ECOS QUE TRASCIENDEN
Desde pequeño he intentado imaginarme el cielo. A veces entre nubes, otras con enormes palacios, grandes mesas llenas de comida y una fiesta interminable.
Ya de adulto, quizá con calles de oro, jardines maravillosos y mansiones donde finalmente tendremos todo aquello que nunca pudimos conseguir en la tierra.
Pero ¿y si Jesús nos hubiera prometido algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, infinitamente más hermoso?
Hay unas palabras suyas que hemos escuchado muchas veces:
«En la casa de mi Padre hay muchas mansiones […] voy a prepararles un lugar y cuando haya ido y preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis uds también» (Jn 14,2-3).
Para comprenderlas, regresemos a Jerusalén, a la noche de la Última Cena.
Jesús acaba de anunciar a sus discípulos que pronto tendrá que marcharse. Aquellos hombres que habían dejado todo para seguirlo están confundidos y tienen miedo.
Pero aquí aparece el detalle que cambia todo:
El Evangelio de Juan fue escrito en griego, y la palabra utilizada para «moradas» es monai, plural de moné, que significa lugar donde habitar o permanecer adjunto. No un palacio o una mansión independiente.
En las viviendas familiares judías de aquella época, cuando un hijo se casaba, solían preparar una habitación adicional, un anexo conectado a la casa paterna, donde comenzaría su vida matrimonial.
El hijo no se marchaba lejos de su padre. Preparaba un lugar para recibir a su esposa dentro de aquella familia.
En el judaísmo antiguo, el matrimonio comprendía una etapa de compromiso formal, llamada erusin o kiddushin, y otra en la que los esposos comenzaban su vida juntos.
El joven acudía a la casa de su prometida, donde se formalizaba el compromiso. Según esta interpretación, ofrecía una copa de vino a la mujer como señal de alianza.
Si ella aceptaba la copa, expresaba su consentimiento. Pero en este punto, aún no se iban a vivir juntos.
Después, el novio pronunciaba unas palabras que estas reconstrucciones presentan así:
«Voy a preparar un lugar para ti».
Entonces regresaba a la casa de su padre, donde preparaba una habitación para recibir a su futura esposa, que normalmente tomaba meses o hasta 1 año.
Según esta misma tradición interpretativa, el padre del novio supervisaba los preparativos y, cuando consideraba que todo estaba listo, autorizaba a su hijo a regresar por ella.
De ahí surge una comparación con las palabras de Jesús:
«En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce […] sino solo el Padre» (Mt 24,36).
Ahora volvamos a la Última Cena.
Jesús toma una copa de vino y dice:
«Esta copa es la nueva alianza en mi sangre» (Lc 22,20).
Después les anuncia:
«Voy a prepararles un lugar».
Y finalmente promete:
«Volveré y los llevaré conmigo, para que donde esté yo, estén también ustedes» (Jn 14,3).
¿Te das cuenta de la belleza de esta comparación?
La copa de la alianza.
La promesa de preparar un lugar.
La espera.
Y el regreso para estar juntos.
En el Nuevo Testamento, Cristo aparece representado como el Esposo y la Iglesia como su esposa.
Y entonces aquella despedida adquiere un significado profundamente amoroso.
No se trata solamente de alguien que se marcha.
Se trata de alguien que promete regresar por aquellos a quienes ama.
Cuando éramos niños, poco importaba si nuestra casa era grande o pequeña, si los muebles eran caros o si las paredes estaban perfectamente pintadas.
Lo importante era llegar y encontrar a nuestros padres.
Escuchar sus voces.
Saber que alguien nos esperaba.
Porque una casa puede estar llena de lujos y sentirse terriblemente vacía.
Y una habitación humilde puede convertirse en el lugar más hermoso del mundo cuando está llena de amor.
Tal vez hemos pasado demasiado tiempo imaginando cómo será nuestra casa en el cielo y demasiado poco pensando en quién nos estará esperando.
Quizá Jesús no nos prometió una mansión junto a la suya, sino algo infinitamente más hermoso: que algún día volveremos a casa, y Él estará allí para recibirnos.
“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”.
— Antoine Abraham
PD. Con los años he descubierto que hay casas a las que daría cualquier cosa por regresar. No por sus paredes ni por sus muebles, sino porque allí había personas que hoy extraño. Quizá el cielo sea precisamente eso: volver a entrar y encontrarlas esperándonos.
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