Antoine Abraham

Los santos que nadie puso en un altar

ECOS QUE TRASCIENDEN

¿Y si hemos entendido mal la felicidad?

Mateo 5, 1-12 | Solemnidad de Todos los Santos

Un día, Jesús subió a un monte, se sentó frente a sus discípulos y comenzó a hablar de la felicidad.

Pero no dijo lo que cualquiera de nosotros habría esperado.

No llamó felices a los ricos, a los poderosos, a quienes nunca habían enfermado ni a quienes parecían tener la vida resuelta.

Dijo algo mucho más extraño.

Felices los que lloran.

Felices los que tienen hambre de justicia.

Felices los perseguidos.

¿Cómo puede llamar feliz a alguien que está sufriendo?

Porque Jesús no está diciendo que el sufrimiento sea bueno ni que debamos buscarlo. Está revelando que nuestra dignidad, nuestra esperanza y nuestra posibilidad de alcanzar la plenitud no desaparecen cuando la vida deja de sonreírnos.

Jesús no estaba glorificando el sufrimiento. Estaba enseñándonos que la felicidad verdadera no depende exclusivamente de las circunstancias que nos rodean.

Porque podemos tenerlo todo y sentirnos profundamente vacíos. Y podemos haber perdido mucho sin perder aquello que da sentido a nuestra existencia.

Pensemos un momento en nuestra propia vida.

¿Cuántas veces hemos pospuesto nuestra felicidad?

Seré feliz cuando termine de pagar la casa. Cuando mis hijos crezcan. Cuando me jubile. Cuando desaparezca esta preocupación. Cuando recupere la salud.

Y así vamos colocando la felicidad siempre un poco más adelante, como si fuera una estación a la que algún día llegaremos.

Hasta que una mañana descubrimos que hemos pasado buena parte de nuestra vida esperando.

Las bienaventuranzas nos invitan a mirar de otra manera.

No nos prometen una existencia sin lágrimas. Nos recuerdan que incluso nuestras lágrimas pueden encontrar consuelo, que la misericordia tiene más valor que la venganza y que un corazón limpio puede descubrir a Dios donde otros solamente ven cosas ordinarias.

Y quizá por eso la Iglesia eligió este Evangelio para celebrar, cada 1 de noviembre, a Todos los Santos.

Porque también hemos entendido mal la santidad.

Durante siglos hemos contemplado imágenes de hombres y mujeres con aureolas, rostros serenos y miradas dirigidas al cielo. Y sin darnos cuenta, hemos terminado pensando que los santos fueron personas extraordinarias, casi incapaces de equivocarse.

Pero muchos tuvieron miedo. Algunos dudaron. Otros cometieron errores que les costó toda una vida reparar.

La santidad no significa haber vivido sin heridas.

Significa haber aprendido a amar a pesar de ellas.

Y aquí quisiera detenerme un momento.

Porque cuando hablamos de santos, casi siempre pensamos en personas que vivieron hace cientos de años.

Pero ¿y si algunos estuvieron mucho más cerca de nosotros?

Tal vez fue aquella madre que se levantaba antes que todos y se acostaba después de todos, sin que nadie le agradeciera demasiado.

O aquel padre que llegaba cansado del trabajo, pero todavía encontraba fuerzas para preguntar cómo nos había ido.

Quizá fue una abuela que rezaba en silencio por cada uno de sus nietos, incluso por aquellos que hacía tiempo no la visitaban.

O esa persona que nos perdonó algo que nosotros mismos todavía no conseguimos perdonarnos.

No sabemos quiénes de ellos alcanzaron la santidad. Eso le corresponde a Dios.

Pero sí sabemos que algunas personas nos enseñaron a amar sin necesidad de explicarnos cómo hacerlo.

Y ahora que muchos ya no están, comenzamos a comprender cosas que antes nos parecían insignificantes.

Aquellas manos que nos cuidaron. Aquella voz que nos tranquilizaba.

Tal vez nunca tuvieron una aureola, ni una estatua, ni un día señalado en el calendario.

Pero dejaron una huella que el tiempo no ha conseguido borrar.

Este 1 de noviembre, cuando escuchemos nuevamente las bienaventuranzas, quizá valga la pena recordar que Jesús no nos pidió ser admirados, sino aprender a amar.

Y tal vez, mientras recordamos a quienes se nos adelantaron, descubramos algo que debimos haber comprendido mucho antes:

Que quizá tuvimos un santo sentado a nuestra mesa, compartimos con él cientos de desayunos, escuchamos su voz durante años… y nunca nos dimos cuenta.

Porque tal vez la santidad no consista en llegar al cielo sin haber caído nunca, sino en haber pasado por la tierra dejando un poco de cielo en la vida de alguien más.

P.D.

La palabra bienaventurado significa «dichoso» o «feliz». En el texto griego del Evangelio aparece makários, que expresa una felicidad más profunda que la simple alegría pasajera. En el contexto bíblico, es la dicha de quien vive bajo la bendición de Dios, incluso cuando atraviesa dificultades.

Por eso Jesús no dice que sean felices porque lloran, sino que son bienaventurados porque sus lágrimas no tendrán la última palabra.

Las bienaventuranzas no son ocho maneras de sufrir, sino ocho caminos para descubrir que la verdadera felicidad no siempre se parece a lo que el mundo llama felicidad.

Antoine Abraham

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6 comentarios en “Los santos que nadie puso en un altar”

  1. Katinka Rivas

    Cómo cada vez qué te leo, Antoine, me quedo agradecida del enfoque qué le das a tús escritos y qué me dan mucha luz, gracias

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Katinka, gracias. Saber que mis reflexiones te dejan algo para pensar y, sobre todo, algo para llevar al corazón, es el mejor regalo que puedo recibir. Gracias por acompañarme en este camino. Espero que sigamos compartiendo muchas reflexiones más.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Carmen, qué bonito saber que estas palabras encuentran un lugar en tu corazón. A veces, lo único que necesitamos es detenernos un momento, leer algo que nos haga reflexionar y recordar que no estamos solos. Gracias por acompañarme en este espacio.

  2. Ana Maria Diez Lozano

    Dices bien querido Antoine. Tantos que han pasado por nuestra vida dejando un poco de cielo en ella….
    Gracias por tan hermosa reflexión.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias, Ana María. Creo que todos llevamos en el corazón a personas que, sin saberlo, nos regalaron un pedacito de cielo mientras estuvieron a nuestro lado. Y qué hermoso sería que algún día alguien también nos recordara así.

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