Antoine Abraham

EL DIOS QUE TUVO SED (capítulo 7)

Hay frases que no deberían leerse rápido… y esta es una de ellas…
porque no es cómoda.
Porque no es fácil.
Porque cuando la entiendes… ya no puedes seguir igual.

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN

Después de horas en la cruz,
con los nervios expuestos,
los músculos desgarrados
y cada respiración arrancada a la fuerza…

Jesús habla.

No grita.
No reclama.
No se defiende.

Dice algo mucho más inquietante:

“Tengo sed.” (Juan 19,28)

Y lo dice sabiendo exactamente lo que está haciendo.

El Evangelio lo deja claro:

“para que se cumpliera la Escritura.”

No es debilidad.

No es casualidad.

Es decisión.

Siglos antes, alguien ya lo había escrito:

“En mi sed me dieron a beber vinagre.” (Salmo 69,22)

Y en ese instante…

la historia alcanza su punto exacto.

Un soldado levanta una esponja,
la empapa en vinagre
y la acerca a su boca.

No hay error.

No hay improvisación.

Todo está ocurriendo… como estaba previsto.

Pero lo que nadie estaba preparado para entender
no era la escena…

era lo que significaba.

Porque el hombre siempre imaginó a Dios lejos.

Intocable.
Imperturbable.
Incapaz de sentir.

Un Dios que observa… pero no entra.
Que permite… pero no padece.

Y de pronto…

en una colina olvidada del mundo…

todo eso se rompe.

El Dios que creó el agua… tiene sed.

No es símbolo.

No es metáfora.

Es real.

El que sostiene cada latido del universo
ahora lucha por respirar.

El que dio forma al cuerpo humano
ahora experimenta su límite.

El infinito…
reducido a la necesidad más básica.

Sed.

Y aquí, justo aquí….. es donde todo se rompe

Porque Dios no salvó al mundo con poder.

No descendió con ejércitos.

No impuso su gloria.

Eligió algo mucho más radical:

experimentar lo que tú experimentas.

Dolor.
Abandono.
Fragilidad.
Sed.

Hasta el fondo.

Sin atajos.

Sin anestesia.

Por eso esa frase no es pequeña.

Es brutal.

Es la evidencia de que Dios no jugó a ser hombre…

se hizo hombre de verdad.

Pero si te quedas ahí… te perdiste lo más fuerte.

Porque esa sed…

no era solo física.

Era una sed que sigue abierta.

Sed de cada alma que se le escapa.
Sed de cada vida que lo ignora.
Sed de cada corazón que lo sustituye por todo… menos por Él.

Desde la cruz…

Dios no solo estaba muriendo.

Estaba buscando.

Buscándote. Buscándome.

Y lo más incómodo de todo…

es que esa sed no ha terminado.

Sigue ahí.

Ahora.

Mientras lees esto.

Porque la sed de Dios por el hombre
es más profunda que la sed del hombre por Dios.

Y entonces…

la pregunta deja de ser teórica.

Se vuelve personal.

Se vuelve urgente.

Se vuelve inevitable:

¿Vas a seguir ignorando la sed de Dios…
o vas a hacer algo con ella?

Porque lo que ocurrió hace siglos… no terminó en la cruz.

Sigue pasando.

Sigue buscando.

Sigue esperando.

– Antoine Abraham

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