Antoine Abraham

El aceite que nadie puede prestarnos

ECOS QUE TRASCIENDEN

Mateo 25, 1-13 Hay puertas que no se cierran porque alguien quiera dejarnos fuera. Se cierran porque pasamos demasiado tiempo creyendo que siempre habría otra oportunidad.

Hace dos mil años, una boda judía era mucho más que una ceremonia.

Era una celebración que podía prolongarse durante varios días. Había música, comida, familiares y amigos. Y uno de los momentos más esperados era la llegada del esposo, a quien recibían para acompañarlo a la celebración.

Cuando caía la noche, las lámparas iluminaban el camino del cortejo.

Y es precisamente en ese ambiente de alegría y esperanza donde Jesús cuenta una de sus parábolas más desconcertantes.

Diez jóvenes esperan al esposo.

Las diez llevan lámparas.

Las diez saben que llegará.

Y hay un detalle que siempre me ha llamado la atención: las diez se quedan dormidas.

Jesús no les reprocha el cansancio. Después de todo, somos humanos. Nos cansamos, nos distraemos y hay temporadas en las que apenas encontramos fuerzas para continuar.

La diferencia estaba en algo aparentemente insignificante.

Cinco habían llevado aceite suficiente.

Las otras cinco, no.

A medianoche, cuando alguien anuncia que el esposo está llegando, comienza la desesperación.

Las jóvenes que no llevaron suficiente aceite piden un poco a sus compañeras.

Pero ellas se niegan.

¿No resulta extraño?

Jesús, que tantas veces nos enseñó a compartir, parece presentarnos ahora a cinco mujeres que se niegan a ayudar.

Durante mucho tiempo me pregunté por qué.

San Agustín encontró en ese aceite una imagen del amor que se demuestra con las obras. Un amor que no basta con llevar en los labios, sino que necesita hacerse vida.

Y hoy me gusta pensar que quizá ese aceite representa precisamente aquello que nadie puede vivir por nosotros.

Podemos compartir nuestro pan, nuestro dinero, nuestro tiempo.

Pero no podemos prestar una vida que no hemos vivido.

No podemos regalarle a alguien los años que dejamos pasar sin amar.

Ni entregarle, en el último instante, la confianza que nunca cultivamos, el perdón que siempre pospusimos o la fe que dejamos apagarse lentamente.

Porque hay cosas que solamente se construyen viviendo, día tras día, incluso cuando nadie nos está mirando.

Y entonces llega la parte que más me duele de esta parábola.

Las cinco jóvenes regresan, encuentran la puerta cerrada y suplican:

“Señor, señor, ábrenos”.

Pero reciben una respuesta terrible:

“No las conozco”.

Siempre me ha parecido una de las frases más tristes del Evangelio.

No creo que Jesús esté describiendo a un Dios que disfruta dejando gente afuera.

Creo que nos está recordando algo que muchas veces preferimos olvidar: no basta con saber que alguien existe para poder decir que verdaderamente lo conocemos.

Podemos pasar años hablando de Dios sin dedicarle un momento de nuestra vida.

Podemos conocer sus palabras y olvidarnos de vivirlas.

Podemos esperar encontrarnos con Él algún día, mientras dejamos pasar todas las oportunidades de encontrarlo hoy.

Y pienso en cuántas veces hacemos exactamente eso.

Decimos que amamos a Jesús, pero pasamos de largo frente a quien necesita nuestra ayuda.

Le pedimos que escuche nuestras oraciones, pero nosotros apenas encontramos tiempo para escucharlo.

Le pedimos perdón por nuestros errores, mientras seguimos negándoselo a quienes nos han lastimado.

Decimos que queremos seguir sus pasos, pero muchas veces elegimos el camino más cómodo, aunque sepamos que no es el correcto.

Y quizá lo más triste sea que seguimos esperando una gran señal de su presencia, mientras Él se nos presenta todos los días en las personas que necesitan un poco de nuestro amor.

Y así se nos van los años.

Con las lámparas en las manos, pero sin preocuparnos demasiado por el aceite.

Quizá lo más triste de esta parábola no sea que cinco jóvenes se quedaron fuera.

Quizá sea que las cinco habían salido de casa convencidas de que entrarían.

Porque una cosa es esperar a alguien.

Y otra muy distinta es vivir preparados para recibirlo.

Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en todas las veces que creí que todavía tenía tiempo.

Tiempo para abrazar.

Tiempo para pedir perdón.

Tiempo para decir «te quiero».

Tiempo para regresar a Dios.

Y pienso también en quienes descubrimos demasiado tarde que algunas oportunidades ya no regresan.

No sé cuándo llegará mi medianoche.

No sé cuánto aceite queda en mi lámpara.

Pero sí sé algo.

No quisiera llegar al final de mi vida con las manos llenas de cosas que conseguí y el corazón vacío de todo aquello que olvidé cuidar.

Porque tal vez la verdadera tragedia no sea que un día se cierre la puerta.

Sino descubrir que pasamos toda la vida esperando a Dios, mientras Él llevaba años esperando que le abriéramos nosotros.

— Antoine Abraham

P.D. Una curiosidad del Evangelio: En la parábola, el esposo llega a medianoche. En la tradición bíblica, la noche representa frecuentemente la incertidumbre y la espera. Jesús no nos pide conocer la hora de su llegada. Nos invita a mantener viva la luz, incluso cuando todavía no podemos ver el amanecer.

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2 comentarios en “El aceite que nadie puede prestarnos”

  1. Preciosa reflexión Antoine!
    Mi parte favorita:

    Podemos pasar años hablando de Dios sin dedicarle un momento de nuestra vida.

    Podemos conocer sus palabras y olvidarnos de vivirlas.

    Podemos esperar encontrarnos con Él algún día, mientras dejamos pasar todas las oportunidades de encontrarlo hoy.

    Seguro en cada corazón resuena algo distinto pero pero que importante es vivir en el encuentro con el Señor cada día de nuestra vida, cada momento.

    Que Dios nuestro Señor nos enseñe a amar más y mejor cada día.

    Un abrazo!

  2. Antoine gracias mil por esta reflexión.Definitivamente entristece saber de las cinco jóvenes que les cierran la puerta,pero me entristece mas ser una de ellas por no reconocer las llamadas del Señor,por posponer ayudar al necesitado y por tantas pospuestas más porque pensamos que tenemos mucho tiempo por delante.
    Gracias por ayudarnos a reflexionar sobre nuestros actos diarios.

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