ECOS QUE TRASCIENDEN:
Hay frases de la Biblia que hemos escuchado tantas veces que creemos entenderlas por completo.
Una de ellas aparece casi al principio:
“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.”
(Gn 1,26)
Pero para comprender mejor la fuerza de esas palabras tenemos que viajar miles de años hacia atrás y entrar en el mundo de los antiguos reyes.
Imagina a un gran soberano que ha conquistado un territorio enorme.
Su reino se extiende por ciudades y regiones situadas a cientos de kilómetros de su palacio. Él no puede estar físicamente presente en cada una de ellas.
Entonces surge una necesidad:
¿cómo hacer visible su autoridad allí donde el rey no está?
Una de las formas utilizadas en el antiguo Oriente era levantar imágenes, relieves, monumentos y estatuas reales en distintos territorios.
Aquella figura de piedra no era el rey.
Pero lo representaba.
Su presencia recordaba quién gobernaba, bajo qué autoridad se encontraba aquel territorio y hasta dónde alcanzaba el poder del soberano.
De alguna manera, era como decir:
“El rey no está aquí… pero esta tierra está bajo su autoridad.”
Ahora volvamos al Génesis.
Porque allí aparece una palabra fascinante:
tselem.
Puede traducirse como imagen, figura o representación.
Y entonces el relato adquiere una profundidad distinta.
Dios crea su reino: el universo.
Separa la luz de las tinieblas.
Ordena las aguas.
Hace surgir la tierra, la vegetación, los astros y los animales.
Y finalmente llega el momento de colocar su imagen en medio de aquella creación.
Pero Dios hace algo extraordinario:
no coloca una estatua de piedra.
Coloca una imagen que respira, que tiene pulso, que puede amar, crear y tomar decisiones.
Te puso a ti.
Adonay te colocó en medio de Su creación para que fueras Su representante oficial.
Ser creado a «imagen de Dios» no es una descripción física; es una vocación sagrada.
Fuiste diseñado para que, cuando la creación te mire, vea el carácter, la justicia, el amor y el orden del Rey del universo a través de tu vida.
Pero no acaba ahí…
En muchas culturas antiguas, la relación especial con lo divino estaba asociada particularmente al rey. El Génesis rompe esa exclusividad:
“Creó Dios al hombre a su imagen… varón y mujer los creó.” (Gn 1,27)
No solamente el rey.
No solamente el poderoso.
No solamente el sacerdote.
Todos.
Por eso estar hecho a imagen de Dios no significa simplemente parecernos físicamente a Él.
Significa que nuestra existencia posee una dignidad y una misión.
Estamos llamados a hacer visible algo de Dios allí donde Él nos puso.
Cuando amamos, cuidamos, cuando hacemos justicia, cuando perdonamos.
Cuando ponemos orden donde existe caos.
Cuando protegemos aquello que nos fue confiado.
Pero la historia bíblica también cuenta cómo esa imagen terminó desfigurándose.
Seguimos siendo imagen de Dios, pero muchas veces dejamos de reflejarlo y empezamos a reflejar nuestros propios miedos y egoísmos.
La imagen se manchó.
Y siglos después aparece una frase extraordinaria en el Nuevo Testamento.
San Pablo habla de Jesús y dice:
“Él es imagen del Dios invisible.” (Col 1,15)
En griego ya no aparece tselem, sino:
eikón…. Imagen.
Y aquí todo parece cerrar.
Porque si alguna vez quiero preguntarme qué significa realmente vivir como imagen de Dios, ya no necesito imaginarlo.
Puedo mirar a Jesús.
Mirarlo acercarse al rechazado.
Tocar al enfermo.
Perdonar al pecador.
Defender al pequeño.
Lavar los pies de sus discípulos.
Amar incluso cuando amar cuesta.
Tal vez ser imagen de Dios nunca consistió solamente en llevar una marca.
Consiste también en reflejar a Alguien.
Y entonces la pregunta deja de ser:
¿Estoy hecho a imagen de Dios?
Porque Génesis ya respondió esa pregunta.
La verdadera pregunta es mucho más personal:
cuando alguien mira mi manera de vivir… ¿de quién ve la imagen?
Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.
— Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
Hay un detalle fascinante. Mientras los pueblos vecinos llenaban sus templos de imágenes de sus dioses, Israel recibió una prohibición muy clara:
“No te harás imagen…” (Ex 20,4).
Israel no debía fabricar una estatua para representar a YHWH.
Y leído junto con Génesis aparece una paradoja extraordinaria:
el hombre no debía fabricar una imagen de Dios… porque Dios ya había hecho una.
El ser humano.
Quizá por eso el Génesis no comienza diciéndonos cómo es el rostro de Dios, sino recordándonos algo mucho más profundo:
cada vez que miramos un rostro humano estamos frente a alguien que lleva su imagen.
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Estimado Antonie, Estoy de viaje y apenas leí esta preciosa reflexión. Mi corazón se llenó de agradecimiento con la analogía de los reyes las imágenes y la creación de nosotros, hijos todos del Creador. La he leído dos veces y cada vez la encuentro más reveladora.
GRACIAS
Querida Ana María, muchas gracias por tomarte el tiempo de leerla incluso estando de viaje… ¡y además dos veces! Me alegra especialmente saber que la analogía te llevó al agradecimiento, porque quizá ahí está una de las formas más hermosas de contemplar nuestra condición de imagen: descubrir que la vida misma ya es un regalo recibido.