CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
Cada septiembre repetimos una palabra que aprendimos desde niños: independencia.
La escuchamos entre banderas, campanas, música, comida y algún que otro tequila que termina demostrando que la libertad también necesita prudencia.
Y gritamos con orgullo:
¡Viva México!
Pero este año esa palabra me hizo detenerme un momento.
México celebra su Independencia, ¿y yo?
Porque puedo vivir sintiéndome completamente libre y, sin darme cuenta, tener demasiados amos.
Puedo pasar buena parte de mi vida obedeciendo al qué dirán.
Puedo presumir mi libertad mientras necesito revisar el teléfono cada pocos minutos.
Puedo decir que hago con mi vida lo que quiero, mientras el dinero decide mi tranquilidad, el reconocimiento mi autoestima y una vieja herida determina todavía a quién saludo y a quién prefiero evitar.
Y cuando pienso en todo esto, ya no estoy tan seguro de ser tan libre como presumo.
Hay una frase de Jesús que siempre me ha parecido extraordinaria:
«La verdad los hará libres» (Jn 8,32).
No habla solamente de una libertad que pueda verse desde fuera.
Habla también de algo que sucede mucho más adentro, porque existen cadenas que no hacen ruido.
No se ven en las muñecas.
Se llevan por dentro.
El orgullo puede encadenarme.
La envidia también.
Una herida que llevo años alimentando, mi necesidad de tener siempre la razón, la incapacidad de pedir perdón, el miedo a decepcionar a los demás o esa necesidad de sentirme reconocido.
Incluso aquello que comenzó siendo simplemente un gusto puede terminar convirtiéndose en algo sin lo cual ya no sé estar.
Y aquí te invito a hacerte una pregunta sobre nuestra libertad:
¿soy libre porque puedo hacer lo que quiero o porque también soy capaz de dejar de hacer aquello que ya no me hace bien?
Más de dos siglos después, quizá podamos mirar hacia dentro y preguntarnos:
¿qué sigue gobernándome a mí?
¿Qué opinión todavía necesito para sentirme valioso?
¿Qué resentimiento sigo alimentando?
¿Qué miedo continúa tomando decisiones por mí?
¿Qué hábito dejó hace tiempo de ser una elección?
¿A quién sigo intentando demostrarle algo?
¿Qué persona, quizá sin siquiera saberlo, todavía tiene poder sobre mi paz?
Porque tal vez todos conservamos algún pequeño territorio interior que todavía no hemos conseguido liberar.
Este 16 de septiembre volveremos a escuchar la campana, veremos nuestra bandera y gritaremos ¡Viva México!
Yo también lo voy a gritar.
Pero este año quiero hacerlo recordando que existe otra independencia que nadie puede conquistar por mí.
No aparece en los libros de historia, no tiene fecha oficial y probablemente nadie se entere el día que la consiga, porque esta independencia se conquista con el corazón.
Quizá sea perdonar.
Quizá dejar de vivir pendiente de lo que otros piensan.
Quizá aprender a decir no, pedir perdón, soltar algo o dejar de intentar demostrarle al mundo quién soy.
O quizá simplemente reconocer aquello que lleva demasiado tiempo gobernándome.
Por eso, mientras este septiembre volvamos a escuchar ¡Viva la Independencia!, quisiera hacerme una pregunta mucho más pequeña, pero mucho más personal:
¿de qué necesito independizarme yo para comenzar, verdaderamente, a ser libre?
Porque al final… toda decisión moral revela algo de quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.
Antoine Abraham
P.D. HISTÓRICA
Nuestra Independencia no ocurrió en un solo día.
El 16 de septiembre de 1810 comenzó un camino que tardaría once años en consumarse.
Quizá por eso la historia también nos deja una pequeña enseñanza personal:
hay independencias que podemos decidir en un instante, pero conquistarlas puede llevarnos mucho más tiempo.
A veces reconocer una cadena es apenas nuestro propio grito de Dolores.
La verdadera libertad comienza después.



