Antoine Abraham

EL DÍA QUE YO DECIDA LEVANTARME

A veces el problema no es que no podamos levantarnos… sino que llevamos demasiado tiempo esperando que alguien nos levante.

 

SERIE: ECOS QUE TRASCIENDEN: 

 

El paralítico de Betesda (Juan 5). Jesús va a la piscina de Betesda en Jerusalén, donde yacían cientos de enfermos que esperaban el movimiento del agua, y el primero en entrar quedaba sano.

Había allí un hombre desde hacía 38 años enfermo.

Jesús lo ve y le pregunta:

¿Quieres quedar sano?

El hombre responde:

«Señor, no tengo quien me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo».

Jesús le dijo:

«Levántate, toma tu camilla y anda».

Y al instante el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

¿LA TRAGEDIA?

No.

La tragedia no era la parálisis.

La tragedia era saber exactamente dónde estaba la solución… y aun así no avanzar.

Treinta y ocho años ahí.

No perdido.
No confundido.
No ignorante.

Solamente ahí.

En el lugar correcto.
Con la información correcta.
Con la esperanza frente a los ojos.

Pero sin moverse.

¿EL VERDADERO PELIGRO?

Acostumbrarse.

Es más peligroso que no conocer a Dios.

Porque cuando no sabes… buscas.

Pero cuando sabes… y no haces nada, te acostumbras.

Te acostumbras a no orar… sabiendo cómo se ora.
Te acostumbras a no ir… sabiendo dónde deberías estar.

Ese hombre conocía el camino y sabía qué hacer…

Pero simplemente no avanzaba.

Y poco a poco dejó de intentarlo.

Y entonces llega Jesús.

La solución no estaba en el estanque.

Estaba parada frente a él.

Jesús no le da un discurso.
No le explica el milagro.

Solo le hace una pregunta:

“¿Quieres ser sano?”

Y EL PELIGRO ESTÁ AQUÍ

Porque el hombre no dijo “sí”.

Dijo:

“No tengo quien me meta…”

Respondió con una excusa.

Una excusa que había repetido tantas veces que ya sonaba como verdad.

Hoy sonaría así:

“No tengo quien me ayude…”
“En la iglesia me fallaron…”
“Tengo mucho que hacer…”
“Ya no siento lo mismo…”
“Ya estamos en otra realidad…”
“La Iglesia no se actualiza”.

¿Puede ser real?

No importa.

Sigue siendo una excusa.

Porque la pregunta no era:

“¿Quién te ayuda?”

La pregunta era:

“¿Quieres?”

Y hay personas hoy que no han regresado, no porque no puedan… sino porque se han acostumbrado a explicar por qué no pueden.

Y Jesús no discute con su excusa.

No le da terapia.
No le dice: “Pobrecito, tienes razón”.

Le dice:

“Levántate.”

Porque el Evangelio no negocia con la parálisis.

La confronta.

“Levántate.”

Aunque no sientas.
Aunque no tengas ganas.
Aunque nadie te acompañe.

“Toma tu lecho.”

Carga eso que usaste como excusa.
Eso que te definía.
Eso que repetías.

“Y anda.”

Camina de vuelta.

Muévete hacia Dios otra vez.

Y en ese momento… serás sano.

No fue cuando el agua se movió.

No cuando alguien lo ayudó.

No cuando todo fue perfecto.

Fue sano cuando obedeció.

Y LO QUE NOS ROMPE:

Puedes pasar años cerca de lo sagrado… y aun así estar lejos de Dios.

Puedes estar en el lugar correcto… con la vida detenida.

Puedes conocer el camino… y no caminarlo.

LO MÁS DURO:

Con el tiempo, la distancia deja de doler.

Y cuando ya no duele… te quedas ahí.

Pero hoy la voz sigue siendo la misma.

No se cansa.
No se ha olvidado de ti.

Sigue preguntando:

“¿Quieres?”

No:

“¿Tienes ayuda?”
“¿Te visitaron?”
“¿Todo es perfecto?”

La pregunta es:

¿Quieres?

Porque el día que te levantes, no solo recuperarás tus piernas…

Recuperarás tu decisión.

Jesús te está pidiendo que te levantes.

Que des el primer paso.

Aunque sea temblando.
Despacio.
Llorando.

Porque el mayor peligro no es caer.

El mayor peligro es acostumbrarte a no levantarte.

“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.”
Antoine Abraham

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