Antoine Abraham

Una fiesta para los olvidados

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay una parábola de Jesús que me resulta un poco difícil de comprender.

La del rey que organiza la boda de su hijo (Mt 22,1-10).

Porque comienza como una celebración y termina con muertos, una ciudad incendiada y un rey enfurecido.

Confieso que, leída rápidamente, parece más una historia de venganza que una enseñanza sobre el Reino de Dios.

Y por más vueltas que le doy, sigo encontrando difícil esa reacción tan violenta.

Pero esta vez quise detenerme en algo que antes no había considerado.

La boda estaba preparada antes de que llegaran los invitados.

El rey ya había dispuesto el banquete.

La comida estaba lista.

Las mesas esperaban.

Nadie tenía que pagar la entrada, demostrar sus méritos ni llevar un regalo extraordinario.

Solamente tenían que acudir.

Y, sin embargo, los invitados comenzaron a disculparse.

Uno tenía que atender su campo.

Otro, sus negocios.

Otros reaccionaron violentamente contra los mensajeros.

Ninguno de los primeros invitados dijo que el banquete fuera malo. Simplemente tenían cosas más importantes que hacer.

Y aquí es donde comienzo a sentirme un poco identificado.

Porque me pregunto cuántas veces he hecho exactamente lo mismo.

No es que rechace la invitación de Dios a su fiesta.

No es que no quiera sentarme a su mesa.

No es que haya dejado de creer.

Ni que quiera apartarlo de mi vida.

Simplemente, a veces estoy demasiado ocupado.

Hay que trabajar.

Hay que pagar cuentas.

Hay compromisos.

Hay asuntos pendientes.

Y cuando me doy cuenta, he vuelto a dejar para después aquello que digo considerar lo más importante.

Pero la parábola todavía me tenía reservada otra sorpresa.

El rey, después de aquella terrible reacción contra sus mensajeros y del juicio que describe Jesús con imágenes durísimas, toma una decisión que no esperaba.

No cancela la boda.

Manda abrir las puertas.

Y ordena buscar invitados en los caminos.

A todos.

Mateo tiene el cuidado de precisar algo que parece casi un error de redacción:

«Reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos».

¿Malos y buenos?

Acá tuve que hacer un alto.

¿No se suponía que el Reino de Dios era para los buenos?

Pues resulta que aquellos desconocidos, que probablemente nunca habrían recibido una invitación a semejante celebración, terminaron sentados a la mesa del rey.

Y debo reconocer que esto me hace cuestionar mi propia manera de ver a los demás.

Porque cuando pienso en las reuniones que organizo, descubro que mi lista de invitados suele ser bastante más selectiva.

Invito a quienes quiero.

A quienes me agradan.

A quienes pertenecen a mi círculo.

A quienes considero que encajan en mi mesa.

Y aunque no siempre me guste admitirlo, seguramente alguna vez he dejado fuera a alguien porque pensé que no «cabía».

Pero Dios parece tener una extraña costumbre: salir a buscar precisamente a quienes nadie había pensado invitar.

Y así, poco a poco, comienzo a entender mejor la parábola.

Porque quizá no se trata solamente de preguntarme si he aceptado la invitación.

También tendría que preguntarme cuántas veces me he comportado como el encargado de decidir quién merece sentarse a la mesa.

Cuántas veces he considerado a alguien demasiado pecador, demasiado diferente o demasiado alejado para tener un lugar cerca de Dios.

Y lo más difícil es reconocer que, en ocasiones, puedo hacerlo creyendo que estoy defendiendo lo correcto.

Jesús me deja una imagen que no consigo quitarme de la cabeza.

Un salón lleno de personas que nunca imaginaron estar allí.

Personas a las que probablemente nadie había tomado en cuenta.

Y mientras intento imaginar aquella mesa, me pregunto si yo habría invitado a todos los que terminaron sentados en ella.

No estoy tan seguro.

Quizá esa sea una de las grandes sorpresas del Reino de Dios.

Que algunos de los que estaban seguros de tener su lugar reservado decidieron no acudir.

Y otros, que jamás se habrían atrevido a pedir una invitación, terminaron sentados a la mesa.

Porque una cosa es creer que conocemos a Dios.

Y otra muy distinta es aceptar que Dios también quiera sentar a nuestro lado a quienes nosotros habríamos dejado fuera.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

Antoine Abraham

PD: UNA CURIOSIDAD HISTÓRICA

La parábola no termina donde suele terminar esta lectura. En Mateo 22,11-14, Jesús cuenta que el rey encontró entre los invitados a un hombre que no llevaba traje de boda. Le preguntó cómo había entrado así y, ante su silencio, ordenó expulsarlo.

A primera vista parece injusto. ¿Cómo exigirle ropa apropiada a alguien que acababan de recoger por el camino?

