el número evocaba inmediatamente a las doce tribus de Israel. Era una forma de decir que la gracia de Dios no se agota, que cuando Él alimenta el corazón humano siempre hay abundancia para todo su pueblo.
Quizá el mayor milagro de este Evangelio no sea la multiplicación de los panes.
Quizá sea descubrir que, mientras Jesús tenía el corazón roto por la muerte de un ser querido, todavía encontró fuerzas para aliviar el dolor de los demás.
Porque el amor verdadero no siempre espera a que desaparezca el sufrimiento.
Muchas veces…
es precisamente en medio de él donde se vuelve más grande.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
Juan el Bautista no era solo un profeta más. Era pariente de Jesús; sus nacimientos estuvieron separados aproximadamente por seis meses (cf. Lc 1,26.36). La tradición cristiana ha visto también un profundo simbolismo en el primer encuentro entre ambos. Cuando María visitó a Isabel, Juan aún estaba en el vientre de su madre y, al escuchar el saludo de María, «el niño saltó de alegría en su seno» (Lc 1,41). Los Padres de la Iglesia interpretaron este gesto como el primer reconocimiento de Jesús como el Mesías, incluso antes de nacer.
Años más tarde, cuando Jesús llegó al Jordán para ser bautizado, Juan intentó impedírselo diciendo: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,14). Aquellas palabras revelan que conocía la verdadera identidad de Jesús y entendía que su misión no era ocupar su lugar, sino prepararle el camino. Por eso pronunció una de las frases más humildes y profundas del Evangelio: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).
Por eso, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan, no solo perdió al último de los grandes profetas. Perdió a un familiar muy querido, al hombre que había reconocido al Mesías desde el seno materno y que había consagrado toda su vida a preparar el camino para su misión.
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Gracias Antoine por esta nueva perspectiva sobre este Evangelio; consolar aún en medio del sufrimiento, salir de uno mismo para darse a los demás, ser instrumento de Dios 🙌🏼🙏🏼 bendecido domingo
Muchas gracias, Florangely. Qué hermosa reflexión. Creo que ese es precisamente el corazón del Evangelio: descubrir que, aun en medio del dolor, el amor siempre encuentra una manera de salir al encuentro de los demás. Gracias por leer y por compartirlo.
Me uní a este chat, porque vel día de ayer leí el artículo Lo que dejamos de reparar con el tiempo. En dicho artículo encontré un reflejo de mi propia personalidad y actitudes en la vida. No me equivoqué. Gracias.
Alfredo, muchas gracias por compartirlo. Me alegra saber que el artículo te hizo mirar tu propia vida desde otra perspectiva. Si logró provocar esa reflexión, entonces ya cumplió su propósito. Bienvenido a este espacio; ojalá podamos seguir caminando y aprendiendo juntos.