Antoine Abraham

La perfección del ser

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA

Hay preguntas que parecen demasiado simples para merecer una respuesta.

Esta es una de ellas, ¿Qué hace que un árbol sea un árbol?

Seguramente responderías: «Pues… ser un árbol.»

Y, sin embargo, esa pregunta ocupó a algunos de los filósofos más grandes de la historia durante siglos.

Porque descubrir qué hace que algo sea lo que es significa comprender la realidad desde su raíz.

Imagina una pequeña semilla. Si la colocas sobre una mesa, parece insignificante.

No da sombra, no produce frutos, no sostiene nidos, no mueve sus ramas con el viento.

Y, sin embargo…

todo eso ya está contenido, de algún modo, dentro de ella.

No en acto…. Todavía no.

Pero sí como una posibilidad real.

La semilla no fue hecha para permanecer semilla.

Su plenitud consiste en convertirse en árbol.

No porque cambie de identidad…

sino precisamente porque realiza plenamente aquello que ya era por naturaleza.

Entonces comprendemos algo extraordinario.

Cambiar no siempre significa dejar de ser.

Muchas veces…

cambiar significa llegar a ser plenamente aquello que uno es.

Con nosotros ocurre algo parecido.

Desde que nacemos cambiamos de tamaño.

Aprendemos a hablar.

Olvidamos.

Maduramos.

Nuestro cuerpo cambia.

Nuestro rostro cambia.

Incluso nuestras ideas cambian.

Pero seguimos siendo la misma persona.

¿Por qué?

Porque aquello que somos en lo más profundo permanece.

Los cambios afectan muchas cosas…

pero no necesariamente aquello que nos constituye.

Ahora bien…

también existe otra clase de cambio.

El de aquello que impide que un ser alcance la plenitud para la que existe.

Una semilla que nunca germina…

sigue siendo una semilla.

Pero nunca llega a convertirse en aquello que podía ser.

Y quizá ahí aparece una de las diferencias más fascinantes entre el ser humano y el resto de la naturaleza.

Los árboles no deciden dejar de crecer.

Los ríos no eligen dejar de fluir.

Las estrellas no deliberan si brillan o no.

Cada una realiza espontáneamente aquello que corresponde a su naturaleza.

Nosotros no.

Nosotros podemos desarrollar nuestra inteligencia…

o dejar de pensar.

Podemos aprender a amar…

o encerrarnos en nosotros mismos.

Podemos buscar la verdad…

o acostumbrarnos a vivir de apariencias.

Nada de eso nos hace dejar de ser personas.

Nuestra dignidad permanece intacta.

Pero sí puede impedir que lleguemos a ser plenamente aquello que estamos llamados a realizar.

Los antiguos llamaban a esa plenitud perfección.

No significaba no equivocarse.

Ni hacerlo todo impecablemente.

Significaba algo mucho más hermoso:

alcanzar la plenitud de aquello que uno es por naturaleza.

Hasta aquí podría parecer que todo consiste simplemente en existir.

Pero la filosofía hace una distinción que vale la pena recordar.

No es lo mismo existir que vivir.

Una roca existe.

Un árbol existe y vive.

Un perro existe y vive.

Nosotros también.

Existir significa simplemente formar parte de la realidad.

Vivir significa algo más profundo: poseer dentro de uno mismo el principio de su propio desarrollo, crecer, actuar, desplegar las capacidades que corresponden a su naturaleza.

Y quizá por eso, incluso en nuestra vida cotidiana, hacemos una distinción que rara vez pensamos.

Hay personas que respiran…

pero dicen sentirse vacías.

Trabajan.

Comen.

Duermen.

Cumplen horarios.

Y, sin embargo, confiesan:

«Siento que no estoy viviendo.»

No quieren decir que hayan dejado de existir.

Lo que expresan es algo mucho más profundo.

Intuyen que existir no basta cuando uno no está realizando aquello para lo que fue hecho.

Porque una cosa es tener vida…

y otra muy distinta es vivir plenamente.

Quizá por eso la pregunta más importante no sea solamente:

¿Quién soy?

Sino otra mucho más exigente:

¿Estoy llegando a ser plenamente aquello que soy?

Porque existir… es un regalo.

Pero vivir plenamente… es la realización del propio ser.

Porque al final… toda decisión moral revela quién eres. La conciencia no crea la verdad… la descubre.

Antoine Abraham

NOTA HISTÓRICA

En el mundo griego, la palabra téleios, que solemos traducir como «perfecto», no describía algo sin defectos. Significaba, sobre todo, algo que había alcanzado su plenitud, aquello que había llegado a ser completamente lo que estaba llamado a ser. Un árbol era «perfecto» no porque fuera impecable, sino porque había desarrollado plenamente su naturaleza. Esta comprensión pasó a la filosofía de Aristóteles y más tarde a Santo Tomás de Aquino, dando origen a una idea decisiva: la perfección no consiste en no fallar, sino en realizar plenamente el propio ser.

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