Antoine Abraham

Todavía tengo su número

ECOS QUE TRASCIENDEN

Este mes mi papá habría cumplido años.

Murió hace seis años.

Y hace unos días, buscando otra cosa en mi teléfono, apareció su nombre.

Ahí sigue.

Con su número.

No sé exactamente por qué nunca lo borré.

Sé perfectamente que si marco, él no va a contestar. Sé que ese número probablemente ya ni siquiera le pertenece. Quizá algún día alguien más lo tenga.

Pero yo no puedo borrarlo.

Porque durante muchos años ese número significó algo.

Significaba que al otro lado estaba mi papá.

Podía llamarlo.

Podía preguntarle algo.

Podía contarle cualquier tontería.

Podía simplemente escuchar su voz.

Y quizá lo que más extraño no sean las grandes conversaciones.

Son esas llamadas que parecían no tener ninguna importancia.

—¿Dónde estás?

—¿Ya comiste?

—¿A qué hora vienes?

—Ya tomaste tus medicinas.

Uno nunca piensa que está viviendo algo extraordinario cuando el teléfono suena y aparece el nombre de su padre.

Hasta que deja de sonar.

Seis años después sigo teniendo su número guardado.

Y eso me hizo pensar en algo que me cuesta mucho más:

también hubo una última llamada.

Una última vez que escuché su voz por teléfono.

Una última vez que me dijo mi nombre.

Una última conversación.

Una última comida juntos.

Una última vez que lo vi llegar.

Una última vez que nos despedimos.

Y seguramente, en muchas de ellas, yo no sabía que eran las últimas.

Ese es uno de los misterios más dolorosos de la vida:

las últimas veces casi nunca se presentan como últimas veces.

No hay un anuncio.

No suena una campana.

Nadie nos dice:

“Pon atención. Guarda este momento. No volverá a suceder”.

Simplemente ocurre.

Un día cargas a tu hijo por última vez y no lo sabes.

Un día visitas por última vez la casa de tus padres tal como la recuerdas.

Un día escuchas por última vez aquella risa.

Un día alguien te abraza, cierra la puerta detrás de ti…

y tú te vas pensando que habrá otra ocasión.

Quizá por eso los recuerdos duelen de una manera tan extraña.

Porque cuando regresamos a ellos ya sabemos algo que aquel día ignorábamos:

sabemos que no habría otra vez.

A veces me pregunto qué haría si pudiera regresar a una de esas últimas veces con mi papá.

Probablemente no haría nada extraordinario.

No prepararía un gran discurso.

No intentaría decirle todas las cosas que uno cree que debería haber dicho.

Creo que simplemente me quedaría un poco más.

Escucharía con más atención.

Miraría su rostro.

Tal vez le haría alguna pregunta que nunca hice.

Y cuando llegara el momento de despedirme, seguramente intentaría que aquel abrazo durara unos segundos más.

Pero no podemos regresar.

Por eso quizá la nostalgia tiene algo que enseñarnos.

Nos recuerda que mientras estamos esperando los grandes acontecimientos de nuestra vida, las cosas que algún día más vamos a extrañar están sucediendo ahora mismo y parecen completamente normales.

Una comida.

Una llamada.

Una sobremesa.

Una voz desde otra habitación.

Alguien preguntándonos si ya llegamos.

Tal vez dentro de algunos años daríamos cualquier cosa por volver durante cinco minutos a uno de esos momentos que hoy dejamos pasar distraídos.

Este mes mi papá habría cumplido años.

Han pasado seis años.

Y su número sigue en mi teléfono.

Probablemente nunca vuelva a marcarlo.

Pero tampoco quiero borrarlo.

Porque durante muchos años, detrás de esos números, estuvo una de las personas que formaron mi vida.

Y quizá conservarlo sea mi pequeña manera de decirle al tiempo:

sé que ya no puedo llamarlo…

pero todavía no estoy listo para borrar el lugar desde donde alguna vez me contestaba mi papá.

……Feliz cumpleaños, viejo.

Antoine

 

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4 comentarios en “Todavía tengo su número”

  1. Buenas noches, estimado Don Antoine Abraham.
    Sus reflexiones, se sienten como si fuera uno mismo quien las estuviera haciendo… tan ciertas, tan sentidas…
    Mil gracias por compartir las con todos nosotros.
    Dios le Bendiga 🙏

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias, Sofía. Me alegra especialmente lo que me dice, porque justo eso intento cuando escribo: partir de cosas que uno vive, piensa o siente, aunque a veces no sepa ponerles nombre. Gracias por leerme y por acompañarme también con sus comentarios

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      “¡Muchas gracias, Mónica! Me alegra muchísimo saber que te gustó y, sobre todo, que te hizo detenerte un momento a reflexionar.

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