ECOS QUE TRASCIENDEN
En Mateo 21,33-43, Jesús cuenta una parábola particularmente dura.
Un propietario planta una viña, coloca una cerca, cava un lagar, construye una torre y finalmente la deja en manos de unos viñadores.
Cuando llega el momento de recibir los frutos, envía a sus criados.
Los golpean, a uno lo matan y a otro lo apedrean.
Entonces el propietario hace algo sorprendente: envía a su propio hijo.
Y cuando los viñadores lo ven dicen una frase terrible:
“Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia”.
Lo que más me llama la atención es que:
Ellos saben perfectamente que la viña no es suya.
Todo estaba ahí antes de que ellos llegaran.
Ellos solamente recibieron la viña para trabajarla.
Pero les ocurre algo profundamente humano:
con el tiempo comenzaron a comportarse como dueños de aquello que solamente les habían confiado.
Y quizá la parábola no está tan lejos de nosotros.
Porque nosotros también decimos:
“Mi vida”.
“Mi tiempo”.
“Mi dinero”.
“Mi casa”.
“Mis hijos”.
“Mi talento”.
“Mis logros”.
“Mi futuro”.
Y no está mal decirlo.
El problema comienza cuando olvidamos una pequeña diferencia:
una cosa es tener algo y otra muy distinta creer que nos pertenece absolutamente.
Yo no decidí nacer.
No fabriqué mis capacidades.
No elegí muchas de las oportunidades que aparecieron en mi camino.
No puedo ordenar que mañana llegue.
Ni siquiera puedo garantizar que mi corazón siga latiendo dentro de una hora.
Y, sin embargo, podemos terminar haciendo exactamente lo mismo que aquellos viñadores.
Instalarnos en la viña.
Disfrutar sus frutos.
Hacer planes.
Levantar cercas.
Y lentamente convencernos de que somos propietarios.
La frase más fuerte de la parábola no sea solamente que mataron al hijo.
Es la razón:
“Nos quedaremos con su herencia”.
Querían la viña…
pero ya no querían al dueño.
Y esa tentación sigue existiendo.
Queremos la vida, pero no siempre queremos preguntarnos para qué nos fue dada.
Queremos los dones, pero podemos olvidar al que los dio.
Queremos los frutos…
pero olvidamos que alguien plantó la viña antes de que nosotros llegáramos.
Al final, el propietario regresa.
Y Jesús habla entonces de entregar la viña a quienes “le entreguen los frutos a su tiempo”.
Tal vez ahí esté escondida la pregunta para nosotros.
Quizá algún día Dios no me pregunte cuánto tuve, cuánto acumulé o cuánto logré.
Quizá la pregunta sea mucho más sencilla:
“¿Qué hiciste con lo que te confié?”
Porque podemos pasar toda la vida diciendo:
“Esto es mío”.
Hasta descubrir que, en realidad,
nosotros también estábamos de paso por la viña.
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
El final parece extraño. Jesús viene hablando de una viña, unos arrendatarios y un hijo asesinado… y de pronto cambia completamente de imagen:
“La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”.
Pero no está cambiando de tema.
Jesús está citando el Salmo 118,22-23, un texto que sus oyentes conocían. En una construcción antigua, la piedra angular era una piedra fundamental de la estructura. Dependiendo de cómo se entienda la imagen arquitectónica, puede referirse a una piedra principal que sirve de referencia y cohesión al edificio.
Los constructores (en este caso, los sumos sacerdotes) examinan la piedra (Jesús) y deciden que no sirve. La desechan. Pero aquella piedra que ellos rechazaron será precisamente la que Dios convierta en piedra angular.
Y ahí está el giro.
En la parábola, los viñadores rechazan al hijo.
En el salmo, los constructores rechazan la piedra.
Jesús une ambas imágenes para hablar de sí mismo: el Hijo rechazado será la piedra sobre la que Dios edificará.
los hombres pueden desechar la piedra; lo que no pueden decidir es lo que Dios hará con ella.
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Bellísima y clara explicación! gracias Antonie.
por fin entendí lo de la Piedra angular!
¡Muchas gracias, Ana María! Me da muchísimo gusto saber que la reflexión ayudó a entender mejor el sentido de la piedra angular. A veces una imagen sencilla del Evangelio encierra mucho más de lo que parece.