En el mundo antiguo, las bodas eran celebraciones importantes y se esperaba que los invitados acudieran vestidos de manera apropiada. Sin embargo, el Evangelio no dice que el rey les hubiera proporcionado vestiduras, como a veces se afirma.

En la interpretación cristiana, aquel vestido representa algo más profundo que la ropa: la disposición interior de quien acepta la invitación y la vida nueva que debe acompañarla.

Dios no exige que seamos perfectos para invitarnos a su mesa. Pero aceptar su invitación tampoco significa que podamos seguir viviendo exactamente igual.

Una cosa es que la puerta esté abierta para todos. Y otra es creer que entrar no debería cambiarnos en nada.

P.D. 2. UNA CIUDAD EN LLAMAS

Hay un detalle histórico que puede ayudarnos a comprender la dureza de esta parábola.

En el año 70 d. C., las legiones romanas, bajo el mando de Tito, destruyeron Jerusalén y su Templo (solo quedaría de pie el famoso muro de los lamentos actual).

En el lenguaje de los profetas, la destrucción de una ciudad podía utilizarse como imagen del juicio divino.

Pero conviene distinguir algo: Jesús no está dando una orden de matar a quienes rechazan a Dios (El Rey que organiza la fiesta). Está contando una parábola sobre la gravedad del rechazo de sus mensajeros (los profetas) y sus consecuencias, no estableciendo un procedimiento sobre cómo tratar a quienes no creen.

Y hay algo que me llama especialmente la atención.

Después de aquella terrible escena, el rey no cancela la celebración.

La historia no termina con un salón vacío. Termina con una invitación que se extiende a todos.

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4 comentarios en “Una fiesta para los olvidados”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Estimada María de Lourdes:

      Muchas gracias por sus palabras. Me alegra que esta reflexión le haya permitido descubrir otra perspectiva de la parábola. El Evangelio siempre tiene algo nuevo que enseñarnos, por muchas veces que lo hayamos leído.

      ¡Le mando un abrazo y gracias por acompañarme en estas reflexiones!

  1. Estimado señor Antoine Abraham: esta Parábola siempre me ha llamado la atención. incluso he llegado a ser cuestionado por mi esposa acerca de ¿por qué un Dios que es toda bondad y cuyo hijo amado enseña el amor a Dios y al prójimo, puede castigar a sus creaturas. Confieso que muchas veces me he quedado callado ante la lógica de mi mujer. Pero eso nunca me ha afectado porque creo en un Dios de bondad y procuramos practicarla.
    Pero su reflexión me ha abierto una visión diferente: siempre me he cuestionado por qué el Rey no pudo comprender que hay gente que no tiene para comprarse un vestido de bodas y no le dió uno de los suyos. Su reflexión, din ser exégesis, me dió la respuesta, al trasladar la Parábola al ámbito de la salvación. cada uno es responsable de su propia salvación. Allí entro el Libre Albedrío, que es otro tema a reflexionar.
    Gracias.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Estimado Alfredo:

      Muchas gracias por tomarse el tiempo de leer y, sobre todo, por compartir una reflexión tan interesante. Me alegra que el texto le haya permitido mirar la parábola desde otra perspectiva.

      Respecto a lo que comenta sobre cómo un Dios que es amor puede castigar a sus criaturas, creo que vale la pena distinguir entre el castigo que nosotros imaginamos y las consecuencias de nuestras propias decisiones.

      En la parábola del banquete de bodas (Mt 22,1-14), el rey invita, pero no obliga. La invitación es gratuita, está abierta incluso a quienes originalmente no habían sido considerados, pero también exige una respuesta. El vestido de bodas no debe entenderse simplemente como una prenda que alguien no pudo comprar. Simboliza la disposición interior de quien acepta la invitación y la coherencia entre esa aceptación y su manera de vivir.

      Por eso, más que imaginar a un Dios que busca motivos para castigarnos, podemos entender la parábola como una advertencia sobre nuestra libertad. Dios ofrece su amor, pero no nos obliga a corresponderle. Y esa libertad también implica la posibilidad de rechazarlo.

      Desde la teología católica, la condenación definitiva no se entiende como un capricho de Dios, sino como la consecuencia de una separación libre y definitiva de Él. Esto no elimina la seriedad del juicio divino, pero nos ayuda a comprenderlo desde la justicia y el amor, no desde la arbitrariedad.

      Y coincido con usted: aquí aparece un tema maravilloso para otra reflexión, el libre albedrío.

      Por cierto, quiero comentarle algo: escribe usted muy bien. Tiene una forma clara, respetuosa y profunda de expresar sus ideas. Si algún día se anima a escribir alguna reflexión, me daría mucho gusto leerla. Tengo una sección dedicada a autores invitados y sería un verdadero placer publicar alguna colaboración suya.

      Gracias nuevamente por enriquecer este espacio. Al final, una de las cosas más valiosas de escribir es descubrir que una reflexión puede dar origen a muchas otras.

      Le mando un abrazo.

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