Antoine Abraham

El Evangelio antes del Evangelio

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay palabras del cristianismo que hemos escuchado tantas veces que ya no nos provocan nada.

Evangelio es una de ellas.

Pensamos en cuatro libros, en la lectura de la misa o en una frase que comienza: «Lectura del santo Evangelio según…».

Pero para alguien que viviera en el Imperio romano del siglo I, aquella palabra podía tener un eco bastante diferente.

La palabra griega era euangélion: buena noticia.

Y los cristianos no la inventaron.

Roma utilizaba ya aquel lenguaje, y aquí comienza lo interesante.

Las “buenas noticias” podían anunciar acontecimientos muy especiales, que mostraban que el poder imperial seguía avanzando: una gran victoria militar, la llegada de un nuevo emperador, acontecimientos relacionados con el emperador o el comienzo de una nueva etapa que prometía paz, prosperidad y orden.

No era simplemente:

Tengo algo bonito que contarte.

En determinados contextos públicos e imperiales, aquella buena noticia podía proclamar algo mucho más grande:

el poder ha vencido, el orden ha sido asegurado y comienza una nueva etapa.

Por eso existe un documento extraordinario.

En el año 9 antes de Cristo, una famosa inscripción encontrada en Priene, en Asia Menor, celebraba el nacimiento del emperador Augusto utilizando precisamente ese lenguaje: su nacimiento había significado para el mundo el comienzo de las «buenas noticias» relacionadas con él.

Piénselo un momento.

Antes de que Jesús naciera, el Imperio ya tenía su propia buena noticia (Evangelio)…. Augusto.

Roma había construido alrededor del emperador un lenguaje de paz, salvación, poder, victoria y una nueva era.

Y unas décadas después aparece un grupo insignificante de judíos recorriendo las ciudades de ese mismo Imperio proclamando que ellos también tienen un euangélion.

Solo que el suyo no habla del César.

Habla de un judío crucificado.

Entonces uno vuelve a leer el comienzo de Marcos y las palabras adquieren otro sonido:

«Comienzo del Evangelio de Jesucristo…»

Eso ya no parece simplemente el título de un libro.

Suena casi como una provocación.

Roma tenía su buena noticia.

Los cristianos anunciaban otra.

Roma podía anunciar victorias conseguidas derrotando enemigos.

Ellos anunciaban una victoria conseguida entregando la propia vida.

Roma extendía su imperio con legiones.

Jesús hablaba de un Reino que comenzaba en el corazón del hombre.

Roma proclamaba la grandeza del emperador.

Los cristianos proclamaban algo extraordinariamente atrevido:

Jesús es el Señor.

Quizá hemos domesticado demasiado esa frase.

Porque confesar que Jesús es El Señor, no significa simplemente creer que existe, admirarlo o pedirle ayuda cuando las cosas salen mal.

Significa reconocer que hay alguien por encima de todos los pequeños césares que gobiernan mi vida.

Y ahí el Evangelio vuelve a ponerse peligroso.

Porque yo también tengo emperadores.

El dinero puede convertirse en uno.

El reconocimiento.

El miedo.

Mi necesidad de tener razón.

El resentimiento que llevo años alimentando.

La opinión de los demás.

Incluso mi propio ego.

Todos prometen exactamente lo mismo que han prometido siempre los imperios:

Déjame gobernarte y estarás seguro.

Y quizá por eso el Evangelio sigue siendo una noticia revolucionaria dos mil años después.

Porque no llegó simplemente para hacerme sentir mejor.

Llegó para preguntarme:

¿Quién gobierna realmente tu vida?

Tal vez decir “Jesús es el Señor” siga siendo una declaración mucho más peligrosa de lo que imaginamos.

Porque cada vez que lo digo en serio…

algún César dentro de mí tiene que perder el trono.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

Antoine Abraham

P.D.: Hay un detalle cronológico que solemos olvidar: las cartas de Pablo son anteriores a los Evangelios escritos que conservamos. Algunas fueron redactadas alrededor de los años 50, mientras que Marcos suele fecharse aproximadamente hacia los años 65-70.

Por eso, cuando Pablo escribe sobre “el Evangelio”, no está diciendo: abran el libro del Evangelio.

Todavía no existía un libro llamado así en el sentido en que nosotros utilizamos hoy la palabra.

Para Pablo, el Evangelio era ante todo una noticia que debía ser anunciada.

Y quizá ahí recuperamos algo que hemos olvidado:

el Evangelio fue proclamado antes de ser encuadernado.

Si estas reflexiones aportan algo a tu vida, te invito a unirte a nuestro grupo de WhatsApp. Ahí compartimos cada nueva cápsula de CONCIENCIA Y CON-CIENCIA directamente, sin algoritmos y sin perderte ninguna publicación:

https://chat.whatsapp.com/IyXNABzGgHgEpoAAq4PIVD?s=sw&p=a&ilr=0

 

2 comentarios en “El Evangelio antes del Evangelio”

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Así es, Isabel. Y quizá ahí está el verdadero desafío: no solo llamar a Cristo Rey, sino permitirle gobernar nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestra manera de tratar a los demás. ¡Un abrazo y gracias por leerme!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio