Antoine Abraham

LA MANO QUE LA MUERTE TUVO QUE SOLTAR

ECOS QUE TRASCIENDEN

Hay voces que nunca desaparecen.

Pueden pasar veinte…

treinta…

o cincuenta años.

Y, sin embargo, todavía eres capaz de escuchar la voz de tu mamá llamándote a comer.

La de tu papá diciéndote tu apodo.

O la de alguien que ya no está… pero cuyo modo de pronunciar tu nombre sigue viviendo dentro de ti.

Porque hay voces que el corazón nunca olvida.

Quizá por eso hay un detalle en el Evangelio de san Marcos (5, 21-43) que siempre me ha conmovido.

Jesús llega a la casa de Jairo.

Su hija, de apenas doce años, acaba de morir.

Todos lloran.

Todos creen que la historia terminó.

Jesús entra en la habitación, toma a la niña de la mano y pronuncia dos palabras:

«Talita cumi.»

Nuestras Biblias las traducen:

«Niña, a ti te digo, levántate.»

En arameo, la lengua cotidiana de Jesús, talita era una forma profundamente cariñosa de dirigirse a una niña pequeña. Muchos estudiosos señalan que el término evocaba la delicadeza, la fragilidad y la ternura. Incluso existe una antigua tradición que compara esa expresión con la forma en que un pastor llamaba con cariño a su ovejita más pequeña…. “corderita”

Y, sin embargo, hay un detalle que suele pasar desapercibido, Marcos pudo haber escrito solamente la traducción.

No era necesario conservar aquellas palabras en arameo.

Sin embargo, decidió dejarlas exactamente como salieron de los labios de Jesús, Talita cumi.

¿Por qué? Porque quizá hubo palabras tan llenas de ternura que nadie quiso olvidarlas.

Como si, muchos años después, quienes estuvieron allí todavía pudieran escuchar la voz de Jesús inclinándose sobre aquella pequeña.

No un grito, No una orden, No una demostración de poder.

Sino la voz serena de alguien que ama profundamente.

Una voz capaz de despertar incluso a quien parecía no poder volver a escucharla.

Muchas veces imaginamos que Dios nos pudiera hablar con dureza.

Pensamos que cuando caemos, nos señalará nuestros errores.

Que cuando nos alejamos, nos recibirá con reproches.

Pero el Evangelio muestra exactamente lo contrario.

Jesús primero toma la mano.

Después habla.

Y cuando habla…

lo hace con una ternura que ni siquiera la muerte puede resistir.

Porque cuando Jesús toma una mano…

la muerte tiene que soltarla.

Tal vez hoy tú no necesites escuchar un sermón.

Tal vez solo necesitas recordar que Dios sigue pronunciando tu nombre con el mismo amor con que llamó a aquella niña.

Porque para Él nunca has dejado de ser valioso.

Nunca has dejado de ser suyo.

Y quizá esa sea la razón por la que san Marcos conservó aquellas dos palabras.

No solo quería que conociéramos el milagro.

Quería que nunca olvidáramos la voz.

Porque quizá un día olvidemos muchos sermones.

Muchas explicaciones.

Incluso muchos milagros.

Pero nunca olvidaremos la forma en que Dios pronuncia nuestro nombre.

Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad.

— Antoine Abraham

UN DETALLE QUE POCOS CONOCEN: San Marcos escribió su Evangelio varias décadas después de la muerte de Jesús. Sin embargo, en algunos momentos decidió no traducir ciertas palabras del arameo al griego. Es como si quisiera que el lector no solo entendiera lo que Jesús dijo, sino que pudiera escuchar cómo sonó. Talita cumi es una de esas pocas expresiones que han llegado hasta nosotros exactamente como salieron de sus labios.

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2 comentarios en “LA MANO QUE LA MUERTE TUVO QUE SOLTAR”

  1. Arlette Xacur

    Qué lindo es aprender recordando siempre primero el cariño con el q nos llama cada vez q caemos “Niña, a ti te digo, levántate” con la fuerza, el cariño y la autoridad de un padre q sabe q eres capaz 🥰

    1. Antoine Abraham Pompeyo

      Muchas gracias, Arlette. Qué bien que hayas descubierto ese detalle. Antes del milagro, Jesús la llama con cariño: «Niña/corderita». Dios no comienza corrigiéndonos, sino recordándonos quiénes somos para Él. Ese amor es el que nos da la fuerza para volver a levantarnos.

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