Antoine Abraham

El día que dejemos de decidir

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Durante años imaginamos que las máquinas dominarían el mundo.

Robots.
Ejércitos.
Computadoras tomando el control.

Una inteligencia artificial que un día despertaría y decidiría que los seres humanos ya no somos necesarios.

Pero últimamente pienso que quizá nos equivocamos de película.

Tal vez la inteligencia artificial nunca tenga que conquistarnos.

Tal vez baste con que nosotros, poco a poco, le entreguemos el control.

Y lo más extraño es que probablemente ni siquiera nos demos cuenta.

Empezará con cosas pequeñas.

¿Qué película veo?
¿Qué restaurante elijo?
¿Qué ruta tomo?
¿Qué compro?
¿Qué escribo?

Nada grave.

Al contrario. Será cómodo.

Después vendrán preguntas un poco más importantes.

¿Qué carrera estudio?
¿A quién contrato?
¿Cómo educo a mis hijos?
¿Qué decisión financiera tomo?
¿Qué debo pensar sobre esto?
¿Quién tiene razón?

Y quizá un día, casi sin notarlo, lleguemos a hacer una pregunta mucho más profunda:

¿Qué debo hacer con mi vida?

No porque la inteligencia artificial sea malvada.

Ese es precisamente el punto.

Una máquina no necesita odiarme para terminar decidiendo por mí.

Solo necesita convertirse en alguien a quien consulte tanto… que llegue un momento en que confíe más en su respuesta que en mi propio juicio.

Y eso sí me hace pensar.

Porque durante toda mi vida me he equivocado.

He tomado buenas decisiones y también algunas que, si pudiera regresar el tiempo, probablemente tomaría de otra manera.

He dudado.

He tenido miedo.

He elegido sin saber exactamente qué iba a pasar.

Pero incluso mis errores han formado parte de mi historia.

Porque vivir no consiste únicamente en acertar.

También consiste en aprender a elegir, asumir las consecuencias, levantarse cuando uno se equivoca y descubrir, poco a poco, quién se quiere llegar a ser.

Y quizá ahí está el punto que no deberíamos perder de vista.

Construimos herramientas para ahorrarnos esfuerzo.

La calculadora nos evitó algunas cuentas.

El GPS nos evitó perdernos.

Los buscadores nos ayudaron a encontrar información.

Ahora la inteligencia artificial puede ayudarnos incluso a pensar.

Extraordinario.

Pero existe una frontera que deberíamos cuidar:

una cosa es utilizar una herramienta para pensar mejor y otra muy distinta utilizarla para no tener que pensar.

Porque cada vez que entregamos una decisión importante también corremos el riesgo de dejar de ejercitar algo profundamente humano:

el juicio.

La prudencia.

La responsabilidad.

La libertad.

Y quizá también algo todavía más íntimo:

la conciencia.

Porque llegará un momento en nuestra vida en el que ninguna pantalla podrá asumir las consecuencias de nuestras decisiones.

Ningún algoritmo podrá arrepentirse por nosotros.

Ninguna máquina podrá mirar a nuestros hijos y decirles por qué elegimos lo que elegimos.

Ninguna inteligencia artificial podrá cargar con nuestra historia.

Esa seguirá siendo nuestra.

Quizá, entonces, el verdadero peligro de la inteligencia artificial no sea que algún día tenga voluntad propia.

Quizá sea que nosotros dejemos de utilizar la nuestra.

Porque entonces no harán falta robots patrullando las calles.

Ni máquinas tomando gobiernos.

Ni una computadora anunciando que ha conquistado el planeta.

Bastará algo mucho más silencioso.

Que un día, frente a una decisión importante, dejemos de preguntarnos:

“¿Qué debo hacer?”

y empecemos simplemente a preguntar:

“¿Cuál es la mejor decisión?”

Y aceptemos la respuesta.

Porque al final, cada decisión verdaderamente importante deja una huella.

No solamente cambia lo que hacemos.

También va construyendo lo que somos.

La conciencia no crea la verdad… la descubre.

Antoine Abraham

P.D.  La inteligencia artificial podrá darnos miles de respuestas.

Podrá explicarnos qué es el amor, pero nunca sabrá qué se siente encontrar al amor de tu vida.

Podrá explicarnos el duelo, pero nunca sentirá el vacío que deja alguien que ya no está.

Podrá describir la alegría de tener un hijo, pero nunca entenderá lo que significa sostenerlo por primera vez entre los brazos.

Podrá escribir sobre el miedo, pero nunca tendrá que cerrar los ojos y dar un paso sin saber qué vendrá después.

Y quizá pueda decirnos cuál parece ser la mejor decisión.

Pero nunca tendrá que vivir con ella.

Porque hay algo que ninguna inteligencia artificial podrá hacer por nosotros:

vivir nuestra vida.

Y precisamente por eso, tampoco deberíamos permitirle que termine decidiéndola.

 

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3 comentarios en “El día que dejemos de decidir”

  1. Estimado señor Abraham
    He seguido con interés los artículos que publica desde que hace unos meses, leí uno en el Diario de Yucatán, que me interesó mucho.
    Le confieso que son pocos los artículos del Diario que me interesan. Algunos artículos editoriales, contadas noticias locales y de la sección Imagen. De la sección internacional y nacional, recibo resúmenes de CNN y Verity.
    De lo que quiero comentarle hoy es de que creo que esta usted obviando una tercera película: la de los que entendemos la inteligencia artificial, no como un medio de diversión ni como un sustituto de nuestro pensamiento y menos de nuestra conciencia. Más bien la vemos como un colaborador con determinado grado de eficacia cuando nuestra propia mente necesita corroborar cierta información que cae fuera del alcance de nuestro conocimiento, dada la inmensa cantidad de conocimiento que se produce diariamente m
    Disculpe tanta palabrería, pero algunos creemos que Jano, en icasy, tiene más de dos caras. si tiene alguna duda, mi correo electrónico,va adjunto.
    Gracias.

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Estimado Alfredo:
      Muchas gracias por tomarse el tiempo de escribir y, sobre todo, por aportar esta tercera perspectiva.

      Coincido con usted: la inteligencia artificial puede ser una extraordinaria colaboradora para ampliar nuestro conocimiento, contrastar información y acercarnos a temas que quedan fuera de nuestra experiencia o formación.
      Y tiene razón: quizá Jano tenga hoy más de dos caras.

      Precisamente por eso creo que la distinción importante no está entre usar o no usar la inteligencia artificial. El problema no comienza cuando recurrimos a ella para ayudarnos a pensar, sino cuando dejamos que piense en lugar de nosotros.

      Puede ofrecernos datos, mostrarnos alternativas, cuestionar nuestras ideas e incluso ayudarnos a descubrir argumentos que no habíamos considerado. Todo eso puede enriquecer enormemente nuestro juicio. Pero después de escucharla debería quedar un territorio exclusivamente nuestro: discernir y decidir.

      Porque una cosa es preguntarle a una máquina: “¿Qué opciones tengo?”, y otra muy distinta comenzar a preguntarle: “¿Qué debería hacer?”

      Quizá ese sea precisamente el límite que intentaba explorar en el artículo: no el día en que la inteligencia artificial sepa demasiado, sino el día en que nosotros renunciemos a decidir porque resulte más cómodo que alguien —o algo— lo haga por nosotros.

      Muchas gracias nuevamente por su comentario y por enriquecer la reflexión. Al final, los buenos artículos no terminan en el último punto: continúan en conversaciones como esta.
      Un abrazo.

  2. Alfredo H. Rosas Peniche

    Estimado señor Abraham.
    Mi admiración por el respeto y la honestidad de su respuesta. Siempre he sostenido que el mundo iría mejor si las personas, en lugar de atacarse y pontificar sobre su verdad, colaborara en comunidad como los primeros cristianos, que pese a sus diferenticas, se reunían en el ágape a orar y servir a los más necesitados. Siga esparciendo el evangelio, que algo quedará en tierra buena y dará el 10% de frutos.
    Atentamente IQ Alfredo H. Rosas Penichbe.

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